LA
DIFÍCIL
ESCAPADA A FRANCIA DE LA GUERRILLA DE FRANCISCO BLANCAS “VENENO”, de
ADAMUZ, en 1955.
“Veneno” hizo la guerrilla en Ciudad Real. Casi el último maquis de España. Y fue de los pocos que consiguieron salir a Francia.
Por
Francisco Moreno Gómez
Publicado
en Cordópolis, 4 abril 2026
Hasta
la tardía fecha de 1955, la guerrilla de Francisco
Blancas “Veneno” no pudo escapar a Francia. Fueron los últimos cuatro
guerrilleros del Sur de España. Salieron de Los Yébenes (Toledo) a mediados de
mayo de 1955, y entraron en Francia, tras más de 40 días y 40 noches de
penalidades, a primeros de julio de ese año. La vida de “Veneno” comenzó en Adamuz (Córdoba), en una familia humilde de
seis hermanos.
En 1930, su padre los llevó al río
Guadalquivir, por la zona de Villafranca, con unos cestos y un burro a coger
caracoles, para llevarlos a vender a la Feria de Córdoba. Alguien abrió la
compuerta del Pantano de Pedro Abad, y la riada se llevó al padre y al burro, a
la vista de los niños, que lloraban desesperados. Quedaron huérfanos de corta
edad, y la madre, Dolores Pino, los
tuvo que “echar con amo”, en diversas fincas guardando ganado sólo por la
comida. Así era la vida de los de abajo, y para colmo les cayó encima el golpe
militar, la guerra y todo lo demás (Fuente: testimonios orales,
correspondencia, entrevistas y las propias Memorias
de Francisco “Veneno”, guardadas en mi archivo desde 2002). Un
fragmento de las Memorias comienza en
1954, cuando tenían su escondite en Cañamero (Cáceres), en casa del enlace Hernán Montes (pág. 9):
“…
Alrededor de un año antes de emprender el
camino de Francia, yo sentía que comenzaba a haber un poco de cansancio de esta
vida de guerrillero, y una vez que otra veía que uno u otro decía: “La gente
nos ayuda cada vez menos, y para qué tanto sacrificio, si un día u otro
caeremos”. Nos encontrábamos un poco abandonados. Jamás hablábamos a fondo
entre nosotros de todo esto; solamente que yo oía las palabras y frases, y las
guardaba para mí. Un día, en casa de Hernán Montes, un enlace de Cañamero, era
por la noche y, no sé si fue a causa de un vaso de vino, oí unas ideas que poco a poco venían formándose, y después de
una breve discusión entre “Eléctrico Hijo” y “Peñas Negras”, yo me metí por
medio para calmar, pero todo fue un poco tarde, porque “Eléctrico Hijo” dijo que la guerrilla se iba a deshacer, y yo
le digo: “Si la guerrilla se deshace es a tiros”. Y me dio su pistola: “Ten.
Tira”. Yo no quise coger la pistola y le dije que yo no tiraría. Y entonces
“Peñas Negras” coge la pistola, le dispara al “Eléctrico” y le atraviesa el
hombro al lado de la clavícula. Aquello pasó y todo se calmó.
“Se pasa el tiempo y decidimos ir a ver los Montes de Toledo,
para buscar nuevos puntos de apoyo, o sea enlaces, y aquí ocurrió una traición
más: la de “Peñas Negras”, y todos los enlaces que teníamos ya no podíamos
servirnos de ellos, y no nos quedaba nada como punto de apoyo.
La traición de “Peñas Negras” (Esteban Navas Ruiz, de Piedrabuena), que se entregó a la Guardia Civil el 16-7-1954, en Segura de Toro (Cáceres), con lo que la guerrilla quedó reducida a cuatro componentes: Francisco Blancas Pino “Veneno” (de Adamuz), Bonifacio García Sánchez “Eléctrico Hijo” (Almodóvar del Campo), Lorenzo Toribio Sánchez “Parachuta” (de Piornal) y Aurelio Rodríguez Juárez “Viriato” / “Goyorías” (de Alía). Con aquel percance, aquella guerrilla perdió su gran punto de apoyo en Cañamero (Cáceres).
“Los hechos no sucedieron como cuenta “Peñas Negras”. Fue
que, como el día estaba con sol y él estaba un poco cansado, y no estábamos muy
lejos de un pueblo (menciona
Navalucillos de Toledo, tal vez por error), le cogimos las cosas de peso y le dijimos que subiera poco a poco,
después de descansar. Dos o tres horas después, como no venía, “Parachuta” y yo
fuimos a buscarlo, a ver qué pasaba, cuando vemos a lo lejos, en el pequeño
pueblo, un movimiento extraño de gente a caballo, en varias direcciones. Y
enseguida comprendimos lo que pasaba: la traición de “Peñas Negras”.
“Nuestra única solución era marcharnos de allí y alejarnos lo
más posible. Pese a nuestro cansancio, que estuvimos toda la noche andando,
teníamos que poner tierra de por medio y alejarnos de allí lo más posible,
hasta que encontramos un terreno favorable para ocultarnos.
“Tres días después fuimos a la vivienda de un cabrero, en
busca de algunas noticias, y nos confirmó lo que nosotros no dudábamos: que un
guerrillero se había entregado a la Guardia Civil.
“Pasaron dos o tres semanas, hablamos de todo y, aunque
teníamos dinero en el bolsillo, no teníamos nada que comer y pensando el sitio
dónde podíamos ir para coger el máximo de víveres y descansar un poco tiempo.
Entramos en una casa que se veía no era de pobres obreros, y empezamos a
recoger algunos alimentos, y “Viriato Goyorías” tiene la idea de mirar debajo
de una cama, y ¿qué encuentra? Una caja fuerte. Pedimos la llave y nadie sabía
dónde estaba. Con una espiocha la abrimos y encontramos treinta o cuarenta mil
pesetas. Y con aquello y los víveres nos fuimos a reposar unos días y a pensar
tranquilos en nuestra situación, que no era muy boyante, pero tampoco
catastrófica del todo, ya que la salud de todos nosotros era buena.
“Nos instalamos entre Ventas con Peña Aguilera y Los Yébenes.
Un día, cuando nos levantamos, de lo primero que hablamos fue lo que había
dicho Toribio “Parachuta”, que como teníamos ningún punto de apoyo y todo se
hallaba en manos de la Guardia Civil, era que cada uno tomara su propia
decisión o todos la misma, en común acuerdo, y fue, con el acuerdo de todos
unidos, emprender el camino de Francia. Y con el mismo coraje defendernos entre
nosotros contra todos los obstáculos que nos encontraríamos en nuestra gran
marcha”.
Comenzó la “gran evasión” en mayo de 1955 para cruzar, de noche, media España, camino de Los Pirineos. Francisco “Veneno” llevaba en la sierra una docena de años, desde el 18 de octubre de 1944, en que se escapó, con otros dos, de la Colonia Militarizada de Talavera de la Reina, donde los prisioneros de Franco construían el canal del Alberche. Aterrizaron en la guerrilla de Cáceres. Un año después, “Veneno” se ubicó en la guerrilla de Ciudad Real, con cuatro compañeros más.
Francisco Blancas "Veneno" junto con el autor, en El Viso de Los Pedroches, con motivo del homenaje al "Comandante Ríos", el 1 diciembre 2001.
“Era a mediados del mes de mayo de 1955. Todo lo teníamos
preparado ya. En cuanto a la comida, dejamos para la marcha cosas que no
pesaran y pudieran conservarse por lo menos tres o cuatro días. Caminaríamos
siempre de noche, ya que conocíamos bien el movimiento de las estrellas, sobre todo la estrella del
Norte, que siempre íbamos dejándola un poco a nuestra izquierda.
“Salimos de las cercanías de Los Yébenes, provincia de
Toledo, y llegaríamos a Francia por los Pirineos, por el Monte Perdido y cerca de
Panticosa.
“Nuestro recorrido se pasó en general bien, no sé si debido a
las grandes precauciones que tomamos, o si fue la elección de un buen camino, o
bien que la suerte nos acompañó en todo el camino.
“Como llevábamos víveres para unos cuantos días, pudimos
llegar a las cercanías de Guadalajara. En un pequeño pueblo compramos algunos
comestibles, muy poco, porque las tiendas, como era ya un poco tarde, estaban
cerradas, y una pequeña tienda que estaba cerrando nos vendió un pan que le
quedaba, un pedazo de tocino y dos o tres botes de leche condensada. No era
mucho, pero era mejor que nada. Lo primero que hacíamos, cuando podíamos
comprar algo de comer, era ver para cuántos días podíamos tener, porque cuando
entrábamos en un pueblo, en tres o cuatro no podíamos dejarnos ver, por la
precaución de si nos había visto alguna persona por tener sospecha de nosotros.
“Unos días después, toda la noche andando, y el día nos
sorprendió en una zona que no tenía nada para escondernos, ni monte ni campo de
trigo, que era un buen escondite para nosotros, aunque tuviéramos que estar
sentados todo el día, o echados a tierra, si el trigo no era muy alto. Subimos un terreno empinado y dimos
vista a dimos vista a un pueblecillo, Hortezuela (cerca
del río Duero). ¿Entramos? ¿No entramos?
¡Pues allá vamos!
“Escalofríos me dan hoy cada vez que me acuerdo de ese
pueblo, que es Hortezuela, provincia de Soria, donde nos metimos, como se dice,
en la boca del lobo. En las primeras casas del pueblo vemos a una mujer, y en
la puerta ponía “Posada”. Y la mujer nos pregunta: “¿Qué buscan los
forasteros?” Le respondimos: “Trabajo”. “Pues aquí no encontrarán”, nos dijo.
Preguntamos si tenía algo de comer, y nos respondió: “Pues estoy esperando a mi
marido, que venga con los encargos”. “Bueno, pues nos vamos”, le dijimos.
Seguimos andando calle adelante, torcemos a la derecha, y lo primero que vemos
son tres guardias civiles a cuarenta metros de nosotros, que discutían
tranquilamente en medio de la calle, por lo que dimos media vuelta sin cambiar
ritmo de marcha.
“Nos
encontramos otra vez delante de la Posada, y la mujer en la puerta: “¿Qué? ¿Han
cambiado de parecer? Pues esperamos a mi marido”. Y nosotros, sin dejar de
mirar para la esquina y por todos los sitios, aceptamos la invitación: dos
dentro de la casa, sobre la puerta, y dos fuera mirando por todos lados, y la
mujer insistiendo: “Entren y siéntense. Mi marido no tardará mucho”. Y todos
entramos y nos sentamos, sin quitar los ojos de los movimientos de la mujer.
“Su
marido llegó por fin, y comenzamos a hablar. Le dijimos que éramos arreadores
de ganado, lo habíamos dejado en su destino, y ya que estábamos aquí queríamos
aprovechar a ver si encontrábamos algo de trabajo. Nos hizo unos huevos fritos
con tocino que, antes de que cayeran en el plato, ya nos los habíamos comido,
no tanto por el hambre que teníamos, sino porque queríamos marcharnos de allí
cuanto antes, sin dejar de vigilar
puertas y ventanas, y los movimientos del hombre y de la mujer. “Bueno,
muchas gracias por todo, y nos vamos, a ver si podemos llegar esta noche hasta
El Burgo de Osma”, les dijimos finalmente.
“Salimos
por el mismo camino por el que entramos, ya que conocíamos el terreno, mirando
por todos lados, a fin de alejarnos lo más lejos y pronto posible. A unos dos o
tres kilómetros nos encontramos en un pequeño río (¿El
Duero?), que nos facilitó algo de abrigo
ante todo lo que nos rodeaba. Al otro día esperamos a que llegara la noche,
para entrar en un pueblecito, pero en él no había comercios, y nos acercamos a
otro, unos tres kilómetros más lejos, pero ya estaba todo cerrado, salvo la
panadería y pudimos comprar un pan.
El guerrillero "Veneno" rodeado de su hija y esposa. Más a la derecha, su hermana y el autor, en Valencia, en mayo de 2002.
“Comenzamos
a hacer las marchas más cortas, ya que los cuerpos no respondían a causa de la
alimentación, y también por la falta de agua para beber, en pleno verano, y
sólo teníamos un litro de agua por día, ya que no podíamos cargar tanto como
necesitábamos. Vimos los indicadores de la carretera de Soria. Nos acercamos lo
más posible, y al anochecer pudimos entrar a comprar todo lo que pudiéramos,
pero no entramos los cuatro, sino sólo dos (“Eléctrico” y yo). Y los otros dos,
“Viriato” y “Parachuta” nos esperaban en las primeras casas. Compramos de todo
lo necesario, un poco en una tienda y otro poco, en otras. Todo ya sin
sospecha, porque había gente por todos sitios, y nadie miraba a nadie. Así,
dispusimos de víveres para pasar unos días sin tener que descubrirnos, a
marchas más pequeñas, para coger un poco de la fuerza que habíamos perdido.
“A
falta de un mapa para tomar la buena dirección, compramos uno de Los Pirineos.
Tres días después de pasar Soria, pasamos un día de mucho calor, y nos
escondimos en un campo de trigo, y lo primero que teníamos que hacer, antes de
emprender la marcha, era buscar agua. Encontramos una casa que tenía un pozo.
Tan contentos, comenzamos a sacar agua. “Parachuta” se pone detrás de la casa
para vigilar. El pozo estaba a unos veinte metros de la casa, el ruido del cubo
y de la carrucha llamó la atención de la gente de la casa. Mientras que
“Parachuta” vigila, se encuentra frente a un guardia civil, cara a cara, y
comienza a gritar: “¡La Guardia Civil, la Guardia Civil!” Dejamos el cubo y
echamos a correr por un pequeño desnivel. La Guardia Civil empezó el tiroteo,
pero nosotros estábamos protegidos por el terreno. Pensamos que el guardia
civil sorprendido de ver a “Parachuta”, se asustó, y comenzó a llamar a sus
compañeros, momento que nosotros aprovechamos para protegernos. Eran ya las
diez de la noche. Y nos habíamos proveído de agua suficiente para calmar la
sed. El hambre, yo sé que es muy mala, porque he pasado por ella, pero la sed
también la conozco, y prefiero cuatro días sin comer a cuatro días sin beber.
“Llegamos ya a la provincia de Zaragoza, nos instalamos en un
pequeño monte y, sin darnos cuenta, estábamos a 400 metros de un pequeño, que
sólo vimos al llegar el día. Un grupo de cuatro casas, nada de sospecha. Al fin
de la tarde decidimos bajar. Un grupo de cuatro o .cinco hombres estaban
sentados en la puerta de un café. Nos preguntan: “¿Qué buscan los forasteros?”
“Trabajo”, dijimos. “Pues aquí no hay”. Y nos invitan a beber un vaso de vino.
Comenzamos a hablar de trabajo, y nos señalan a otro matrimonio al lado, el
cual sólo vivía de coger caracoles. Estuvimos hablando de todo y riendo, como
hacía tiempo.
“La noche se acercaba y nos queríamos ir. Teníamos mucho
camino que hacer, porque el próximo pueblo estaba muy lejos. En este momento
entra otro hombre, y le preguntan si nos puede dar de dormir en un pajar. Vamos
con él, nos enseña el pajar y sólo nos advierte que tengamos cuidado con los
cigarrillos. Nos despedimos y nos dice que se tiene que marcha porque “entra de
servicio”. Soltamos los sacos que llevábamos, cuando lo vemos ponerse el
uniforme de guardia municipal, por lo que en la noche redoblamos la vigilancia.
Llegó la mañana siguiente, llegó el dueño, comimos juntos, y nos invita a que
le acompañáramos al huerto a coger cerezas. En esto, estamos sentados en el
bar, se me cae la pistola al suelo, pero no la ven y digo que se me caído el
mechero.
“Así, con tanto sobresalto, fuimos a por las cerezas y luego
emprendimos nuestro camino. Las cosas iban discurriendo bien, que parecía
imposible. Más adelante dejamos la carretera y caminamos campo a través. Por un
camino encontramos a un hombre con cuatro mulas. Las llevaba al mercado.
Aprovechamos para hacer un poco camino con él, y al atardecer, salimos cada uno
por nuestro lado. Nos acercamos al pueblo, a sentarnos a la puerta de un bar y
tomar un vaso. Y pasó el hombre de las mulas, que nos saludó, y nosotros tan
contentos, al poder hablar con alguien, y así no levantar sospecha. Era un
pueblo mediano, y aprovechamos para hacer acopio de todo, pero de poco peso.
“Ya habíamos dejado atrás Huesca. A partir de aquí, decidimos
no acercarnos más a ningún pueblo, racionar los alimentos, hasta llegar a
Francia, ya que habíamos hecho una buena provisión de víveres. De aquí en
adelante todas las precauciones serían necesarias y no reparar en ningún
sacrificio más, si nos faltaba algo, de comer o de beber.
“Nuestro punto estaba fijado, para no equivocarnos, en el
punto más alto de la montaña que, según nuestro mapa, era la frontera. Las
marchas no eran muy grandes. Caminamos siempre de noche. Después de algunos
días nos encontrábamos al pie de la montaña. Finalmente, llegamos al punto que
nos habíamos fijado. Comenzamos a subir la montaña a media tarde, ya que
estábamos protegidos por la vegetación.
“Cuando comenzó el día (Hacia el 6-7-1955), nos encontrábamos en lo más alto de la
montaña, al lado de una pirámide hierro que marcaba la frontera. Veíamos
también el alumbrado de los pueblos que se perdían en la lejanía, pues aquella
noche era de luna llena, que se veía como en pleno día. Bien entrado el día,
empezamos a bajar la montaña, y ya eran las nueve o diez de la mañana. Nos
paramos a comer lo poco que nos quedaba, y con todo el dolor de nuestro
corazón, y un poco con las lágrimas en los ojos, escondimos las pistolas en un
montón de piedras que había al borde del camino. Nuestra lucha de más de veinte
años había terminado”.
La entrada en Francia. Eran los primeros
días de julio de 1955. Una vez que los ex guerrilleros se entregaron a la
Gendarmería francesa, todavía sufrieron el peligro de ser devueltos a España,
cosa que los franceses hicieron en bastantes ocasiones. El primer dilema que
debían superar era el siguiente: o ingresaban en la Legión Extranjera o serían
devueltos a España. “Veneno” rechazó
ir a la Legión, y quedó retenido. Los otros tres aceptaron y los condujeron a
Marsella, para embarcar a Argelia. En el último momento, “Eléctrico” y “Viriato”
se arrepintieron y no embarcaron. El único que embarcó fue “Parachuta” y ahí se perdió su pista para siempre. A los otros dos
los llevaron a Pau. Allí consiguieron la carta de refugiado político, y se
establecieron, “Viriato” en Dijon, y
“Eléctrico” en Toulouse. Con la
democracia, “Viriato” volvió a España,
a Valencia, y “Eléctrico” a su
pueblo, Almodóvar del Campo (donde lo entrevisté el 7-8-2002). El mayor
problema lo sufrió “Veneno”. Lo
llevaron hasta la policía de frontera en Hendaya para devolverlo a España, le
hicieron pasar varios días de interrogatorios, con la idea, tal vez, de
asegurarse de si era una persona común o un miembro de la guerrilla. Parece que
se confirmó esto último, por mediación de un capitán de buenos principios, y “Veneno”, después de más de un mes,
pudo conseguir la carta de refugiado político. Y comenzó a ganarse la vida,
primero en trabajos agrícolas año y medio, con un patrono despótico, hasta que
consiguió empleo en el Ayuntamiento de Nancy, en el Servicio de
Limpieza, durante 35 años, hasta su jubilación. Llegada la democracia, descubrí
su paradero en Francia y mantuve extensa correspondencia con él. Lo conocí
presencialmente el 1-12-2001 en El Viso, cuando el homenaje al “Comandante
Ríos”. En mayo de 2002 vino a Valencia, a casa de su hermana, y allá que
me planté en tren. Lo entrevisté durante tres días, y me alojó en su casa. Finalmente,
lo hice protagonista de mi libro Historia
y memoria del maquis, Madrid, 2006). Llegué a tiempo: el libro fue la
última gran alegría de su vida. Su esforzada existencia, de esperanzas, tesón y
peligros, terminó en enero de 2011.
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