7/11/23

NOVEDADES INÉDITAS DEL POETA PEDRO GARFIAS

 

Nuevos inéditos del gran poeta del exilio español

43 años tras la vida y obra

 del poeta Pedro Garfias

 

                                         Por Francisco Moreno Gómez

 

Recientemente he recibido una buena nueva desde México (verano, 2023). La novelista María de Alva (autora de la novela Un corazón extraviado,[1] inspirada en la vida del poeta Garfias) me ha hecho llegar unos datos, fotos y referencias nuevas sobre el gran poeta andaluz Pedro Garfias, víctima del exilio español de 1939. María de Alva recibió de las hijas de Santiago Roel (ministro de Asuntos Exteriores al comenzar la Transición española, el que restableció las relaciones diplomáticas de México con la nueva España democrática), llamadas Patricia y Catalina. Éstas, removiendo el archivo de su padre, han hallado una maleta llena de papeles del poeta Garfias. La idea que tenían ellas era donar la maleta al Tecnológico de Monterrey, a la Biblioteca Cervantina, pero puestos sobre aviso los sobrinos del poeta, la han reclamado, y dicha maleta se encuentra hoy en Écija (Sevilla, España), desde agosto de 2023.

        De momento, para abrir bocado, María de Alva me ha remitido copias de algunos textos y poemas de Garfias, sobre todo cinco cartas a un amor platónico en Monterrey en la primera mitad de los años 1940’s respecto a una dama: María Aurora Elizondo, 18 años menor que él. Al mismo tiempo me remiten dos fotos de María Aurora, por lo que podemos poner cara a la inspiradora musa. El caso fue que este poeta tuvo amores platónicos por muchos lugares de México, por donde se movía su vida errante de rapsoda desarraigado, por la soledad y la expatriación.

Foto inédita de Pedro Garfias, procedente de la "Maleta regiomontana", de Santiago Roel. En esta foto se inspiró el célebre retrato de Garfias que hizo Alfronso Reyes en 1962.

        Este amor platónico de Monterrey hay que situarlo en su período de docencia en esta Universidad, desde 1943 a 1948 (Universidad que yo visité 1992, donde impartí una conferencia). Sabíamos que Garfias le dedicó a María Aurora el poema “La novia regiomontana”[2]. El poema data del verano d 1945 en Monterrey, cuando el poeta lo dio a conocer en la radio local, el 9 de agosto, según la carta  de una admiradora[3].

        Ahora, el descubrimiento es que aparecen 5 cartas inéditas y otros documentos en el archivo de Santiago Roel. En un email de este pasado junio (2023), día 20, María de Alva me dice: “… La semana pasada fui a conocerlas (las hijas de Santiago Roel) y ver el material. Las cartas de Pedro a María Aurora son una joya… También hay muchas grabaciones de él. Y encontré una primera edición de ‘Primavera en Eaton Hastings’. Hay algunos menús de restaurantes locales con poemas de su puño y letra atrás… También hay poemas sueltos en hojas, libros, discos, etc.”


Conocido dibujo de Pedro Garfias, obra de Alfonso Reyes Aurrocoechea, en 1962, inspirado en la foto anterior.

      

Los hechos nos sitúan en Monterrey, a partir de 1943, cuando el poeta Pedro Garfias fijó residencia en esta ciudad norteña, contratado por la Universidad de Nuevo León, para el curso 1943-1944, como secretario de Acción Social Universitaria. Todo ello se debió al éxito de una conferencia que impartió en la Universidad el 5 de marzo de 1943, que dejó impresionados a alumnos y profesores. El rector era entonces el Lic. Raúl Rangel Frías. Y ya ese mismo año de 1943, nada más llegar a Monterrey, surgió el amor platónico-imposible hacia la joven María Aurora Elizondo. La tercera carta está fecha el 25 de agosto de 1943,[4] según se leerá más adelante. En la carta núm. 5 se observa un tono de ruptura amistosa, pero ello no impidió que Garfias siguiera escribiendo poemas a su musa María Aurora.

La novedosa "Maleta regiomonta-na", propiedad del ex canciller Santiago Roel, en Monterrey, repleta de material de Garfias, que recientemente hemos conocido.

        En 1945, el 9 de agosto, en la Radio local de Monterrey, donde el poeta colaboraba, dijo el poema “A LA NOVIA REGIOMONTANA”, dividido en tres partes (“Estas son mis palabras”, “Se llamaba… se llamaba” y “Si a ti te gustan los árboles”, según mi edición de Poesías Completas, p. 495, con el núm. 383 (explicado en la p. 561, y en Pedro Garfias, poeta de la vanguardia…, p. 530). Tras esta alocución, el poeta recibió gran cantidad de cartas de admiradores y admiradoras, pidiéndole copias, entre ellas una dama llamada Mª del Consuelo “Embrujo Lunar”.[5

 

  La bella dama de Monterrey, María Aurora Elizondo, que Garfias conoció en 1943, y motivó gran número de cartas y de poemas de amor imposible, como un nuevo Garcilaso de la Vega.

Algo de lo que estamos escribiendo lo relató Luis Suárez en una entrevista en 1977 en la revista Triunfo, en los albores de nuestra transición,[6] y reveló detalles del amor platónico de Garfias, tomados de la biblioteca de Santiago Roel, quienes se ve que tuvieron acceso a las cartas de Garfias a María Aurora que publicamos ahora, ya que en la citada entrevista aparecen algunos fragmentos pequeños. Por ejemplo, el final de la carta núm. 2, desde “Aquí me dejas triste…” hasta “cerca de su persona, y estoy alegre”. Citan también un párrafo de la carta núm. 5, “Lo único absurdo de todo esto…”, y termina el artículo de Triunfo con un fragmento del poema “¿Verdad que está muy triste…”, un fragmento desde “Quiero verte de noche…” hasta “como palomas albas”, poema que vamos a reproducir entero más adelante, porque estimo que es inédito.

        María Aurora Elizondo era una joven regiomontana, ilustrada, exquisita, aficionada a la guitarra y que cantaba algo de flamenco. Formaba parte de la tertulia de Santiago Roel, donde vino a aterrizar rápidamente Pedro Garfias. 

Otra imagen de María Aurora, dama ilustrada, aficionada a la guitarra y al flamenco, que inspiró en Garfias un amor imposible (Monterrey, 1943-1948).

María Aurora, con el tiempo, y ya casada con Eugenio Armendáriz, entregó estas cartas a Santiago Roel, con una condición: que no se publicaran hasta después de su muerte, cosa que hacemos ahora. Y así se dio lugar a la “Maleta regiomontana”, de la que hemos sacado lo inédito que aportamos, a través de las copias sacadas por Patricia Roel y María de Alva. Gracias a ambas. En las cartas consta la dirección postal de María Aurora (Pino Suárez, 746, Monterrey) y la del poeta (General Treviño, 831, Oeste, Monterrey), aunque con membretes del Gran Hotel Ancira. He aquí el texto de las cinco cartas inéditas del poeta andaluz:


(Cartas s/f, hacia 1943-1945, en Monterrey) 

(Sobre externo)

Señorita

María Aurora Elizondo

Pino Suárez, 746

Remite (Pedro Garfias)

Gran Hotel Ancira

Monterrey, México

 

(Primera carta a María Aurora)

 

¿No es verdad, María Aurora, que V. sabe que yo la quiero? Yo creo que a V. la quiere todo el mundo –quiero decir todo el mundo inteligente-. Pero yo la quiero más, infinitamente, que todos.

        En tiempos creí que la quería como a una linda hermana menor, como a una buena amiga pequeña, exquisitamente sensible, cuyo espíritu me hubiera gustado ayudar a formar. La Providencia, que no perdona nada a los que nacimos sin ventura, convirtió pronto este afecto, mezcla de simpatía y admiración, en un amor desatinado y loco. Loco, por ser sin esperanza.

        Pero hay algo más terrible que amar sin esperanza: no amar. Este gran amor por V. me ha iluminado todo por dentro y, aunque sea una llama viva que me devore, lo prefiero a mis viejas tinieblas entrañables. Soy feliz con su amor y quiero dejarme ir a la deriva, con este gran dolor tan placentero.

        ¡Y cómo la amo a V., María Aurora…! Amo en V. a todas las mujeres que he amado. No parece sino que cada una fue ofreciéndome su pequeña gracia, su mínima virtud espiritual tan inmediatamente seguidas de desencantos, para encontrar ahora todas las gracias y todas las virtudes que amé refundidas en su persona. Como buen andaluz la amo con todo el cuerpo. Y con toda el alma también.

        Por qué le escribo entonces, si este delirio mío no pregunta, no espera, y se alimenta sólo de su sangre y su llanto? Porque aspiro –¡dejadme aspirar siempre, siquiera aspirar!- a un pequeño favor suyo, que podría traerme toda la felicidad que aún admite mi corazón. 


Final de la primera carta (pág. 8) de Pedro Garfias a María Aurora. Monterrey, hacia 1943.

       Quiero –no me llame V. dominante-, ruego que V. me permita escribirle de vez en cuando, y que me conteste V. Deseo, en fin, que mantengamos una correspondencia privada, absolutamente secreta, que me ayude –tan pocas veces me es permitido cambiar con V. algunas palabras a solas- a conocer mejor su carácter y su espíritu. Algo de su intimidad, la parte más inocente. Un poco de su alma a cambio de esta alma mía, que ya es suya, y lo fue desde el primer momento. Yo le prometo no hablarle nunca de amor. Comentaremos versos, las pláticas de nuestras tertulias y sus lecturas, las deliciosas peripecias que su espíritu ha de sufrir, y gozar, con el conocimiento directo del flamenco. Una correspondencia estrictamente amistosa, pero íntima, cordial, humana, que me permita recorrer su sensibilidad, tan fina, descubrir y atrapar todos los soles de su bendita persona. ¿Accederá V., María Aurora? Estoy muy triste de pensar que sospeche algún sentido oculto a esta carta. Toda ella es transparente. Mi amor por V. y mi renunciación a toda esperanza. De haber entrevisto alguna –Dios lo sabe-, todas las cosas que me unen a la tierra las hubiera arrojado ya, hasta el cielo. Pero no me queda sino esta ventanita al mar del preso de la copla. Déjeme ver pasar los barcos y alimentar mi pena con estas alegorías diminutas.

        Adiós, Maria Aurora. Duerma V. un sueño profundo y tranquilo.

                Devotamente suyo

                        Pedro Garfias

        General Treviño, 831, Oeste

 

Dos palabras más. La veré mañana tarde. ¿Quiere V. llevarme su respuesta o enviármela antes? Confío poco –he sido siempre tan desgraciado-, pero le tengo mucho miedo a la incertidumbre. Espero que en nada afectará esta carta a nuestras reuniones, aunque no merezca contestación. Con el alma va escrita y si algo hay en ella irrespetuoso, perdónelo. Yo no me atrevo a repasarla, porque seguramente me arrepentiría de enviársela. Por última vez, la amo, la amo, la amo.

 

La última foto de Pedro Garfias en la Librería Cosmos, Monterrey, de Alfredo Gracia Vicente, maestro de Escuela español exiliado, natural de la provincia de Teruel, quien mantuvo con el poeta una amistad entrañable y le ayudó cuanto pudo. Julio de 1967, un mes antes de morir el poeta.


(Segunda carta)

 

M. A.: Qué dulcísima es la sensación que nos causa un sacrificio, cuando se hace en holocausto de la persona amada. A esta hora, cuatro de la tarde, estoy sentado frente al sillón de V. Dos veces ya lo ocupó y ese sillón es sagrado para mí - evocando todas sus actitudes, sus gestos, sus movimientos de V. anoche. El sillón se torna vivo, y me parece que se hincha un poco, que se estrecha para ceñir, sin rozar, su cuerpo bendito. El sillón, como yo, es respetuoso y humilde. Más bien pretende protegerla que abrazarla. Sus brazos de madera valieron, como los míos de carne, para abrazar sombras y no cuerpos, recuerdos y no realidades, por la pura angustia inútil de la renunciación.

        Noté de qué manera me he encontrado, de pronto, inclinado sobre esta mesita, con su pueril trapito bordado y su ingenuo florero huérfano, escribiéndole a V. y dirigiéndole palabras temblorosas, que ni siquiera aspiran a reflejar mis sentimientos. Qué tontas le habrán parecido a V. mis cartas… Todas las he escrito así, de una manera impremeditada, por dejar de hablar solo. –Tengo mucho miedo a la locura- y en su vorágine fueron destruidas cuando cumplieron su misión. ¿Qué suerte le cabrá a ésta? Se lo preguntaré luego.


Carta núm. 2 de Pedro Garfias a María Aurora, pág. 8 (final). Maleta regiomontana (Archivo de Santiago Roel).


        Qué alegre estoy ahora, sin haber bebido. Cada apetecible copa renunciada me ha parecido, imaginariamente, un paso que me acercaba a su estimación. Comprendo que a V. le repugnen los borrachos. A mí siempre me ha importado poco la opinión de las gentes, pero aquí ya se trata de un mandato. Esclavo suyo soy y lo seré, no aspiro a conseguirla, pero sí espero que no me aparte V., por mi buena conducta, nunca de su presencia.

        Qué alegre estoy… la recuerdo a V. anoche, revolviéndose como una fierecilla desafiante, retadora, y me veo a mí mismo, tembloroso de miedo, siempre esperando una de esas palabras terminantes, decisivas, que todo lo acusan. Qué actitud tan graciosa la suya, cuando dobla las piernas sobre el asiento, para enfrentarse a la persona que habla; cuando levanta la barbilla, cuando mira derecho, interrogante, a la espera de una palabra torpe sobre la cual revolverse y sublevarse. Linda viborilla mía, tan llena de bondad luego, tan tierna y comprensiva para el dolor ajeno.

        ¿Ajeno? Ayer me confió V. que también tiene V. sus preocupaciones, sus sufrimientos. Yo, egoísta, apenas la escuchaba. Ahora me duele el corazón de recordarlo. ¿Qué crimen de la providencia hace que V. sufra, y qué malditas gentes la hacen sufrir?

        Perdóneme. Yo quisiera que el aire la rozara sólo para besarla, que la luz la mirase sólo para admirarla. Pero no tengo ningún derecho a inmiscuirme en sus cosas, sobre todo cuando pueden ser sus seres más queridos quienes la lastiman. Perdóneme la rudeza de mi expresión.

        ¿La veré a V. hoy? Quisiera llevarme una última prueba de su perdón, para llenar mi ausencia de venturas. ¿Por qué no va a la plaza? Si V. lo desea, yo me contentaré con verla y será suficiente para dar gritos de alegría. Ya le digo que estoy contento, cerca de V., y sin beber, le escribo, ¿le enviaré esta carta? A ver tú qué dices, pobre pedazo de papel. ¿Estás dispuesto a desafiar la ira de sus ojos, a cambio de sentirte acariciado por sus manos? Si te arrojan o te devuelven despectivamente, si te destrozan con ira, o lo que es peor, si te miran con indiferencia, ¿lo darás por bien pagado, si llegaste a sentirte cerca de ella?

        Haces como yo. Prefiero ir al abismo de cabeza. Adelante.

        Aquí me dejas triste, vacío, solo, porque tú te llevas todo lo mío. Tu suerte es mi suerte, pero tú eres más afortunado: siquiera la verás. Que Dios te acompañe.

                                   Pedro Garfias       

        He nombrado a Dios. Creo en él como Bécquer, cuando pienso en V. como buen reflejo de la divinidad. –Su sola persona ya es un milagro-. Sea V. infinitamente bondadosa y deme una limosna de su presencia esta noche.

        Se me ocurre una copla:

                        Llegó pobre y se fue rico,

                        Un pobre llamó a tu puerta,

                        Le habías dado la limosna

                        de una miradita buena.

        Hasta luego, M. A. Si cree V. que mi amor, tan puro y desinteresado, se lo merece. Mando esta carta y quedo solo, sin leer ni beber, pensando, soñando, cerca de su persona y estoy alegre.

 

Mi entrevista con Alfredo Gracia Vicente en Madrid, el 2 de agosto de 1984, cuyo testimonio y aportaciones me fue de gran ayuda para mi tesis doctoral y para los estudios que he dedicado al poeta Pedro Garfias. 



(Carta núm. 3, 25 de agosto, 1943).

 

        Permítame V., María Aurora, que de vez en cuando toque mi campana. Sé que únicamente así, repitiendo e insistiendo siempre, con el mismo tono musical y grave, puedo aspirar a que V. me escuche. Sigue la misma canción con idénticas palabras. Las únicas palabras eternas: la amo a V.

        Una pequeña novedad: antes creí que  la amaba sin esperanza. Pero a medida que mi amor crece, que sus pequeñas ramas, sus hojas nuevas, sus flores jubilosas se me infiltran y expanden por las venas, la esperanza comienza a dejar oír su vocecita. Ahora ya la quiero y la espero. No sé de dónde me ha venido esta última seguridad. Pero sé que V. será mía. ¿Sabe V. por qué la respeto tanto? Porque la quiero para mí, y la quiero entera, perfecta, total. No quiero ser como el niño que pellizca el pastel que luego, a la hora de la cena, ha de comerse. No quiero robarme a mí mismo. ¿Le parece a V. demasiado pretenciosa esta carta? A mí también me lo hubiera parecido antes, cuando la quería menos. Ahora ya no. Pobre viejo feo, me siento alzado sobre mi propia mísera estatura, y a pura fuerza de amar estoy seguro de llegar, maravillosa criatura, hasta la altura justa de su boca.




Carta núm. 3, pág. 4 (final) de Pedro Garfias a María Aurora. Maleta regiomontana.
 

       Mientras tanto… no quiero hablarle de anécdotas, de sus desdenes para conmigo, de su despego tan poco despacioso, de su refinamiento prodigioso en la crueldad inútil y poco gallarda, ya que, además que nunca será correspondida. Pasarán sus caprichos, sus devaneos, sus mismas preferencias personales, y un día, una hora -¿Hoy? ¿Cuatro o cinco años?- la blanca perla de su alma quedará ante mi vista sirviéndome de espejo. Y a partir de entonces, y ya para toda la eternidad sus miradas, sus besos, sus caricias, serán míos. Yo entonces comenzaré a vivir, y V. despertará de su sueño.

        Quedo a la sombra de sus ojos, sombra ardiente, que quema y no refresca, pero con un fuego dulcísimo. Que pase V. feliz su tarde flamenca, hasta las siete y cuarto, hora en que amanece hoy jueves 25 de agosto de 1943. Infinitamente suyo.

                                   P. G.

 

Alfredo Gracia Vicente y este autor, ante la tumba de Garfias en el cementerio de El Carmen, Monterrey, el día 9 de agosto de 1992. Fue mi último abrazo con el benefactor Gracia Vicente, en el ocaso de su vida filantrópica.



(Carta núm. 4, en papel timbrado del “Gran Hotel Ancira”)

 

                        ¿Qué hago yo lejos de ti?

                        No tiene ningún sentido

                        mi vida lejos de ti.

                        Después de todo, mi vida

                        ¿Qué es?

                        Fue algo o lo pudo ser,

                        pero ahora

                        ya sólo tú eres mi vida.

                        A ti refiero mis días.

                        Hay días que yo no te veo

                        y otros en que sí te veo

                        y me ves.

                        Días de lluvia o de sed.

                        ¿Qué hago yo lejos de ti?

                        ¿Y si un día gritas: ¡Ven!?

                        Un día en que el desaliento

                        te cobije

                        con su largo manto negro,

                        en que te sientas muy sola

                        y te acuerdes

                        que hay un corazón ardiendo

                        día y noche, noche y día.

                        Cómo he buscado tus ojos[7]

                        anoche, tus ojos negros.

Carta núm. 4, pág. 3, en verso, de Pedro Garfias a María Aurora.



 Todo era negro en la noche.

  Por la sábana del cielo

  veía brillar tus ojos,

  tus ojos negros.

  Y los míos los buscaban

  desalados por el viento

  para volver a su nido

  como pájaros enfermos.

  De los árboles colgaba

  tu negra mata de pelo.

  Pero tus ojos, ¿a dónde?

  ¿a dónde tus ojos negros?

  Por tus ojos, por tu pelo,

                        por tu talle, por tus sueños,

                        por tu alma y por tu cuerpo!

                        ¿Y si tú me gritas, ¡Ven!

                        y yo me encuentro muy lejos

                        y no te oigo?

                        ¿Que nunca lo has de gritar?

                        Ya lo sé.

                        Pero yo me quedo aquí.

                        Cerca de tu voz, de ti,

                        de tus ojos, de tus brazos,

                        casi muriéndome a chorros.

                        Y esperando.



Otra imagen de mi visita a la tumba de Garfias en Monterrey, el 9 de agosto de 1992, aniversario de su muerte, y casualmente el día de la clausura de los Juegos Olímpicos de Brcelona, en compañía de Alfredo Gracia, mi esposa y otros españoles y mejicanos. 


(Carta núm. 5, en papel timbrado del “Gran Hotel Ancira”)

 

Señorita María Aurora Elizondo.

        Distinguida amiga: Nada más que cuatro letras, justas, para precisar. Le he escrito a V. una carta muy larga. La he roto. ¿Para qué fatigar su atención? Después de todo, nada de lo que es mío le interesa a V. lo bastante como para merecer el empleo de cierta cantidad de su tiempo.

        Pretendo, brevemente, aclarar ciertas cosas: 1ª Las cartas pertenecen a quienes van destinadas. V. puede hacer de las mías el empleo que quiera: romperlas o guardarlas. No está V. en la obligación de devolvérmelas. Si ayer le dije algo en contrario, fue una estupidez más de las muchas que le dije que no debe tomarme en cuenta.- 2º Espero de V. que todo lo pasado en esta semana lo deje discurrir como una nube de verano. Lo único absurdo de todo esto es que aquella magnífica cordialidad que llegó a existir entre nosotros –Santiago, Horacio, V. y yo- se haya roto, hasta el punto de que empiezan a aparecer discrepancias entre los que más unidos nos considerábamos. ¿Soy yo el origen de todas estas discordias? Me dolería que así fuera, pero estoy dispuesto a eliminarme y volver a mi soledad, que únicamente vuestra compañía vino a poblar de horas santas.

Carta de Pedro Garfias nùm. 5 a María Aurora Elizondo, pág. 1 (comienzo).


        V., que es tan bella, tan inteligente y sensible, tiene  que ser buena por fuerza. No emplee V. la poca maldad que cada ser humano tiene dentro, en un hombre como yo, tan humilde, tan castigado por las cosas de la vida, tan cansado de llorar…

        Esta tarde, después de que se marchen los artistas, ¿quiere V. que volvamos, durante una hora, a nuestras viejas reuniones? ¿Ningún recuerdo le han dejado? Para mí lo son todo, la justificación de mi estancia en Monterrey y casi mi razón de vivir.

        No sea V. demasiado rencorosa. Nunca más le diré algo que la moleste. Si algo le dije, perdónemelo. Nada se pierde, nunca, por exceso de bondad.

                Respetuosamente.

                               Pedro Garfias


                                    -.-.-.-.-.-.-    

 

        En la “Maleta regiomontana”, la de Santiago Roel, existen una decena de poemas mecanografiados, pero la mayoría son más o menos conocidos. En estos poemas el poeta lleva a cabo “refundiciones”, echando mano de fragmentos del arsenal de su poemario anterior. Por ejemplo, en el poema “La novia regiomontana” existen dos versiones mecanografiadas, de diferente extensión, pero siempre con el nombre de María Aurora incluido, nombre que se suprimió en la versión definitiva publicada.  Insertamos a continuación la versión más corta, más otros dos textos.

 

                               ¿Verdad que está muy triste

                        la tarde y la mañana?

                        Sólo la noche es bella,

                        la noche iluminada

                        por tantos corazones

                        que sufren y que aman.

                        Lo mismo que los pájaros

                        cantan en la enramada,

                        en la callada noche

                        los corazones cantan.

                        Allí sí están desnudos.

                        Su dura sangre pálida

                        abierta al cielo abierto

                        y a la piedad humana.

                        Quiero verte de noche,[8]

                        cuando tu frente pálida

                        arde como una antorcha,

                        cuando tu boca ávida

                        pide estrellas y besos

                        y es mía la esperanza.

                        Todo esto, María Aurora,

                        es soleá gitana,

                        quejío solitario,

                        romance sin palabras.

                        Para tu vida quiero

                        llanuras soleadas,

                        medias noches con luna,

                        nubes de dulces plantas,

                        vientos de alas suaves,

                        flores de voz callada,

                        versos, músicas, trinos,

                        cantos, himnos, hosannas,

                        y amor, amor, amor…

                        para la niña regiomontana.

                            ¡Ay noche de tu pelo

                        profunda y desolada.

                        ¡Ay alba de tus manos

                        como palomas albas!

                            Tú que sientes lo hondo[9]

                        de esta pena callada

                        que viene desde siglos

                        quemando las entrañas,

                        que solloza en la copla,

                        se queja en la guitarra

                        y que a veces es piropo

                        y a veces es plegaria

                        y a veces es suspiro

                        y a ciertas horas altas,

                        alarido de pobre

                        bestia sacrificada.

                            El día nos despierta

                        con roncas voces agrias.

                        ¿Qué traerá el nuevo día

                        a mi novia soñada?

                        ¿Traerá una mano tierna

                        para su frente blanca?

                        ¿Traerá una voz alegre

                        que la repique el alma?

                        ¿O siempre la tristeza

                        que la ilumina y alza

                        será su compañera

                        leal y solitaria?

                            María Aurora Elizondo,

                        estas son mis palabras,

                        me fluyeron despacio

                        como un hilo de agua,

                        como un río de estrellas

                        para tu boca ávida.

                            Soy triste y estoy triste,

                        recógelas y guárdalas,

                        después de todo apenas

                        son un llanto sin lágrimas.

 

                               -.-.-.-.-.-.-.-.-

 

                            Después de todo, cuando ya se saben

                        los nombres de las cosas,

                        ¿A qué seguir mirando y preguntando,

                        si todo nos lo dice la memoria?

                        Yo por ejemplo, sé que esta nube que pasa

                        herida en el costado por una flecha roja,

                        quién sabe de qué huyendo,

                        se llama María Aurora.

                        Sé que esta luz que brota de la noche,

                        Igual que el agua de la tierra brota,

                        y por igual arrasa

                        al árbol y a la roca

                        y enciende el pecho de la noche misma,

                        se llama María Aurora.

                        María Aurora se llama este pájaro loco

                        de la voz melancólica,

                        que viene, nadie sabe por qué,cada mañana

                        a llenar con sus trinos el hueco de mis horas

                        y este viento que agita

                        mi pecho y lo sofoca,

                        y esta montaña triste y esta tímida flor,

                        que apenas sabe descubrir sus hojas.

                        ¿Conocéis algo, amigos,

                        que no se llame María Aurora?

                        Cuando mi muerte llegue y me acometa

                        con su implacable batallón de sombras,

                        sé cómo saludarle: ¡bienvenida

                        seas a mí, María Aurora!

                        Y a esta vida cansada

                        de torpes pasos y miradas rotas,

                        que dicen que he vivido,sé cómo despedirla:

                        ¡Quédate en paz con Dios, María Aurora!

 

                               -.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

 

                            ¿Qué valor puede tener

                        una palabra?

                        O puede valerlo todo

                        O no valer nada.

                            Palabras que nos dijimos

                        cuando el amor esperaba

                        son como pájaros huérfanos

                        del espacio y de las alas.

                        Yo, Señor, tengo en mi pecho

                        nidales de estas palabras.

                        Nunca mi humildad abrió

                        para el vuelo sus ventanas.

                            Palabras hay que nos ligan

                        fatalmente con mañana.

                            A mí una se me fue

                        rompiéndome las entrañas,

                        y ahora he quedado ligado

                        a su fatal resonancia-

                        Su pecho me la devuelve

                        como el eco la montaña.

                        ¡Señor! Que su pecho sea

                        como la llanura ancha,

                        que absorbe las aguas frías

                        y nos da el pan de mañana.

 

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Instantánea del momento de la sepultura del poeta Garfias en el cementerio de El Carmen de Monterrey, México, el día 10 de agosto de 1967, a las once de la mañana, ante los compungidos amigos, españoles y mejicanos. Y en el centro, María Aurora y su esposo Eugenio Armendáriz.


 

El destino quiso que esta María Aurora, pasados los años, se hallara presente en el lecho de muerte de nuestro poeta andaluz, en agosto de 1967. Qué premonitorio, cuando Garfias escribió el poema: “Me gustaría / que fuese tarde y obscura / la tarde de mi agonía. / Me gustaría / que quien cerrase mis ojos / tuviese manos tranquilas…”. Y así lo veremos.

 Hacia el mes de abril de 1967, cuando presintió que sus días estaban contados, Garfias buscó cobijo en Monterrey, al amparo de su gran amigo y paisano Alfredo Gracia Vicente, también exiliado, maestro de Escuela, oriundo de Teruel, dueño de la Librería “Cosmos”. En mis varias entrevistas con Alfredo Gracia, éste me cuenta que en Monterrey Garfias pasaba la vida entre las cantinas “La Reforma” y “La Cabaña”, la librería “Cosmos”, la pensión ”Garza Nieto” y las casas de algunos amigos ilustrados.

        A finales de julio de 1967 se agravaron sus dolencias. Entonces, Alfredo Gracia llamó al Dr. Enrique C. Livas, ex rector de la Universidad, persona influyente, e ingresaron al poeta en el Hospital Universitario “José Eleuterio González” (Día 31 de julio, habitación 410). “Y no tuvo un médico, sino cinco –me contaba Alfredo Gracia-. Todos los días íbamos a verlo. La tarde de la muerte (9-8-1967), dio la casualidad de que fui a visitarlo con mi esposa. Al llegar estaba allí otro matrimonio: Eugenio Armendáriz y su esposa María Aurora Elizondo, que había sido musa del poeta. Él, muy mal, pero hablaba un poquito. Nos conoció a todos. Eugenio y yo nos salimos al pasillo”. Y cuando salían también las mujeres, Pedro expiró, viendo entre sombras a María Aurora.

        Santiago Roel prestó el traje y los zapatos de la mortaja. Además, arregló todo para que el gobierno de Nuevo León se hiciera con los gastos, compraron la tumba, que es la que yo visité el 9 de agosto de 1992. Al día siguiente a media mañana fue el entierro, hasta el cementerio del Carmen. El gobernador del Estado, Raúl Rangel Frías, empezó su oración fúnebre: “Óyeme, Pedro: Unas palabras de partida. Sabes, somos unos pocos de tus amigos. Otros no pudieron venir, los pájaros y las estrellas. Mira: esto se acabó, tu dolor y tu soledad. Ahora empiezan los nuestros…”.

        El conocimiento de Garfias y la vivencia de su poesía queda en nuestro horizonte como una de las más profundas experiencias humanas, intelectuales y estéticas. Y estas nuevas aportaciones nos ahondan la impresión de la grandeza de este poeta fuera de esquemas.

 

                                         Francisco Moreno Gómez

 

 



[1] María de Alva Levy, Un corazón extraviado, Harper Collins, México, 2022.

[2] Lleva el núm. 383, p. 495, de mi edición de Pedro Garfias. Poesías completas, Alpuerto, Madrid, 1996.

[3] Véase mi libro Pedro Garfias, poeta de la vanguardia, de la guerra y del exilio, Diputación de Córdoba, 1996, pág. 515.

[4] Ibidem, p. 501 y ss.

[5] El texto de esta carta, manuscrito, lo encontré yo en el archivo de la esposa de Garfias, en Osuna, Margarita Fernández Repiso, que murió, y ese archivo no sé dónde habrá ido a parar o habrá desaparecido.

[6] Luis Suárez, “Pedro Garfias, condenado a poeta”, Triunfo, Madrid, núm. 769, 22 de octubre, 1977, pp. 38-39.

[7] Aquí se introducen 14 versos, a partir de “Cómo he buscado tus ojos…”, que pertenecen al “Romance de tus ojos”, incluido en el libro de 1948 De soledad y otros pesares, Monterrey. En mi edición, p. 379, y núm. 268.

[8] Desde este verso hasta el que dice “como palomas albas”, fue el fragmento que se dio a conocer en la revista Triunfo, núm. 769, de 22 de octubre de 1977.

[9] Desde este verso hasta el que dice “bestia sacrificada”, está suprimido en la versión publicada, y que consta en mi Poesías completas, p. 497.