9/3/26

UN GRAN INTELECTUAL REPUBLICANO DE CÓRDOBA: ANTONIO JAÉN MORENTE. VIDA, LUCHAS Y EXILIO

 

TRAS LA HUELLA DE LOS EXILIADOS:

EL CORDOBÉS ANTONIO JAÉN MORENTE.

 

A raíz de mi visita a Quito y a su nieto Manuel García-Jaén, en octubre de 2011.

 

                                           Por Francisco Moreno Gómez

 

      En mi reciente encuentro con descendientes de exiliados españoles en Quito (Ecuador), he tenido la fortuna de encontrarme con D. Manuel García-Jaén, nieto de nuestro eminente cordobés Antonio Jaén Morente, al que el golpe militar y la dictadura arrojaron fuera de su Córdoba lejana. Mi anfitrión ha sido García-Jaén, un ilustrado quiteño, y a la vez español de corazón. Su libro Y los hijos del exilio, también[1] revela la catástrofe humana y cultural que ha supuesto la expulsión de España de medio millón de españoles no afectos al franquismo. Nieto del que fue diputado cordobés Jaén Morente, García-Jaén ha sido un nieto digno de tal abuelo. Nacido ya en Quito, es doctor en Derecho, representante empresarial de Ecuador en la OIT, en Ginebra; representante del Centro de Desarrollo del Ecuador en Europa; director de la Asociación de Instituciones Financieras del Ecuador; miembro del Estudio Jurídico “Quevedo y Ponce”; gerente de la Corporación de Estudios y Publicaciones, y entre otros cargos y distinciones, muy vinculado a la empresa Artes Gráficas, que fundara su padre, Tomás García, de La Rambla (Córdoba). Gracias a la colaboración de Manuel García-Jaén y de otras fuentes hemos podido hilvanar la repleta e intensa trayectoria del diputado cordobés exiliado.

 

Los orígenes y el brillante perfil académico

 

      Aproximarse a Jaén Morente es todo un derroche de sorpresas y admiraciones. Nació en Córdoba, el 3-2-1879, hijo de Tomás y de María. Vivió largamente en la calle Judíos, cerca de la Puerta de Almodóvar, donde la Democracia le ha puesto esta inscripción: “En esta casa vivió don Antonio Jaén Morente, gloria de Córdoba”. Su cualificación académica fue realmente precoz. Con poco más de veinte años, en 1902, ya fue maestro nacional por oposición en Sevilla. En 1904, profesor de Derecho en la Escuela Normal de Segovia. En 1910, catedrático de Geografía e Historia por oposición en Cuenca. En 1912, catedrático de Geografía e Historia por nueva oposición en el Instituto de Segovia. A la Universidad de Sevilla pasó en 1917 como catedrático de Historia de España, por oposición. En 1919 pasó al Instituto de Córdoba, como catedrático de Geografía e Historia. En 1921 pasó con este mismo cargo a un Instituto de Sevilla.

En 1930, en vísperas de la República, consta de nuevo en el Instituto de Córdoba, del que es nombrado director al año siguiente. Su cualificación intelectual, sin duda ensombrecida por su actividad política republicana, fue asombrosa: maestro superior de Primaria, Doctor en Historia, Licenciado en Derecho, miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Córdoba, y vicepresidente en dos ocasiones del Ateneo de Córdoba. Presidente de la Comisión de Monumentos de Córdoba, y del Patronato del Museo de Córdoba. Además, en 1929 fue encargado de la Propaganda Cultural de la Exposición de Sevilla, en varias ciudades españolas, impartiendo sobre las relaciones de Sevilla con América.

En diciembre de 1931 fue nombrado presidente del Centro Filarmónico. El mismo año impulsó la inauguración del Museo de Julio Romero de Torres, con la presencia del presidente Alcalá Zamora, Indalecio Prieto y Marcelino Domingo. Poseía una plurititulación: Maestro Superior de Primaria, Doctor en Historia (con una tesis sobre el monasterio de los Jerónimos) y Licenciado en Derecho, además de miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real de Córdoba. Era la personificación de aquel alto nivel académico, cultural y político de muchos hombres de la II República. Y como muchas de aquellas personalidades liberales, progresistas, librepensadores y europeístas, también perteneció a la masonería, concretamente a la Logia España, de Sevilla[2].

      Un repaso sucinto a sus estudios y publicaciones resulta, sencillamente, admirativo. Publicó, por este orden: una Historia de Córdoba, Geografía de España, Geografía de América, Historia Universal, Historia de España, Historia de la Civilización Española en sus relaciones con la Universal, El problema artístico de la ciudad de Córdoba, Historia de América, entre otras obras.

 

El compromiso con la modernidad y con la política republicana

 

      Como no podía ser menos en un intelectual de esta talla, también participó de lleno en la política de su tiempo, como lo hicieran los grandes de las letras, como el divino Dante, Víctor Hugo, Pablo Neruda, César Vallejo, Rafael Alberti, Ortega y Gasset, Manuel Azaña y tantos otros. El descenso de Jaén Morente al círculo infernal de la política data ya en los primeros decenios del siglo XX. En 1918, todavía en la etapa caciquil, predemocrática, lo encontramos en la lucha electoral de aquel año. Seguía entonces los postulados del andalucismo histórico, bajo la denominación de regionalista y republicano. La revista Andalucía lo captó en una instantánea en un mitin en Villanueva de Córdoba[3]. Como opositores (Eloy Vaquero, Ayuso, Ramón Rubio, Juan Morán, etc.) no consiguieron imponerse sobre los partidos turnantes, liberal y conservador. Lo mismo les ocurrió en las elecciones de 1919 y 1920. Su tiempo todavía no había llegado. La política monárquica tentó a Jaén Morente en 1926, cuando Alfonso XIII le ofreció un ministerio, que él rechazó, consecuente con su republicanismo.

      La hora de los republicanos vendría de la mano de los años treinta. Y fue premonitoria una conferencia suya, el 11-2-1930, en el Ateneo de Córdoba, en recuerdo de la I República, en la que levantó la fe republicana de manera enardecida. Sus palabras más duras fueron contra los atropellos de la monarquía borbónica y contra la represión de los mártires de Jaca. Al año siguiente vemos a Jaén Morente en la primera línea de los prohombres del republicanismo cordobés (Vaquero, Guerra Lozano, Troyano, Azorín, Palomino, etc.), como candidatos a las elecciones municipales del 12 de abril de 1931.

Antonio Jaén militaba entonces en una llamada Derecha Liberal Republicana, de don Niceto Alcalá Zamora. Pronto pasaría al Partido Republicano Radical Socialista. El 26 de marzo encontramos a Jaén Morente en un mitin en el barrio Los Olivos Borrachos, de la capital (junto con García Hidalgo, Azorín y otros). Y el 29 de marzo, Domingo de Ramos, al frente de una gran manifestación de diez mil personas por las calles de Córdoba, en petición de amnistía a los represaliados por la monarquía. Al final, entregaron en el Gobierno Civil un pliego con estas reivindicaciones[4]. Toda la coalición republicano-socialista triunfó en las elecciones. El partido de Jaén Morente obtuvo 4 concejales en la capital, con él al frente. Además obtuvieron representantes en bastantes pueblos de la provincia. El momento histórico no podía ser más esperanzador: las candidaturas republicanas habían triunfado en casi toda España. El rey se marchó de España. El 14 de abril se proclamó, por tanto, la II República. En Córdoba, en la tarde del citado día se constituyó enseguida la Junta Republicana de Córdoba, integrada por: Antonio Jaén Morente, Eloy Vaquero, Ruiz Maya, Carreras Pons, Pablo Troyano y Francisco Azorín. El gran honor de proclamar la República en Córdoba le cupo a Don Antonio Jaén, quien encaramado sobre el monumento al Gran Capitán en la plaza de Las Tendillas, dirigió la palabra a la muchedumbre enfervorizada y declaró proclamada oficialmente la II República en Córdoba.

      De inmediato hubo de hacerse el reparto de cargos políticos del nuevo régimen. Jaén Morente pasó interinamente al Gobierno Civil, hasta el 22 de abril, en que pasó como gobernador a la provincia de Málaga. Aquí habría de sufrir, el día 12 de mayo, el grave episodio de la quema de conventos, que estalló en Madrid y salpicó a algunas ciudades. Era un estallido incendiario del sempiterno anticlericalismo español, que venía desde las guerras carlistas del siglo XIX. Aquel día Antonio Jaén se hallaba en Madrid y, aunque regresó a toda prisa, cuando llegó por la tarde, una decena de edificios religiosos habían sido pasto de las llamas. Ocurrió que el gobernador accidental Enrique Mapell había ordenado la intervención de la Guardia Civil, pero el gobernador militar dio la contraorden, con lo que la chusma actuó a sus anchas. Según relata actualmente el nieto Manuel García-Jaén, su abuelo se lamentó siempre amargamente de que las malas lenguas le culparan injustamente de los sucesos de Málaga, y aducía que él podía no titularse cristiano, pero era un enamorado del arte[5]. El 20 de mayo cesó en el cargo de gobernador de Málaga.

      De regreso a Córdoba se sumergió en una nueva vorágine electoral, la de Cortes Constituyentes, para el 28 de junio de 1931. Jaén Morente fue incluido de nuevo en la coalición republicano-socialista, con tres candidatos de su todavía partido nicetista Derecha Liberal Republicana. El 22 de junio lo encontramos en un mitin en Pozoblanco, donde el cronista escribe que Antonio Jaén, con su fogosidad característica, y don José Luna, con la convicción de su ideal, expusieron los dos grandes problemas de España: cultura y despensa, prometiendo a sus electores sacrificarse por la redención de la clase obrera. Don Antonio Jaén se extendió sobre el problema religioso, declarando ser partidario de la completa separación de la Iglesia y el Estado[6]. Y llegó el resultado de las elecciones: 7 diputados socialista, uno de la Agrupación al Servicio de la República, y 2 republicanos, entre ellos Jaén Morente. Su sueño de muchos años, por fin se hizo realidad. De su actuación como diputado habría que consultar el Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados.

      La República continuó sus pasos modernizadores, a lo largo del Bienio Reformista, con una gran esperanza popular, pero con creciente rechazo a las reformas por parte de los poderes tradicionales: latifundistas, Iglesia y la parte africanista del Ejército. Y en esta tensión se dejó a España, cuando Jaén Morente fue nombrado, en enero de 1933, Embajador en Lima (Perú), y allá llegó en marzo acompañado de su hija Carmen. Fruto de esta experiencia diplomática fue su libro La lección de América. Renunció en octubre del mismo año, a fin de poder presentarse a las elecciones de 1933, bajo las siglas del Partido Radical Socialista. Pero las izquierdas acudieron divididas, mientras que las derechas se coaligaron y arrasaron en toda España. Jaén Morente había llegado a Córdoba en la misma víspera de las elecciones del 19 de noviembre.

Amaneció 1936 y se dispuso a una nueva lucha electoral: las elecciones del 16 de febrero de 1936, en las que ganaría la coalición de izquierdas del llamado Frente Popular. La Izquierda Republicana de Córdoba, el partido de Manuel Azaña, situó a Jaén Morente en la palestra de la competición, junto con Ramón Rubio Vicente. Ambos cerraron un mitin, el 2-2-1936, en el Teatro Duque de Rivas, donde Jaén Morente dijo: “No atacamos a la religión ni a la familia, sino que defendemos la política de austeridad del primer bienio”.

Llegó el día de la votación, y el Frente Popular arrasó en Córdoba. Los más votados fueron los tres republicanos: Pedro Rico, Ramón Rubio y Antonio Jaén, con casi 160.000 votos cada uno. Luego, los 5 socialistas electos, seguidos de los 2 comunistas electos, y por fin, los 3 de la derecha. No había duda de la voluntad de los cordobeses, voluntad que destrozaría el golpe militar[7]. Una de las primeras medidas era complicada: o la reposición de los ayuntamientos del 12 de abril, como opinaba el gobernador, o la formación de gestoras nuevas, como propusieron a éste los diputados Jaén Morente y Fernández Castillejo, lo cual fue aceptado, y así se renovaron todos los ayuntamientos cordobeses.

 Y empezaron las nuevas tareas de nuestro diputado, que fue secretario de la Comisión de Estado (su domicilio en Madrid fue en la c/ Bola, 5). Consta que en aquella primavera de paro creciente, hizo gestiones para la reanudación de las obras en la carretera de Obejo desde Villanueva de Córdoba. El 12 de abril lo vemos presidiendo, con otras personalidades, el multitudinario entierro por las calles de Córdoba de un socialista de Benamejí, que había sido asesinado por un patrono.

 

Bajo los estragos del golpe militar y la guerra

 

      Y así llegamos a los días catastróficos del golpe militar en España, el 18 de julio de 1936. Las capitales Sevilla y Córdoba cayeron de inmediato en manos de los facciosos. No así Jaén, ni Madrid ni Barcelona, etc. Más de la mitad de España era leal al Gobierno. A Jaén Morente le sorprendió el golpe en Madrid. De inmediato desplegó gran actividad en defensa de la República: alocuciones por radio, actos públicos y acudiendo a los frentes cercanos. Su gran obsesión: Córdoba, lejana y mártir. El 28 de julio llegó a Córdoba, desde Jaén, la columna del general Miaja, con el objetivo de atacar y recuperar Córdoba. Y con ella llegó Jaén Morente al frente andaluz, entre otros diputados. Hizo alocuciones desde Radio Jaén y desde Radio Linares.

El mismo día 28, a las siete de la tarde, pronunció desde Radio Jaén un vibrante discurso, destinado a los sublevados de Córdoba capital, para que depusieran las armas[8]. Entre otras cosas, dijo: “Cordobeses: Os hablo desde aquí, incorporado a una fuerte columna que en estos momentos sale de Jaén para marchar sobre Córdoba… Quiero llevar al ánimo… de los ciento sesenta mil cordobeses que, al dar el triunfo a la República, me sacaron diputado, que el movimiento subversivo en toda España está completamente dominado… que he estado en los lugares de combate de Madrid, en el cuartel de la Montaña, en Toledo y en las cumbres de la Sierra del Guadarrama… La aviación española, entendedlo bien… sale también para Córdoba. No os queda ninguna salvación a los militares cordobeses que no sea deponer las armas y entregaros… Yo os aseguro que si esto no hacéis el bombardeo más terrible que ha sufrido Plaza alguna lo sufrirá la de Córdoba… ¡Viva la República! ¡Viva el Frente Popular! ¡Viva la República Democrática!”[9].

      Hubo bombardeos sobre Córdoba en varios días de agosto, pero ninguno tan intenso como al amanecer del día 17, no porque lo anunciara Antonio Jaén, sino porque los mandos leales así lo tenían programado. En la Córdoba facciosa se interpretó que las advertencias de Jaén Morente se cumplían. Aquel mismo día, el ayuntamiento franquista se reunió en sesión extraordinaria y no tuvo otra ocurrencia que nombrar al diputado “Hijo maldito de Córdoba”, con todo tipo de insultos y vituperios, los cuales tuvieron como efecto que una turba de fascistas asaltaran la casa de Jaén Morente, en la calle Juan de Mena, expoliaran sus gran biblioteca y enseres, y con ello dieron pábilo a una gran fogata en la plaza de Las Tendillas.

Según su nieto García-Jaén, don Antonio se lamentaba a menudo de una supuesta librería en la calle Gondomar que le incautaron los facciosos, pero más bien podría tratarse de este otro episodio que citamos. Para Jaén Morente aquella “maldición” fue otra de las grandes heridas que los golpistas le causaron, además de quitarle el hogar, el prestigio y la patria. Quince años después, en 1949, otro ayuntamiento franquista, sin embargo, dejó sin efecto el visceral acuerdo de 1936.

      En aquellas primeras semanas de la guerra, además de sus alocuciones por Radio Jaén y Radio Linares, también impulsó la creación de unidades de milicianos en Madrid para que engrosaran el frente Sur. Después intervino en diversos actos públicos. El 23 de agosto de 1936 encontramos a Jaén Morente en un gran “Mitin Antifascista” en Valencia, donde compartió tribuna con Antonio Mije, Dolores Ibárruri y otros.[10] Allí, nuestro insigne cordobés, ante una multitud, subrayó los avances agrarios, pero dentro de los cauces democráticos: “Ahora no hay más que un camino. Estructurar la revolución. Aceptar los hechos consumados… la República tiene que reconocerlo. Tiene que reconocerlo y tiene que ponerse al frente del movimiento para salvar las esencias democráticas y abrir más amplios y profundos horizontes”.

      A partir de aquí, las actividades de Jaén Morente en la guerra nos quedan un tanto eclipsadas en medio de la vorágine. Su domicilio estaba en Madrid, donde estaba casado con Carmen Domingo, una actriz y cantante de zarzuela muy afamada. Tenían tres hijas, una de las cuales pereció con motivo de los bombardeos de Madrid. Sobrevivieron Carmen y Magdalena. El dato siguiente que poseemos fue que en agosto de 1937, el Gobierno lo nombró embajador en Manila, a donde llegó en septiembre, un destino demasiado lejano, a donde le acompañó su hija Magdalena.

En abril de 1938, la Gran Logia de Filipinas tributó a don Antonio un gran homenaje, del que hay testimonio fotográfico. Cuando presintió el final de la guerra, llamó a toda su familia, para que se reunieran con él en Manila. Así lo hicieron. Antes de salir de España, ya por tierras de Gerona, nació allí la primera nieta, María Cruz, hija de Carmen y de Tomás García Navarro (de La Rambla, Córdoba). Otra foto inmortaliza a toda la familia ya reunida en Manila.

 

El exilio: nuevo esplendor académico y desgarro personal

 

      Estando en Manila le llega la noticia del triunfo de Franco y la destrucción de la República democrática. De la noche a la mañana, el cordobés que tanto amó a Córdoba, se convierte en un apátrida, en un proscrito, destinado al más horrible de los ostracismos, como Demóstenes bajo las iras de Antípatro, o Cicerón ante los esbirros del emperador Antonio. Como Machado y tantos miles de españoles desposeídos de su causa y de su patria, Jaén Morente buscó una segunda patria en la que rehacer su vida. Le llegó una primera invitación para la Universidad de San Marcos, en Lima. Y enseguida otra invitación de Quito (Ecuador). Le escribió al historiador José Gabriel Navarro, al que Jaén había conocido en Madrid, diciéndole como en medio de un naufragio: “Soy un vencido. No volveré a España. Me postulo ante el mundo. Estoy buscando un país para el resto de mis días. ¿No habrá un colegio o una universidad para mí? Entierro toda política”.

Y Navarro envió rápida respuesta a Manila y le dijo: “Sí, Antonio. El ex presidente del Ecuador Isidro Ayora te ofrece la cátedra de Historia de América en la Universidad Central de Quito”[11]. Y la familia de españoles recogió sus enseres e inicio una travesía del Océano Pacífico en barco. Subieron a bordo Jaén Morente, su esposa Carmen Domingo, sus hijas Magdalena y Carmen, el yerno marido de ésta última Tomás García, también cordobés, y la primera nieta María Cruz. Más tarde, Magdalena se casaría con un diplomático norteamericano y vivieron en USA. El largo viaje hizo escala en Los Ángeles, antes de llegar al puerto de Guayaquil, cerca de Salinas. Desde aquí, en tren, hasta lo alto de los Ándes, donde se ubica Quito. Llegaron el 10 de agosto, precisamente el día de la fiesta nacional, y se toparon con toda suerte de charangas, desfiles y músicas callejeras. Grato panorama para corazones afligidos.

      A partir de este verano de 1939, cuando en España el dictador derramaba la sangre en los paredones de todos los cementerios, Jaén Morente se sobrepone a tamaña tragedia y rehace su hogar, y su vida académica cobra nuevo esplendor. Gustaba llamarse “peregrino de la cultura”. Pasó a enseñar en la Universidad Central de Quito, una de las más antiguas de América. Fue catedrático de Historia de la Filosofía e Historia del Arte. En otras fuentes se le cita como profesor de Geopolítica e Historia de la Civilización en la Escuela Superior de Pedagogía y Letras de Quito. Quedó subyugado por las maravillas del arte colonial de Quito, pinturas, esculturas, arquitectura (No en vano es hoy una ciudad patrimonio de la Humanidad) y descubrió lo que se denomina “escuela quiteña” en el arte.

El actual Museo del Convento de San Francisco lo empezó a organizar él. Y entonces inició también una febril actividad como conferenciante por muchos países hispanoamericanos: Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Colombia, Centroamérica, México… Ante públicos numerosos dejaba la impronta de su oratoria apasionada y de su erudición portentosa. Su desgarro interior lo silenciaba con una actividad febril. Iba a impartir también a la Universidad de Guayaquil, a la Facultad de Arquitectura, la única en la que se impartía Historia del Arte. Y también acudía a otras universidades, por ejemplo, la de Loja. No hablaba tanto del arte de España, sino más bien del arte de Quito.

 En 1946, el 17 de enero, en la Embajada de Ecuador, Jaén Morente  tuvo la gran satisfacción de recibir un gran homenaje por parte, sobre todo, de intelectuales del exilio mexicano, con la presencia, además, del torero “Manolete”. Una fotografía conmemora el evento, y en ella se puede ver, de izquierda a derecha: el poeta Pedro Garfias, Antonio Jaén, Adolfo Sánchez Vázquez, “Manolete”, Orencio Muñoz, Juan Rejano, Iglesias del Portal, Francisco Azorín y Fernando Vázquez Ocaña.[12] En esa velada, según su nieto Manuel, “Manolete” obsequió a Antonio Jaén con un capote torero: “Yo lo guardé toda la vida, y al final lo malvendí”. En la citada o en otra efemérides, Jaén Morente se operó de la vista en México, con escaso resultado, porque la ceguera le acechaba al final de sus días. En 1948 sufrió también el contratiempo de que su esposa Carmen Domingo lo abandonó, incapaz de soportar más los rigores del destierro. Le fue mal, porque en Madrid no sonaban ya los aplausos del género lírico que ella soñaba. Acabó sus días como vendedora de lotería.

      De pronto, un nuevo nombramiento del Gobierno de Ecuador iba a introducir un gran cambio en la vida de nuestro cordobés eminente. En 1953 fue nombrado Agregado Cultural del Ecuador “ad honorem” en Centroamérica, con sede en San José de Costa Rica. Y hacia su nuevo destino marchó solo. En su domicilio de la calle Veintimilla de Quito dejó un hueco irremplazable. Su nieto Manuel le ayudó a empaquetar numerosas cajas de libros. Y a poco de llegar a San José conoció a la que fue su segunda esposa, Cristina Goicoechea, una dama de cierto abolengo (sobrina de un cardenal). Se casaron en 1953.

Al año siguiente, Jaén Morente pudo cumplir el gran sueño de su vida: visitar de nuevo España y su Córdoba entrañable. Logró gestionar de la dictadura un permiso temporal, por un mes. Y para España salieron Antonio y Cristina, en 1954. Nada más llegar, tuvieron siempre detrás una pareja de la Guardia Civil, en vigilancia constante. Jaén Morente pasó en Córdoba la mayor parte del tiempo, hospedado en casa de algún familiar. Apenas pudo entrevistarse con nadie destacado. Y la prensa local silenció totalmente su presencia. Eran las normas de la dictadura. Y regresó a San José, sabiendo que ya jamás volvería a recorrer las callejuelas de Córdoba.

      En mi entrevista con su nieto Manuel García-Jaén me interesé por otros aspectos de la mentalidad y conversaciones políticas del abuelo. Me asegura que hablaba todo el tiempo de lo ocurrido en España. Insistía en que había habido un golpe de Estado contra un gobierno legalmente constituido. Estaba dolido de los republicanos “rojos” (la deriva del republicanismo hacia los partidos obreros). Aclaraba que él era un republicano, no un “rojo”. Se lamentaba mucho, según se indicó ya, de la falsa acusación de que él hubiera tenido algo que ver en la quema de conventos de Málaga.

Hablaba mucho de una librería que le incautaron en Córdoba (pero bien pudiera referirse al expolio e incendio de su biblioteca). Todas las noches, mi padre y él hablaban de la guerra. Y muchas noches buscaban una emisora de Moscú (la Pirenaica), y escuchaban con fruición a La Pasionaria. Luego recordaban muchos nombres, a unos y otros, unos muertos, otros fusilados, otros exiliados. Otra de sus obsesiones era que él no podía volver, que lo iban a matar. Y solía hacer encargos de averiguaciones en España, a ver si había algún cargo contra él. Y recibía muchísimas cartas. Un epistolario desaparecido, del que no encuentro ninguna pista. Su biblioteca personal fue donada a la Universidad de San José de Costa Rica.

      Por fin hubo de enfrentarse al declive final. A su diabetes crónica se sumó una ceguera imparable, que llegó a ser total. Cristina fue para él más enfermera que esposa. Jaén Morente le dictaba textos y cartas. Y ella le leía lo que llegaba a casa. En una ocasión, estando su nieto en España haciendo el doctorado, le escribió al abuelo, hacia finales de 1963, contándole las maravillas que había visto en Córdoba. Pero no recibía contestación. En un segundo intento, Cristina le aclaró: “Sí, llegó tu carta, se la leí a tu abuelo, pero lloró tanto, tanto, que no me atreví a pedirle respuesta”. Una de sus últimas intervenciones públicas ocurrió en la Universidad de Guayaquil, en 1963, invitado allá por el rector Dr. Antonio Parra. Subió al estrado muy desmejorado y decaído, pero se rehízo y halló aún fuerzas dentro de sí. Comenzó con el poema de Machado “A un olmo viejo”, y dejó gran impresión por su sabiduría.

      Se acabó su vida el 8 de junio de 1964. Una modesta esquela se pudo leer en alguna prensa de Córdoba, y una columnita en la que se anunciaba que el 15 de julio se le diría una misa en la iglesia de San Pablo. Esos fueron los únicos honores al que, sólo en América, había sido condecorado con la Orden del Sol Peruana, la Gran Cruz del Águila Azteca, y la Cruz del Mérito de Ecuador. “Murió solo, pobre, ciego y en una tumba prestada y anónima”. Hoy reposa en una de las tumbas de la familia Justo Quiroz Goicoechea, tío de su esposa Cristina, en el Cementerio General de San José (por la puerta cercana a la capilla de las Ánimas, a 20-30 metros a  la izquierda). En el mausoleo, abajo, en el centro, reposa Justo Quiroz, y en las otras tres paredes, tres tumbas en cada una. En una reposa Antonio Jaén Morente, y en otra, Cristina.

No hay lápidas ni nombres. No cabe mayor desaparición ni mayor desmemoria. Son las leyes del ostracismo de los vencidos. Ya en nuestra actual democracia, hubo en Córdoba un propósito de recuperar los restos de este hijo ilustre, pero la familia de su hija Magdalena se opuso. Al menos, un gesto loable ocurrió el 24 de marzo de 1980, cuando el Ayuntamiento de Córdoba, bajo la presidencia de Julio Anguita, declaró a Jaén Morente “Hijo predilecto” de la ciudad. Después, en 2003, el Diario CÓRDOBA la 7ª edición de su Historia de Córdoba.

 

Consideraciones finales

 

      El desgarro existencial de tantas vidas truncadas por la dictadura franquista se expresa con profundidad en un breve libro de su nieto Manuel García-Jaén Y los hijos del exilio, también (Quito, 1992). Muchos lamentos de exiliados hemos escuchado a lo largo de la historia, desde aquellas Tristes y Pónticas, de Ovidio. Los españoles expulsados por el franquismo privaron a su patria de su gran valía, arrastraron de sus vidas rotas, pero se rehicieron y engrandecieron a los países de acogida, sobre todo México. Y los hemos visto a todos con sus maletas sin deshacer, con un sentido de vida provisional y la esperanza del pronto regreso.

La desesperanza los fue venciendo. También aquel exilio cruel fue un crimen de lesa humanidad cometido por la dictadura. Nuestros españoles exiliados vivieron con el alma partida. “Somos una especie de casta rara”, dice García-Jaén, siempre transeúntes entre el país presente y la España ausente, “dos patrias, dos banderas, dos nacionalidades, todo dividido... La dualidad permanente de ser y no ser de aquí o de allá”. Y continúa García-Jaén: “Dentro del hogar familia prevalecía más bien un ambiente de tensión permanente… Ellos sufrían y no lo podía disimular… ante los ojos de los pequeños hijos… Don Antonio, en su dormitorio, mezcla de todo, cama, escritorio, mil libros y papeles por todos lados, ceniceros siempre insuficientes y un profundo y constante olor a tabaco negro. Siempre hasta la madrugada escribiendo, leyendo y meditando, con el anuncio de su profunda tos, y tantas veces con el sorpresivo monólogo a voz viva… Doña Carmen, la abuela… llorando y quejándose siempre por saber cuándo podría regresar a España”.

      “Casi no pasaba un día siquiera sin que escucháramos algo, bueno o malo, feliz o triste, pero que se refería en todo caso a España… siempre que podían nos hablaban con emoción y altivez de su nacionalidad, de su estirpe, de su pasado, de la familia que atrás quedó”. Y se afanaban por no olvidar, por ejemplo, su lejana gastronomía: la paella, el cocido madrileño, “Pero no era sólo comer al estilo español. Más importante era el inducirnos por todo medio el amor a esa España de la que oíamos tanto hablar… Están en mis recuerdos imborrables las innumerables noches, con esa chimenea prendida… Evocaban (mi abuelo y mi padre) sucesos, lugares y personas con pasión no contenida, y lo que era peor, elucubraban con su imaginación sobre el destino que habrían corrido todos ellos”.

Cuando llegó la noticia de la muerte de la abuela Carmen en Madrid, “Don Antonio subía y bajaba las escaleras de la casa gritando, llorando, maldiciendo la guerra y sus circunstancias. Mi madre llorando en su dormitorio… Mi padre, dolido y lloroso, intentando poner calma”. A pesar de tanto desarraigo existencial, el alma de nuestro ilustre Jaén Morente consiguió huir hacia adelante, refugiándose en su profesión, en el estudio del arte y en multitud de actividades académicas, como arriba se ha relatado. Pero “Su españolismo siempre estaba pronto y a flor de piel, y su cordobesismo constituía bandera de orgullos y de ilusiones”.

      Nadie ha amado jamás a España como la amaron los exiliados de 1939. La añoraron, la lloraron y la veneraron. Y entre ellos, los exiliados de Córdoba. Un día de 1949, Antonio Jaén tuvo el atrevimiento de escribir al entonces Alcalde de Córdoba, sin saber quién era. En esa carta, con la que despedimos al gran catedrático cordobés y a su actual nieto Manuel García-Jaén (que tan amablemente nos ha recibido en su casa de Quito), en esta carta, digo, se refleja ese desorbitado amor de un desterrado a su tierra cordobesa, frases con las que pretendemos coronar su historia, reparar sus sufrimientos y recuperar su memoria: “Son 18 Universidades donde he orado –más que disertado- en nombre de Córdoba y de España. El Gobierno del Ecuador permitió y dio auxilio a estas mis apetencias espirituales, para enriquecer el alma, a falta de otra riqueza. Sonó Córdoba en un amplio ámbito geográfico, y su nombre, de almunia literaria, trazó un vuelo en el Hortus universitario americano, desde Santiago de Chile a La Habana, por toda Centroamérica…”. Que no se apague la luz de su sabiduría, Antonio Jaén Morente, gloria de Córdoba.

 

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[1] Manuel García-Jaén, Y los hijos del exilio, también -50 años después-, Quito, 1992.

[2] Francisco Moreno Gómez y Juan Ortiz Villalba, La Masonería en Córdoba, Albolafia, 1985, p. 374.

[3] Revista Andalucía, Córdoba, 16 de febrero de 1918. Y Francisco Moreno Gómez, Latifundio y movimiento obrero en Córdoba (1850-1930), pp. 54-56, inédito.

[4] Francisco Moreno Gómez, La República y la guerra civil en Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 1982, pp. 29-30, y siguientes.

[5] Entrevista realizada a don Manuel García-Jaén, en Quito, Ecuador, el 15-10-2011.

[6] Francisco Moreno Gómez, La República…, ob. Cit., pp. 79-80.

[7] Francisco Moreno Gómez, La República… ob. Cit., p. 326 y ss.

[8] Francisco Moreno Gómez, La guerra civil en Córdoba (1936-1939), Alpuerto, Madrid, 1985, p. 247 y ss.

[9] F. Moreno Gómez, ob. Cit., pp. 247-249, citando La Mañana, de Jaén, 29-7-1936.

[10] Ibidem, p. 535, citando a ABC de Madrid, 25-8-36, y Mundo Obrero, 24-8-36.

[11] Jorge Ribadeneyra, “El hijo del exilio”, en El Comercio, Quito, 21-6-2009, y por el mismo autor, “Quito en anécdotas. Hijos y nietos del exilio. Jaén Morente: una familia española trasplantada a Quito”, en Últimas Noticias, Quito, junio de 2009.

[12] Pedro Garfias, Poesía completa, Ayuntamiento de Córdoba, 1989, p. 84, edición de Francisco Moreno Gómez.

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EL BOMBARDEO DE BUJALANCE (CÓRDOBA) EL 14-12-1936 POR LA LEGIÓN CÓNDOR FUE LA VERDADERA "GERNIKA DEL SUR"

 

       BUJALANCE FUE LA “GERNIKA DEL SUR”, NO CABRA (A excepción de “La desbandá” de Málaga).

Datos actualizados del estado de la cuestión.

 

                                          Por Francisco Moreno Gómez


                        (Publicado por Cordópolis, el 21-22 de febrero de 2026)  

 

El 20 de diciembre de 1936 iba a ocurrir la caída de Bujalance en manos de los franquistas, durante la llamada “ofensiva de la aceituna”. Pero lo que ahora nos ocupa es el gran bombardeo que sufrió la localidad el día 14 del mismo mes. En mi libro La guerra civil en Córdoba (p. 497) ya anticipé algo de este tema. Empezaba con el testimonio de un anarquista de Fernán Núñez, refugiado en Bujalance, Francisco Verdú:

        “Una mañana del mes de diciembre (día 14), cuando nos dedicábamos a nuestro trabajo tranquilamente, nos sorprendió el ruido de tres aviones que sobrevolaban el pueblo, y sobre las diez de la mañana empezaron a sembrar el terror  y la muerte entre la población civil. Esto duró todo el día, pues, cuando terminaban estos tres aviones, los relevaban otros tres, de manera que era imposible acudir a socorrer a los heridos entre los escombros. Cuando llegó la noche no se escuchaban más que lamentos. Todos nos movilizamos para acudir a los casos más urgentes. Y así pasamos toda la noche, a fin de salvar el máximo de vidas inocentes. Al día siguiente, y a la misma hora, idéntica operación de desmoralización sobre la población civil, de modo que se decidió la evacuación. Al tercer día, 20 de diciembre, era ya muy poca la gente que permanecía en Bujalance.” (Carta desde Francia, 27-8-1983).

        Todo  era cierto sobre la gravedad del bombardeo, del que apenas se poseen datos en fuentes republicanas, pero sí en fuentes franquistas, en los conocidos Documentos del General Cuesta (DGC), donde se consigna el bombardeo de Bujalance el 14 de diciembre de 1936, con un balance, cifrando por lo mínimo, de 100 muertos y 200 edificios destruidos. Lo que no se explicita es que fue un ensayo destructor de la Legión Cóndor alemana.

        Sin embargo, todo ello resulta prehistoria, cuando recientemente hemos conocido algunas publicaciones alemanas sobre la Legión Cóndor en España, pista sobre la que me ha puesto Juan Antonio Cuestas. En 2014 nos ha llegado el libro La guerra como aventura. La Legión Cóndor en la guerra civil española 1936-1939, de Stefanie Schüler-Springorum. Ahí, entre otros contenidos, se puede leer que “En total, entre diciembre de 1936 y marzo de 1937, las escuadrillas de combate y las escuadrillas de bombardeo experimental de la Legión tuvieron entre 1.000 y 1.200 misiones en terreno enemigo”.

        A continuación detallan que los pueblecitos quedaban destruidos a las primeras pasadas y quedaban envueltos en polvo, y las personas supervivientes echaban a correr, pero… “Lanzábamos bombas  de metralla, hasta que dejaban de correr, y entonces arrojábamos las bombas incendiarias a las ruinas…”, para que no quedara títere con cabeza. Experimentación destructiva que no se dio en la ciudad de Cabra en 1938, sino la torpeza mezclada con la mala información, entre otras deficiencias.

        Obsérvese cómo la intencionalidad de los alemanes es “la desmoralización de la población civil”. En ningún caso hablan de objetivos militares. Por otra parte, existía un plan de experimentación sobre los efectos de la nueva aviación y la nueva munición. Esto nada tiene que ver con los objetivos y prácticas de la aviación republicana.

 

Wolfram von Richthofen, jefe de la Legión Cóndor.

 

    Bajo el apartado “Experimentos en Andalucía”, basándose en los escritos y en el diario de Richthofen, en el libro citado se alude ya a las fechas trágicas de Bujalance: “… después de que el propio Richthofen ordenara el bombardeo de Bujalance, Montoro y El Carpio, el 14 de diciembre de 1936, pudieron examinar las consecuencias de las bombas desde el aire, y una semana más tarde, una vez tomados los pueblos, analizarlos con detalle y documentarlos fotográficamente”.

        A continuación, se detalla expresamente que “El 14 de diciembre cayeron 120 bombas de 50 kilos cada una, sólo en Bujalance; en el ataque fallecieron 120 personas, habitantes del pueblo y soldados, y hubo numerosos heridos”. Más adelante se precisa que “… no sólo Queipo, sino también otros generales españoles intentaron servirse del manifiesto deseo de experimentación de los alemanes e instrumentalizarlo para sus propios propósitos, y así hicieron que el legendario Stuka, el bombardero en picado, entrara por primera vez en acción en Córdoba”.

        En diciembre de 1936 Bujalance se hallaba abarrotado de refugiados de toda la Campiña cordobesa, de Espejo, Montilla, Castro del Río, etc. Por tanto, es imposible cuantificar o identificar a las víctimas de esta multitud de forasteros, a los que había que sumar otra multitud de tropas variopintas, regulares y milicianas, que estaban al mando del comandante Pérez Salas, el cual debió de ser el que ordenó la evacuación. El cuartel de las Milicias se hallaba en la actual Plaza de Andalucía.


Una instantánea del bombardeo de Bujalance el 14-12-1936, en la calle San Pedro.

        La contribución de sangre de Bujalance en aras del golpe militar no fueron sólo las 120 de la Legión Cóndor el 14 de diciembre de 1936, sino que de muchas más, sepultadas bajo los escombros, jamás se tuvo noticia, como de otras que fueron arrasadas fugitivas por el campo en medio de las terribles pasadas aéreas, despedazadas entre los olivos, para risotadas de Richthofen y de los pilotos nazis. Jamás serán computadas por la historia. Tras los tres años de guerra y la larga posguerra, nadie tomó nota ni de los hechos ni de las personas ni de los nombres.

        Tras la victoria de 1939, se fusiló en Bujalance a 55 personas más. Otras 28 en la capital, 22 abatidas en el maquis, 3 en los campos nazis, 13 en la prisión de Córdoba, entre otros casos. Total de la posguerra, 127 víctimas que sepamos, más ese mínimo de las 120 del bombardeo de 1936 (más esos “desaparecidos”, que echaban a correr y les arrojaban bombas hasta que “dejaban de correr”). Por tanto, Bujalance fue castigado, sin duda, mucho más que la ciudad de Cabra.

        Uno de los pilotos alemanes que visitó Bujalance por aquellos días fue Hannes Trautloft, que publicó su diario de guerra nada más volver a Alemania, en 1939, bajo el título Piloto de caza en la guerra de España. Diario de un legionario alemán (de 1939, publicado en España en 2020). Este piloto viajó a Córdoba en diciembre de 1936. Señala que todos los puentes se hallaban volados y los pueblos derruidos: “… Especialmente malo es el aspecto de Bujalance. Aquí primero actuaron nuestros bombarderos… ninguna casa ha quedado entera… En la torre de la iglesia de Bujalance los rojos emplazaron a 80 metros de altura un nido de ametralladora… Villa del Río y Lopera se llaman los pueblos que las tropas del general Franco han tomado justo ayer… A ambos lados de la carretera yacen caídos, por lo general rojos… Numerosos camiones van cargados hasta arriba con enseres domésticos, camas, sillas, sartenes, cuadros, cántaros, todo está revuelto y en desorden… todavía corretea por ahí toda clase de animales, cerdos, gallinas, que ahora son requisados por los soldados del general Franco” (pp. 130-132).

Portada del libro de Hannes Trautloft, den 1939, con datos sobre Bujalance.



        “En Villa del Río nos presentamos al comandante… Aquí, nos cuenta, el frente rojo está mantenido por las Brigadas Internacionales. Se baten bien, pero en los últimos combates han sufrido considerablemente”. Y refiere el caso de un brigadista inglés prisionero, al que se le ha requisado una Biblia, un regalo de navidad que le había enviado su madre “con los mejores deseos”.

        Estas fuentes alemanas son determinantes para explicar las actuaciones destructoras de los bombardeos de la Legión Cóndor. Primero, los bombardeos rasantes para abrir los edificios; después, los ametrallamientos del personal civil, “contra los que corrían, hasta que dejaban de correr”. En tercer lugar, los bombardeos incendiarios, siempre echándoles la culpa de los incendios a “los rojos”. Cuarto, las actuaciones se hacían, no contra objetivos militares, sino para “la desmoralización de la población civil”. Por último, los bombardeos alemanes se hacían en forma de experimentación, para comprobar la eficacia de los nuevos aparatos y las nuevas municiones. La similitud de lo ocurrido en Gernika y en Bujalance resulta evidente. En cambio, si todas  estas características se cotejan con lo ocurrido en el bombardeo de la ciudad de Cabra, no existe parangón posible. 

        Recientemente, Juan Antonio Cuestas ha publicado un artículo sobre el bombardeo del 14 de diciembre de 1936 (Revista Adalid, n. 8, dic. 2024, Bujalance), con un magnífico trabajo de campo de recogida de testimonios de los entonces niños, hoy nonagenarios, los cuales ponderan el arrasamiento de Bujalance tras las diversas pasadas de los bombarderos de la Legión Cóndor a 600 metros de vuelos rasantes. Algunos hablan de caminar por las calles en medio de cadáveres. En cuanto llegó la noche, y al día siguiente, se organizó la evacuación total de Bujalance: “La carretera de Villa del Río, llenita de gente andando, cargados con lo que podían, otros buscando a los suyos. Porque ese día que salíamos nos bombardeaban también. Pasamos la noche en la Estación de Villa del Río”. Contaban no sólo el estruendo de las bombas, sino también el “terrible tableteo de las ametralladoras”.

        Para la cuantificación de las víctimas no conocemos fuentes españolas (El Registro Civil quedó truncado desde el 14-12-1936 hasta febrero de 1937). Años después se inscribió por casualidad, fuera de plazo, a una decena de víctimas del bombardeo, sobre todo niños, señala Cuestas.

        De momento, sólo contamos con las fuentes alemanas, en torno a la cifra inicial de 120 muertos y “muchos heridos”. Así aparece también en el diario de Richthofen, publicado en 1944, cuando murió  a causa de un tumor cerebral (La guerra como aventura…, de Schüler).

         No hace mucho ha escrito sobre el tema otro hispanista alemán, Walther L. Bernecker (“Gernika y Alemania: debates historiográficos”, en Historia Contemporánea, 35, 2007, p. 513), anotando: “Richthofen estaba personalmente en uno de los aviones bombarderos, y parece ser –según su diario- que tuvo ‘una extraña sensación al ver por primera vez (caer) bombas sobre hombres (concretos)’”.

        Con relación al bombardeo republicano de Cabra, de 7-11-1938, las circunstancias son muy diferentes. En mi archivo me encuentro con un documento de la Cruz Roja sumamente esclarecedor. Se trata de un INFORME redactado en enero de 1939 por el que fuera primer alcalde franquista de 1936 en Cabra, director del Instituto y ferviente apologista del Régimen, Ángel Cruz Rueda. El Informe está dirigido al Secretario de la Junta Suprema de la Cruz Roja en Burgos, con fecha 17-1-1939 “(Tercer Año Triunfal)”. Primero se introduce, con estilo inflado, sobre la ciudad de Cabra, Parnaso de las Letras, cuna de Juan Valera, que “En 1936 se puso decididamente, desde el primer día, al lado del Generalísimo Franco, considerándole representante y guía de la verdadera España”.

        El estilo es tan retórico que el Secretario de Cruz Roja en Burgos le responde diez días después sobre la recepción del Informe: “En él quedan bien de manifiesto las circunstancias del criminal bombardeo de esa Ciudad y lo ílustre de su prosapia”. Esto último, la “prosapia”, no sabemos si con “retintín”.

        De todas formas, los datos son minuciosos al extremo. El bombardeo ocurrió el lunes 7-11-1938, a las 7’30 de la mañana. Operaron tres monoplanos bimotores “Sofía-Katiuska, en formación de patrulla en cuña, por la zona del Calvario. Dejaron caer unas 30 bombas rusas, de una potencia entre 30 y 48 kilos, de las cuales explotaron ‘veintitantas’… En la plaza de Abastos los muertos fueron “treinta y tantos”. En una taberna frontera fallecieron 13. En la calle Jaquotot, murió un niño. En la calle Muñiz Terrones, murió un teniente de Regulares. En la plaza de Calvo Sotelo destruyeron el surtidor de gasolina. En la zona del Campo de Concentración que existía con 112 prisioneros, mataron a 2 prisioneros y a 10 militares que los custodiaban. Hubo varios muertos entre los refugiados en el antiguo cuartel de la Guardia Civil. El total de víctimas fue de 107. Heridos, un centenar.

        El citado Informe se hace con un fin propagandístico indudable, no sólo con destino a la Cruz Roja, sino también para “la Prensa forastera y española”. Se hace hincapié en que “Periodistas extranjeros y españoles nos distinguieron con su visita –así como Autoridades de la capital-… y los enviados especiales de Prensa y Propaganda del Gobierno del Reich”. Para las víctimas de Bujalance no hubo propaganda. El destino de los vencidos es el olvido.

Lo que no menciona el Informe son los fusilamientos cometidos en Cabra en 1936 por los entusiastas del Régimen. En mis libros sobre Córdoba, sobre todo en los cuatro últimos, he ofrecido un cómputo de los fusilados por el franquismo en Cabra, total que asciende a un mínimo de117 víctimas, la mayoría en las cunetas de Cabra a Lucena, Priego o Monturque. Otros, en Priego, y algunos más en Córdoba capital, en el verano y otoño de 1936, debido al celo exterminador del comandante militar de la plaza de Cabra Francisco López Pastor y de su ayudante, que era peor, el teniente Roldán Écija, que sembró el terror en Rute y en Priego. De manera que “Gernika del Sur” con relación a Cabra, no corresponde al rigor de la historia, sin olvidar a los fusilados republicanos, que suman más, con el problema añadido de los “desaparecidos”, práctica habitual en 1936. La “Gernika del Sur”, según lo documentado, fue sin duda Bujalance, donde la perfección del exterminio de la Legión Cóndor no se puede comparar con unos aviones “Katiuskas” rusos, viejos, con menos bombas y de menos peso (20 bombas explosionadas, de 30 a 48 kilos, frente a las 50 bombas de 50 kilos, como mínimo, de la Legión Cóndor en Bujalance.  

       

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