TRAS LA HUELLA DE LOS EXILIADOS:
EL CORDOBÉS ANTONIO JAÉN MORENTE.
A
raíz de mi visita a Quito y a su nieto Manuel García-Jaén, en octubre de 2011.
Por
Francisco Moreno Gómez
En
mi reciente encuentro con descendientes de exiliados españoles en Quito
(Ecuador), he tenido la fortuna de encontrarme con D. Manuel García-Jaén, nieto de nuestro eminente cordobés Antonio Jaén Morente, al que el golpe
militar y la dictadura arrojaron fuera de su Córdoba lejana. Mi anfitrión ha
sido García-Jaén, un ilustrado
quiteño, y a la vez español de corazón. Su libro Y los hijos del exilio, también[1]
revela la catástrofe humana y cultural que ha supuesto la expulsión de España
de medio millón de españoles no afectos al franquismo. Nieto del que fue
diputado cordobés Jaén Morente, García-Jaén ha sido un nieto digno de
tal abuelo. Nacido ya en Quito, es doctor en Derecho, representante empresarial
de Ecuador en la OIT, en Ginebra; representante del Centro de Desarrollo del
Ecuador en Europa; director de la Asociación de Instituciones Financieras del
Ecuador; miembro del Estudio Jurídico “Quevedo y Ponce”; gerente de la
Corporación de Estudios y Publicaciones, y entre otros cargos y distinciones,
muy vinculado a la empresa Artes Gráficas, que fundara su padre, Tomás García, de La Rambla (Córdoba). Gracias
a la colaboración de Manuel García-Jaén
y de otras fuentes hemos podido hilvanar la repleta e intensa trayectoria del
diputado cordobés exiliado.
Los orígenes y el brillante perfil académico
Aproximarse
a Jaén Morente es todo un derroche
de sorpresas y admiraciones. Nació en Córdoba, el 3-2-1879, hijo de Tomás y de María. Vivió largamente en la calle Judíos, cerca de la Puerta de
Almodóvar, donde la Democracia le ha puesto esta inscripción: “En esta casa vivió don Antonio Jaén
Morente, gloria de Córdoba”. Su cualificación académica fue realmente
precoz. Con poco más de veinte años, en 1902, ya fue maestro nacional por
oposición en Sevilla. En 1904, profesor de Derecho en la Escuela Normal de
Segovia. En 1910, catedrático de Geografía e Historia por oposición en Cuenca.
En 1912, catedrático de Geografía e Historia por nueva oposición en el
Instituto de Segovia. A la Universidad de Sevilla pasó en 1917 como catedrático
de Historia de España, por oposición. En 1919 pasó al Instituto de Córdoba,
como catedrático de Geografía e Historia. En 1921 pasó con este mismo cargo a
un Instituto de Sevilla.
En 1930, en vísperas de la República, consta de
nuevo en el Instituto de Córdoba, del que es nombrado director al año
siguiente. Su cualificación intelectual, sin duda ensombrecida por su actividad
política republicana, fue asombrosa: maestro superior de Primaria, Doctor en
Historia, Licenciado en Derecho, miembro de la Real Academia de la Historia y
de la Real Academia de Córdoba, y vicepresidente en dos ocasiones del Ateneo de
Córdoba. Presidente de la Comisión de Monumentos de Córdoba, y del Patronato
del Museo de Córdoba. Además, en 1929 fue encargado de la Propaganda Cultural
de la Exposición de Sevilla, en varias ciudades españolas, impartiendo sobre
las relaciones de Sevilla con América.
En diciembre de 1931 fue nombrado presidente del
Centro Filarmónico. El mismo año impulsó la inauguración del Museo de Julio
Romero de Torres, con la presencia del presidente Alcalá Zamora, Indalecio
Prieto y Marcelino Domingo.
Poseía una plurititulación: Maestro Superior de Primaria, Doctor en Historia
(con una tesis sobre el monasterio de los Jerónimos) y Licenciado en Derecho,
además de miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real de Córdoba. Era
la personificación de aquel alto nivel académico, cultural y político de muchos
hombres de la II República. Y como muchas de aquellas personalidades liberales,
progresistas, librepensadores y europeístas, también perteneció a la masonería,
concretamente a la Logia España, de
Sevilla[2].
Un repaso
sucinto a sus estudios y publicaciones resulta, sencillamente, admirativo.
Publicó, por este orden: una Historia de
Córdoba, Geografía de España, Geografía de América, Historia Universal,
Historia de España, Historia de la Civilización Española en sus relaciones con
la Universal, El problema artístico de la ciudad de Córdoba, Historia de
América, entre otras obras.
El compromiso con la modernidad y con la política
republicana
Como no
podía ser menos en un intelectual de esta talla, también participó de lleno en
la política de su tiempo, como lo hicieran los grandes de las letras, como el
divino Dante, Víctor Hugo, Pablo Neruda,
César Vallejo, Rafael Alberti, Ortega y
Gasset, Manuel Azaña y tantos
otros. El descenso de Jaén Morente
al círculo infernal de la política data ya en los primeros decenios del siglo
XX. En 1918, todavía en la etapa caciquil, predemocrática, lo encontramos en la
lucha electoral de aquel año. Seguía entonces los postulados del andalucismo
histórico, bajo la denominación de regionalista y republicano. La revista Andalucía lo captó en una instantánea en
un mitin en Villanueva de Córdoba[3].
Como opositores (Eloy Vaquero, Ayuso,
Ramón Rubio, Juan Morán, etc.) no consiguieron imponerse sobre los partidos
turnantes, liberal y conservador. Lo mismo les ocurrió en las elecciones de
1919 y 1920. Su tiempo todavía no había llegado. La política monárquica tentó a
Jaén Morente en 1926, cuando Alfonso XIII le ofreció un ministerio,
que él rechazó, consecuente con su republicanismo.
La hora
de los republicanos vendría de la mano de los años treinta. Y fue premonitoria
una conferencia suya, el 11-2-1930, en el Ateneo de Córdoba, en recuerdo de la
I República, en la que levantó la fe republicana de manera enardecida. Sus
palabras más duras fueron contra los atropellos de la monarquía borbónica y
contra la represión de los mártires de Jaca. Al año siguiente vemos a Jaén Morente en la primera línea de los
prohombres del republicanismo cordobés (Vaquero,
Guerra Lozano, Troyano, Azorín, Palomino, etc.), como candidatos a las
elecciones municipales del 12 de abril de 1931.
Antonio
Jaén militaba entonces
en una llamada Derecha Liberal Republicana, de don Niceto Alcalá Zamora. Pronto pasaría al Partido Republicano
Radical Socialista. El 26 de marzo encontramos a Jaén Morente en un mitin en el barrio Los Olivos Borrachos, de la
capital (junto con García Hidalgo,
Azorín y otros). Y el 29 de marzo, Domingo de Ramos, al frente de una gran
manifestación de diez mil personas por las calles de Córdoba, en petición de
amnistía a los represaliados por la monarquía. Al final, entregaron en el
Gobierno Civil un pliego con estas reivindicaciones[4].
Toda la coalición republicano-socialista triunfó en las elecciones. El partido
de Jaén Morente obtuvo 4 concejales
en la capital, con él al frente. Además obtuvieron representantes en bastantes
pueblos de la provincia. El momento histórico no podía ser más esperanzador:
las candidaturas republicanas habían triunfado en casi toda España. El rey se
marchó de España. El 14 de abril se proclamó, por tanto, la II República. En
Córdoba, en la tarde del citado día se constituyó enseguida la Junta
Republicana de Córdoba, integrada por: Antonio
Jaén Morente, Eloy Vaquero, Ruiz Maya, Carreras Pons, Pablo Troyano y Francisco
Azorín. El gran honor de proclamar la República en Córdoba le cupo a Don Antonio Jaén, quien encaramado
sobre el monumento al Gran Capitán en la plaza de Las Tendillas, dirigió la
palabra a la muchedumbre enfervorizada y declaró proclamada oficialmente la II
República en Córdoba.
De
inmediato hubo de hacerse el reparto de cargos políticos del nuevo régimen. Jaén Morente pasó interinamente al
Gobierno Civil, hasta el 22 de abril, en que pasó como gobernador a la
provincia de Málaga. Aquí habría de sufrir, el día 12 de mayo, el grave
episodio de la quema de conventos, que estalló en Madrid y salpicó a algunas
ciudades. Era un estallido incendiario del sempiterno anticlericalismo español,
que venía desde las guerras carlistas del siglo XIX. Aquel día Antonio Jaén se hallaba en Madrid y,
aunque regresó a toda prisa, cuando llegó por la tarde, una decena de edificios
religiosos habían sido pasto de las llamas. Ocurrió que el gobernador
accidental Enrique Mapell había
ordenado la intervención de la Guardia Civil, pero el gobernador militar dio la
contraorden, con lo que la chusma actuó a sus anchas. Según relata actualmente
el nieto Manuel García-Jaén, su
abuelo se lamentó siempre amargamente de que las malas lenguas le culparan
injustamente de los sucesos de Málaga, y aducía que él podía no titularse
cristiano, pero era un enamorado del arte[5].
El 20 de mayo cesó en el cargo de gobernador de Málaga.
De
regreso a Córdoba se sumergió en una nueva vorágine electoral, la de Cortes
Constituyentes, para el 28 de junio de 1931. Jaén Morente fue incluido de nuevo en la coalición
republicano-socialista, con tres candidatos de su todavía partido nicetista
Derecha Liberal Republicana. El 22 de junio lo encontramos en un mitin en
Pozoblanco, donde el cronista escribe que Antonio
Jaén, con su fogosidad característica, y don José Luna, con la convicción de su ideal, expusieron los dos
grandes problemas de España: cultura y despensa, prometiendo a sus electores
sacrificarse por la redención de la clase obrera. Don Antonio Jaén se extendió sobre el problema religioso,
declarando ser partidario de la completa separación de la Iglesia y el Estado[6]. Y
llegó el resultado de las elecciones: 7 diputados socialista, uno de la
Agrupación al Servicio de la República, y 2 republicanos, entre ellos Jaén Morente. Su sueño de muchos años,
por fin se hizo realidad. De su actuación como diputado habría que consultar el
Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados.
La
República continuó sus pasos modernizadores, a lo largo del Bienio Reformista,
con una gran esperanza popular, pero con creciente rechazo a las reformas por
parte de los poderes tradicionales: latifundistas, Iglesia y la parte
africanista del Ejército. Y en esta tensión se dejó a España, cuando Jaén Morente fue nombrado, en enero de
1933, Embajador en Lima (Perú), y allá llegó en marzo acompañado de su hija Carmen. Fruto de esta experiencia
diplomática fue su libro La lección de
América. Renunció en octubre del mismo año, a fin de poder presentarse a
las elecciones de 1933, bajo las siglas del Partido Radical Socialista. Pero
las izquierdas acudieron divididas, mientras que las derechas se coaligaron y
arrasaron en toda España. Jaén Morente
había llegado a Córdoba en la misma víspera de las elecciones del 19 de
noviembre.
Amaneció 1936 y se dispuso a una nueva lucha
electoral: las elecciones del 16 de febrero de 1936, en las que ganaría la
coalición de izquierdas del llamado Frente Popular. La Izquierda Republicana de
Córdoba, el partido de Manuel Azaña,
situó a Jaén Morente en la palestra
de la competición, junto con Ramón Rubio
Vicente. Ambos cerraron un mitin, el 2-2-1936, en el Teatro Duque de Rivas,
donde Jaén Morente dijo: “No atacamos a la religión ni a la familia,
sino que defendemos la política de austeridad del primer bienio”.
Llegó el día de la votación, y el Frente Popular arrasó
en Córdoba. Los más votados fueron los tres republicanos: Pedro Rico, Ramón Rubio y Antonio Jaén, con casi 160.000 votos cada
uno. Luego, los 5 socialistas electos, seguidos de los 2 comunistas electos, y
por fin, los 3 de la derecha. No había duda de la voluntad de los cordobeses,
voluntad que destrozaría el golpe militar[7].
Una de las primeras medidas era complicada: o la reposición de los
ayuntamientos del 12 de abril, como opinaba el gobernador, o la formación de
gestoras nuevas, como propusieron a éste los diputados Jaén Morente y Fernández
Castillejo, lo cual fue aceptado, y así se renovaron todos los
ayuntamientos cordobeses.
Y empezaron
las nuevas tareas de nuestro diputado, que fue secretario de la Comisión de
Estado (su domicilio en Madrid fue en la c/ Bola, 5). Consta que en aquella
primavera de paro creciente, hizo gestiones para la reanudación de las obras en
la carretera de Obejo desde Villanueva de Córdoba. El 12 de abril lo vemos
presidiendo, con otras personalidades, el multitudinario entierro por las
calles de Córdoba de un socialista de Benamejí, que había sido asesinado por un
patrono.
Bajo los estragos del golpe militar y la guerra
Y así
llegamos a los días catastróficos del golpe militar en España, el 18 de julio
de 1936. Las capitales Sevilla y Córdoba cayeron de inmediato en manos de los
facciosos. No así Jaén, ni Madrid ni Barcelona, etc. Más de la mitad de España
era leal al Gobierno. A Jaén Morente
le sorprendió el golpe en Madrid. De inmediato desplegó gran actividad en
defensa de la República: alocuciones por radio, actos públicos y acudiendo a
los frentes cercanos. Su gran obsesión: Córdoba, lejana y mártir. El 28 de
julio llegó a Córdoba, desde Jaén, la columna del general Miaja, con el objetivo de atacar y recuperar Córdoba. Y con ella
llegó Jaén Morente al frente
andaluz, entre otros diputados. Hizo alocuciones desde Radio Jaén y desde Radio
Linares.
El mismo día 28, a las siete de la tarde, pronunció
desde Radio Jaén un vibrante discurso, destinado a los sublevados de Córdoba
capital, para que depusieran las armas[8].
Entre otras cosas, dijo: “Cordobeses: Os
hablo desde aquí, incorporado a una fuerte columna que en estos momentos sale
de Jaén para marchar sobre Córdoba… Quiero llevar al ánimo… de los ciento
sesenta mil cordobeses que, al dar el triunfo a la República, me sacaron
diputado, que el movimiento subversivo en toda España está completamente
dominado… que he estado en los lugares de combate de Madrid, en el cuartel de
la Montaña, en Toledo y en las cumbres de la Sierra del Guadarrama… La aviación
española, entendedlo bien… sale también para Córdoba. No os queda ninguna
salvación a los militares cordobeses que no sea deponer las armas y entregaros…
Yo os aseguro que si esto no hacéis el bombardeo más terrible que ha sufrido
Plaza alguna lo sufrirá la de Córdoba… ¡Viva la República! ¡Viva el Frente
Popular! ¡Viva la República Democrática!”[9].
Hubo
bombardeos sobre Córdoba en varios días de agosto, pero ninguno tan intenso
como al amanecer del día 17, no porque lo anunciara Antonio Jaén, sino porque los mandos leales así lo tenían
programado. En la Córdoba facciosa se interpretó que las advertencias de Jaén Morente se cumplían. Aquel mismo
día, el ayuntamiento franquista se reunió en sesión extraordinaria y no tuvo
otra ocurrencia que nombrar al diputado “Hijo maldito de Córdoba”, con todo
tipo de insultos y vituperios, los cuales tuvieron como efecto que una turba de
fascistas asaltaran la casa de Jaén
Morente, en la calle Juan de Mena, expoliaran sus gran biblioteca y
enseres, y con ello dieron pábilo a una gran fogata en la plaza de Las
Tendillas.
Según su nieto García-Jaén,
don Antonio se lamentaba a menudo de una supuesta librería en la calle Gondomar
que le incautaron los facciosos, pero más bien podría tratarse de este otro
episodio que citamos. Para Jaén Morente
aquella “maldición” fue otra de las grandes heridas que los golpistas le causaron,
además de quitarle el hogar, el prestigio y la patria. Quince años después, en
1949, otro ayuntamiento franquista, sin embargo, dejó sin efecto el visceral
acuerdo de 1936.
En
aquellas primeras semanas de la guerra, además de sus alocuciones por Radio
Jaén y Radio Linares, también impulsó la creación de unidades de milicianos en
Madrid para que engrosaran el frente Sur. Después intervino en diversos actos
públicos. El 23 de agosto de 1936 encontramos a Jaén Morente en un gran “Mitin Antifascista” en Valencia, donde
compartió tribuna con Antonio Mije,
Dolores Ibárruri y otros.[10]
Allí, nuestro insigne cordobés, ante una multitud, subrayó los avances
agrarios, pero dentro de los cauces democráticos: “Ahora no hay más que un camino. Estructurar la revolución. Aceptar los
hechos consumados… la República tiene que reconocerlo. Tiene que reconocerlo y
tiene que ponerse al frente del movimiento para salvar las esencias
democráticas y abrir más amplios y profundos horizontes”.
A partir
de aquí, las actividades de Jaén Morente
en la guerra nos quedan un tanto eclipsadas en medio de la vorágine. Su
domicilio estaba en Madrid, donde estaba casado con Carmen Domingo, una actriz y cantante de zarzuela muy afamada.
Tenían tres hijas, una de las cuales pereció con motivo de los bombardeos de
Madrid. Sobrevivieron Carmen y Magdalena.
El dato siguiente que poseemos fue que en agosto de 1937, el Gobierno lo nombró
embajador en Manila, a donde llegó en septiembre, un destino demasiado lejano,
a donde le acompañó su hija Magdalena.
En abril de 1938, la Gran Logia de Filipinas tributó
a don Antonio un gran homenaje, del que hay testimonio fotográfico. Cuando
presintió el final de la guerra, llamó a toda su familia, para que se reunieran
con él en Manila. Así lo hicieron. Antes de salir de España, ya por tierras de
Gerona, nació allí la primera nieta, María
Cruz, hija de Carmen y de Tomás García Navarro (de La Rambla,
Córdoba). Otra foto inmortaliza a toda la familia ya reunida en Manila.
El exilio: nuevo esplendor académico y desgarro
personal
Estando en Manila le llega la noticia del
triunfo de Franco y la destrucción de la República democrática. De la noche a
la mañana, el cordobés que tanto amó a Córdoba, se convierte en un apátrida, en
un proscrito, destinado al más horrible de los ostracismos, como Demóstenes bajo las iras de Antípatro, o Cicerón ante los esbirros del emperador Antonio. Como Machado y
tantos miles de españoles desposeídos de su causa y de su patria, Jaén Morente buscó una segunda patria
en la que rehacer su vida. Le llegó una primera invitación para la Universidad
de San Marcos, en Lima. Y enseguida otra invitación de Quito (Ecuador). Le
escribió al historiador José Gabriel
Navarro, al que Jaén había
conocido en Madrid, diciéndole como en medio de un naufragio: “Soy un vencido.
No volveré a España. Me postulo ante el mundo. Estoy buscando un país para el
resto de mis días. ¿No habrá un colegio o una universidad para mí? Entierro
toda política”.
Y Navarro
envió rápida respuesta a Manila y le dijo: “Sí,
Antonio. El ex presidente del Ecuador Isidro Ayora te ofrece la cátedra de
Historia de América en la Universidad Central de Quito”[11]. Y
la familia de españoles recogió sus enseres e inicio una travesía del Océano
Pacífico en barco. Subieron a bordo Jaén
Morente, su esposa Carmen Domingo,
sus hijas Magdalena y Carmen, el
yerno marido de ésta última Tomás García,
también cordobés, y la primera nieta María
Cruz. Más tarde, Magdalena se
casaría con un diplomático norteamericano y vivieron en USA. El largo viaje
hizo escala en Los Ángeles, antes de llegar al puerto de Guayaquil, cerca de
Salinas. Desde aquí, en tren, hasta lo alto de los Ándes, donde se ubica Quito.
Llegaron el 10 de agosto, precisamente el día de la fiesta nacional, y se
toparon con toda suerte de charangas, desfiles y músicas callejeras. Grato
panorama para corazones afligidos.
A partir
de este verano de 1939, cuando en España el dictador derramaba la sangre en los
paredones de todos los cementerios, Jaén
Morente se sobrepone a tamaña tragedia y rehace su hogar, y su vida
académica cobra nuevo esplendor. Gustaba llamarse “peregrino de la cultura”. Pasó
a enseñar en la Universidad Central de Quito, una de las más antiguas de
América. Fue catedrático de Historia de la Filosofía e Historia del Arte. En
otras fuentes se le cita como profesor de Geopolítica e Historia de la
Civilización en la Escuela Superior de Pedagogía y Letras de Quito. Quedó
subyugado por las maravillas del arte colonial de Quito, pinturas, esculturas,
arquitectura (No en vano es hoy una ciudad patrimonio de la Humanidad) y
descubrió lo que se denomina “escuela quiteña” en el arte.
El actual Museo del Convento de San Francisco lo
empezó a organizar él. Y entonces inició también una febril actividad como
conferenciante por muchos países hispanoamericanos: Perú, Bolivia, Chile,
Argentina, Colombia, Centroamérica, México… Ante públicos numerosos dejaba la
impronta de su oratoria apasionada y de su erudición portentosa. Su desgarro
interior lo silenciaba con una actividad febril. Iba a impartir también a la
Universidad de Guayaquil, a la Facultad de Arquitectura, la única en la que se
impartía Historia del Arte. Y también acudía a otras universidades, por
ejemplo, la de Loja. No hablaba tanto del arte de España, sino más bien del
arte de Quito.
En 1946, el
17 de enero, en la Embajada de Ecuador, Jaén
Morente tuvo la gran satisfacción de
recibir un gran homenaje por parte, sobre todo, de intelectuales del exilio
mexicano, con la presencia, además, del torero “Manolete”. Una fotografía
conmemora el evento, y en ella se puede ver, de izquierda a derecha: el poeta Pedro Garfias, Antonio Jaén, Adolfo Sánchez
Vázquez, “Manolete”, Orencio Muñoz, Juan Rejano, Iglesias del Portal, Francisco
Azorín y Fernando Vázquez Ocaña.[12]
En esa velada, según su nieto Manuel,
“Manolete” obsequió a Antonio Jaén
con un capote torero: “Yo lo guardé toda la vida, y al final lo malvendí”. En
la citada o en otra efemérides, Jaén
Morente se operó de la vista en México, con escaso resultado, porque la
ceguera le acechaba al final de sus días. En 1948 sufrió también el contratiempo
de que su esposa Carmen Domingo lo
abandonó, incapaz de soportar más los rigores del destierro. Le fue mal, porque
en Madrid no sonaban ya los aplausos del género lírico que ella soñaba. Acabó
sus días como vendedora de lotería.
De
pronto, un nuevo nombramiento del Gobierno de Ecuador iba a introducir un gran
cambio en la vida de nuestro cordobés eminente. En 1953 fue nombrado Agregado
Cultural del Ecuador “ad honorem” en Centroamérica, con sede en San José de
Costa Rica. Y hacia su nuevo destino marchó solo. En su domicilio de la calle
Veintimilla de Quito dejó un hueco irremplazable. Su nieto Manuel le ayudó a empaquetar numerosas cajas de libros. Y a
poco de llegar a San José conoció a la que fue su segunda esposa, Cristina Goicoechea, una dama de cierto
abolengo (sobrina de un cardenal). Se casaron en 1953.
Al año siguiente, Jaén Morente pudo cumplir el gran sueño de su vida: visitar de
nuevo España y su Córdoba entrañable. Logró gestionar de la dictadura un
permiso temporal, por un mes. Y para España salieron Antonio y Cristina, en 1954. Nada más llegar, tuvieron siempre
detrás una pareja de la Guardia Civil, en vigilancia constante. Jaén Morente pasó en Córdoba la mayor
parte del tiempo, hospedado en casa de algún familiar. Apenas pudo entrevistarse
con nadie destacado. Y la prensa local silenció totalmente su presencia. Eran
las normas de la dictadura. Y regresó a San José, sabiendo que ya jamás
volvería a recorrer las callejuelas de Córdoba.
En mi
entrevista con su nieto Manuel García-Jaén
me interesé por otros aspectos de la mentalidad y conversaciones políticas del
abuelo. Me asegura que hablaba todo el tiempo de lo ocurrido en España.
Insistía en que había habido un golpe de Estado contra un gobierno legalmente
constituido. Estaba dolido de los republicanos “rojos” (la deriva del
republicanismo hacia los partidos obreros). Aclaraba que él era un republicano,
no un “rojo”. Se lamentaba mucho, según se indicó ya, de la falsa acusación de
que él hubiera tenido algo que ver en la quema de conventos de Málaga.
Hablaba mucho de una librería que le incautaron en
Córdoba (pero bien pudiera referirse al expolio e incendio de su biblioteca).
Todas las noches, mi padre y él hablaban de la guerra. Y muchas noches buscaban
una emisora de Moscú (la Pirenaica), y escuchaban con fruición a La Pasionaria. Luego recordaban muchos
nombres, a unos y otros, unos muertos, otros fusilados, otros exiliados. Otra
de sus obsesiones era que él no podía volver, que lo iban a matar. Y solía
hacer encargos de averiguaciones en España, a ver si había algún cargo contra
él. Y recibía muchísimas cartas. Un epistolario desaparecido, del que no
encuentro ninguna pista. Su biblioteca personal fue donada a la Universidad de
San José de Costa Rica.
Por fin
hubo de enfrentarse al declive final. A su diabetes crónica se sumó una ceguera
imparable, que llegó a ser total. Cristina
fue para él más enfermera que esposa. Jaén
Morente le dictaba textos y cartas. Y ella le leía lo que llegaba a casa.
En una ocasión, estando su nieto en España haciendo el doctorado, le escribió
al abuelo, hacia finales de 1963, contándole las maravillas que había visto en
Córdoba. Pero no recibía contestación. En un segundo intento, Cristina le aclaró: “Sí, llegó tu carta, se la leí a tu abuelo,
pero lloró tanto, tanto, que no me atreví a pedirle respuesta”. Una de sus
últimas intervenciones públicas ocurrió en la Universidad de Guayaquil, en
1963, invitado allá por el rector Dr.
Antonio Parra. Subió al estrado muy desmejorado y decaído, pero se rehízo y
halló aún fuerzas dentro de sí. Comenzó con el poema de Machado “A un olmo viejo”, y dejó gran impresión por su sabiduría.
Se acabó
su vida el 8 de junio de 1964. Una modesta esquela se pudo leer en alguna
prensa de Córdoba, y una columnita en la que se anunciaba que el 15 de julio se
le diría una misa en la iglesia de San Pablo. Esos fueron los únicos honores al
que, sólo en América, había sido condecorado con la Orden del Sol Peruana, la
Gran Cruz del Águila Azteca, y la Cruz del Mérito de Ecuador. “Murió solo, pobre, ciego y en una tumba
prestada y anónima”. Hoy reposa en una de las tumbas de la familia Justo Quiroz Goicoechea, tío de su esposa Cristina,
en el Cementerio General de San José (por la puerta cercana a la capilla de las
Ánimas, a 20-30 metros a la izquierda).
En el mausoleo, abajo, en el centro, reposa Justo Quiroz, y en las otras tres paredes, tres tumbas en cada una.
En una reposa Antonio Jaén Morente,
y en otra, Cristina.
No hay lápidas ni nombres. No cabe mayor desaparición
ni mayor desmemoria. Son las leyes del ostracismo de los vencidos. Ya en
nuestra actual democracia, hubo en Córdoba un propósito de recuperar los restos
de este hijo ilustre, pero la familia de su hija Magdalena se opuso. Al menos, un gesto loable ocurrió el 24 de
marzo de 1980, cuando el Ayuntamiento de Córdoba, bajo la presidencia de Julio Anguita, declaró a Jaén Morente “Hijo predilecto” de la
ciudad. Después, en 2003, el Diario CÓRDOBA la 7ª edición de su Historia de Córdoba.
Consideraciones finales
El
desgarro existencial de tantas vidas truncadas por la dictadura franquista se
expresa con profundidad en un breve libro de su nieto Manuel García-Jaén Y los
hijos del exilio, también (Quito, 1992). Muchos lamentos de exiliados hemos
escuchado a lo largo de la historia, desde aquellas Tristes y Pónticas, de Ovidio.
Los españoles expulsados por el franquismo privaron a su patria de su gran
valía, arrastraron de sus vidas rotas, pero se rehicieron y engrandecieron a
los países de acogida, sobre todo México. Y los hemos visto a todos con sus
maletas sin deshacer, con un sentido de vida provisional y la esperanza del
pronto regreso.
La desesperanza los fue venciendo. También aquel
exilio cruel fue un crimen de lesa humanidad cometido por la dictadura.
Nuestros españoles exiliados vivieron con el alma partida. “Somos una especie
de casta rara”, dice García-Jaén,
siempre transeúntes entre el país presente y la España ausente, “dos patrias,
dos banderas, dos nacionalidades, todo dividido... La dualidad permanente de
ser y no ser de aquí o de allá”. Y continúa García-Jaén: “Dentro del
hogar familia prevalecía más bien un ambiente de tensión permanente… Ellos
sufrían y no lo podía disimular… ante los ojos de los pequeños hijos… Don
Antonio, en su dormitorio, mezcla de todo, cama, escritorio, mil libros y
papeles por todos lados, ceniceros siempre insuficientes y un profundo y
constante olor a tabaco negro. Siempre hasta la madrugada escribiendo, leyendo
y meditando, con el anuncio de su profunda tos, y tantas veces con el
sorpresivo monólogo a voz viva… Doña Carmen, la abuela… llorando y quejándose
siempre por saber cuándo podría regresar a España”.
“Casi no pasaba un día siquiera sin que
escucháramos algo, bueno o malo, feliz o triste, pero que se refería en todo
caso a España… siempre que podían nos hablaban con emoción y altivez de su
nacionalidad, de su estirpe, de su pasado, de la familia que atrás quedó”.
Y se afanaban por no olvidar, por ejemplo, su lejana gastronomía: la paella, el
cocido madrileño, “Pero no era sólo comer
al estilo español. Más importante era el inducirnos por todo medio el amor a
esa España de la que oíamos tanto hablar… Están en mis recuerdos imborrables
las innumerables noches, con esa chimenea prendida… Evocaban (mi abuelo y mi
padre) sucesos, lugares y personas con pasión no contenida, y lo que era peor,
elucubraban con su imaginación sobre el destino que habrían corrido todos ellos”.
Cuando llegó la noticia de la muerte de la abuela Carmen en Madrid, “Don Antonio subía y bajaba las escaleras de la casa gritando,
llorando, maldiciendo la guerra y sus circunstancias. Mi madre llorando en su
dormitorio… Mi padre, dolido y lloroso, intentando poner calma”. A pesar de
tanto desarraigo existencial, el alma de nuestro ilustre Jaén Morente consiguió huir hacia adelante, refugiándose en su
profesión, en el estudio del arte y en multitud de actividades académicas, como
arriba se ha relatado. Pero “Su
españolismo siempre estaba pronto y a flor de piel, y su cordobesismo
constituía bandera de orgullos y de ilusiones”.
Nadie ha
amado jamás a España como la amaron los exiliados de 1939. La añoraron, la
lloraron y la veneraron. Y entre ellos, los exiliados de Córdoba. Un día de
1949, Antonio Jaén tuvo el
atrevimiento de escribir al entonces Alcalde de Córdoba, sin saber quién era.
En esa carta, con la que despedimos al gran catedrático cordobés y a su actual
nieto Manuel García-Jaén (que tan
amablemente nos ha recibido en su casa de Quito), en esta carta, digo, se
refleja ese desorbitado amor de un desterrado a su tierra cordobesa, frases con
las que pretendemos coronar su historia, reparar sus sufrimientos y recuperar
su memoria: “Son 18 Universidades donde
he orado –más que disertado- en nombre de Córdoba y de España. El Gobierno del
Ecuador permitió y dio auxilio a estas mis apetencias espirituales, para
enriquecer el alma, a falta de otra riqueza. Sonó Córdoba en un amplio ámbito
geográfico, y su nombre, de almunia literaria, trazó un vuelo en el Hortus
universitario americano, desde Santiago de Chile a La Habana, por toda
Centroamérica…”. Que no se apague la luz de su sabiduría, Antonio Jaén Morente, gloria de
Córdoba.
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[1] Manuel García-Jaén, Y los hijos del exilio, también -50 años después-, Quito, 1992.
[2] Francisco Moreno Gómez y Juan Ortiz Villalba, La Masonería en Córdoba, Albolafia,
1985, p. 374.
[3] Revista Andalucía,
Córdoba, 16 de febrero de 1918. Y Francisco Moreno Gómez, Latifundio y movimiento obrero en Córdoba (1850-1930), pp. 54-56,
inédito.
[4] Francisco
Moreno Gómez, La República y la guerra civil
en Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 1982, pp. 29-30, y siguientes.
[5] Entrevista realizada a don Manuel García-Jaén, en
Quito, Ecuador, el 15-10-2011.
[6] Francisco Moreno Gómez, La República…, ob. Cit., pp. 79-80.
[7] Francisco Moreno Gómez, La República… ob. Cit., p. 326 y ss.
[8] Francisco Moreno Gómez, La guerra civil en Córdoba (1936-1939), Alpuerto, Madrid, 1985, p.
247 y ss.
[9] F. Moreno Gómez, ob. Cit., pp. 247-249, citando La Mañana, de Jaén, 29-7-1936.
[10] Ibidem, p. 535, citando a ABC de Madrid, 25-8-36, y Mundo
Obrero, 24-8-36.
[11] Jorge Ribadeneyra, “El hijo del exilio”, en El Comercio, Quito, 21-6-2009, y por el
mismo autor, “Quito en anécdotas. Hijos y nietos del exilio. Jaén Morente: una
familia española trasplantada a Quito”, en Últimas
Noticias, Quito, junio de 2009.
[12] Pedro Garfias, Poesía
completa, Ayuntamiento de Córdoba, 1989, p. 84, edición de Francisco Moreno
Gómez.


