8/4/26

LA DIFÍCIL ESCAPADA A FRANCIA DE UN MAQUIS DE ADAMUZ EN 1955

 

LA  DIFÍCIL ESCAPADA A FRANCIA DE LA GUERRILLA DE FRANCISCO BLANCAS “VENENO”, de ADAMUZ, en 1955.

“Veneno” hizo la guerrilla en Ciudad Real. Casi el último maquis de España. Y fue de los pocos que consiguieron salir a Francia.

 

                                                      Por Francisco Moreno Gómez


                                                Publicado en Cordópolis, 4 abril 2026


Hasta la tardía fecha de 1955, la guerrilla de Francisco Blancas “Veneno” no pudo escapar a Francia. Fueron los últimos cuatro guerrilleros del Sur de España. Salieron de Los Yébenes (Toledo) a mediados de mayo de 1955, y entraron en Francia, tras más de 40 días y 40 noches de penalidades, a primeros de julio de ese año. La vida de “Veneno” comenzó en Adamuz (Córdoba), en una familia humilde de seis hermanos.

Francisco Blancas Pino "Veneno", guerrillero de Adamuz, logró salir a Francia en 1955.


En 1930, su padre los llevó al río Guadalquivir, por la zona de Villafranca, con unos cestos y un burro a coger caracoles, para llevarlos a vender a la Feria de Córdoba. Alguien abrió la compuerta del Pantano de Pedro Abad, y la riada se llevó al padre y al burro, a la vista de los niños, que lloraban desesperados. Quedaron huérfanos de corta edad, y la madre, Dolores Pino, los tuvo que “echar con amo”, en diversas fincas guardando ganado sólo por la comida. Así era la vida de los de abajo, y para colmo les cayó encima el golpe militar, la guerra y todo lo demás (Fuente: testimonios orales, correspondencia, entrevistas y las propias Memorias de Francisco “Veneno”, guardadas en mi archivo desde 2002). Un fragmento de las Memorias comienza en 1954, cuando tenían su escondite en Cañamero (Cáceres), en casa del enlace Hernán Montes (pág. 9):

 

“… Alrededor de un año antes de emprender el camino de Francia, yo sentía que comenzaba a haber un poco de cansancio de esta vida de guerrillero, y una vez que otra veía que uno u otro decía: “La gente nos ayuda cada vez menos, y para qué tanto sacrificio, si un día u otro caeremos”. Nos encontrábamos un poco abandonados. Jamás hablábamos a fondo entre nosotros de todo esto; solamente que yo oía las palabras y frases, y las guardaba para mí. Un día, en casa de Hernán Montes, un enlace de Cañamero, era por la noche y, no sé si fue a causa de un vaso de vino, oí unas ideas que  poco a poco venían formándose, y después de una breve discusión entre “Eléctrico Hijo” y “Peñas Negras”, yo me metí por medio para calmar, pero todo fue un poco tarde, porque “Eléctrico Hijo”  dijo que la guerrilla se iba a deshacer, y yo le digo: “Si la guerrilla se deshace es a tiros”. Y me dio su pistola: “Ten. Tira”. Yo no quise coger la pistola y le dije que yo no tiraría. Y entonces “Peñas Negras” coge la pistola, le dispara al “Eléctrico” y le atraviesa el hombro al lado de la clavícula. Aquello pasó y todo se calmó.

        “Se pasa el tiempo y decidimos ir a ver los Montes de Toledo, para buscar nuevos puntos de apoyo, o sea enlaces, y aquí ocurrió una traición más: la de “Peñas Negras”, y todos los enlaces que teníamos ya no podíamos servirnos de ellos, y no nos quedaba nada como punto de apoyo. 

La traición de “Peñas Negras” (Esteban Navas Ruiz, de Piedrabuena), que se entregó a la Guardia Civil el 16-7-1954, en Segura de Toro (Cáceres), con lo que la guerrilla quedó reducida a cuatro componentes: Francisco Blancas Pino “Veneno” (de Adamuz), Bonifacio García Sánchez “Eléctrico Hijo” (Almodóvar del Campo), Lorenzo Toribio Sánchez “Parachuta” (de Piornal) y Aurelio Rodríguez Juárez “Viriato” / “Goyorías” (de Alía). Con aquel percance, aquella guerrilla perdió su gran punto de apoyo en Cañamero (Cáceres).

        “Los hechos no sucedieron como cuenta “Peñas Negras”. Fue que, como el día estaba con sol y él estaba un poco cansado, y no estábamos muy lejos de un pueblo (menciona Navalucillos de Toledo, tal vez por error), le cogimos las cosas de peso y le dijimos que subiera poco a poco, después de descansar. Dos o tres horas después, como no venía, “Parachuta” y yo fuimos a buscarlo, a ver qué pasaba, cuando vemos a lo lejos, en el pequeño pueblo, un movimiento extraño de gente a caballo, en varias direcciones. Y enseguida comprendimos lo que pasaba: la traición de “Peñas Negras”.

        “Nuestra única solución era marcharnos de allí y alejarnos lo más posible. Pese a nuestro cansancio, que estuvimos toda la noche andando, teníamos que poner tierra de por medio y alejarnos de allí lo más posible, hasta que encontramos un terreno favorable para ocultarnos.  

        “Tres días después fuimos a la vivienda de un cabrero, en busca de algunas noticias, y nos confirmó lo que nosotros no dudábamos: que un guerrillero se había entregado a la Guardia Civil.

        “Pasaron dos o tres semanas, hablamos de todo y, aunque teníamos dinero en el bolsillo, no teníamos nada que comer y pensando el sitio dónde podíamos ir para coger el máximo de víveres y descansar un poco tiempo. Entramos en una casa que se veía no era de pobres obreros, y empezamos a recoger algunos alimentos, y “Viriato Goyorías” tiene la idea de mirar debajo de una cama, y ¿qué encuentra? Una caja fuerte. Pedimos la llave y nadie sabía dónde estaba. Con una espiocha la abrimos y encontramos treinta o cuarenta mil pesetas. Y con aquello y los víveres nos fuimos a reposar unos días y a pensar tranquilos en nuestra situación, que no era muy boyante, pero tampoco catastrófica del todo, ya que la salud de todos nosotros era buena.

        “Nos instalamos entre Ventas con Peña Aguilera y Los Yébenes. Un día, cuando nos levantamos, de lo primero que hablamos fue lo que había dicho Toribio “Parachuta”, que como teníamos ningún punto de apoyo y todo se hallaba en manos de la Guardia Civil, era que cada uno tomara su propia decisión o todos la misma, en común acuerdo, y fue, con el acuerdo de todos unidos, emprender el camino de Francia. Y con el mismo coraje defendernos entre nosotros contra todos los obstáculos que nos encontraríamos en nuestra gran marcha”. 

Comenzó la “gran evasión” en mayo de 1955 para cruzar, de noche, media España, camino de Los Pirineos. Francisco “Veneno” llevaba en la sierra una docena de años, desde el 18 de octubre de 1944, en que se escapó, con otros dos, de la Colonia Militarizada de Talavera de la Reina, donde los prisioneros de Franco construían el canal del Alberche. Aterrizaron en la guerrilla de Cáceres. Un año después, “Veneno” se ubicó en la guerrilla de Ciudad Real, con cuatro compañeros más. 


Francisco Blancas "Veneno" junto con el autor, en El Viso de Los Pedroches, con motivo del homenaje al "Comandante Ríos", el 1 diciembre 2001.

        “Era a mediados del mes de mayo de 1955. Todo lo teníamos preparado ya. En cuanto a la comida, dejamos para la marcha cosas que no pesaran y pudieran conservarse por lo menos tres o cuatro días. Caminaríamos siempre de noche, ya que conocíamos bien el movimiento  de las estrellas, sobre todo la estrella del Norte, que siempre íbamos dejándola un poco a nuestra izquierda.

        “Salimos de las cercanías de Los Yébenes, provincia de Toledo, y llegaríamos a Francia por los Pirineos, por el Monte Perdido y cerca de Panticosa.

        “Nuestro recorrido se pasó en general bien, no sé si debido a las grandes precauciones que tomamos, o si fue la elección de un buen camino, o bien que la suerte nos acompañó en todo el camino.

        “Como llevábamos víveres para unos cuantos días, pudimos llegar a las cercanías de Guadalajara. En un pequeño pueblo compramos algunos comestibles, muy poco, porque las tiendas, como era ya un poco tarde, estaban cerradas, y una pequeña tienda que estaba cerrando nos vendió un pan que le quedaba, un pedazo de tocino y dos o tres botes de leche condensada. No era mucho, pero era mejor que nada. Lo primero que hacíamos, cuando podíamos comprar algo de comer, era ver para cuántos días podíamos tener, porque cuando entrábamos en un pueblo, en tres o cuatro no podíamos dejarnos ver, por la precaución de si nos había visto alguna persona por tener sospecha de nosotros.

        “Unos días después, toda la noche andando, y el día nos sorprendió en una zona que no tenía nada para escondernos, ni monte ni campo de trigo, que era un buen escondite para nosotros, aunque tuviéramos que estar sentados todo el día, o echados a tierra, si el trigo no era  muy alto. Subimos un terreno empinado y dimos vista a dimos vista a un pueblecillo, Hortezuela (cerca del río Duero). ¿Entramos? ¿No entramos? ¡Pues allá vamos!

        “Escalofríos me dan hoy cada vez que me acuerdo de ese pueblo, que es Hortezuela, provincia de Soria, donde nos metimos, como se dice, en la boca del lobo. En las primeras casas del pueblo vemos a una mujer, y en la puerta ponía “Posada”. Y la mujer nos pregunta: “¿Qué buscan los forasteros?” Le respondimos: “Trabajo”. “Pues aquí no encontrarán”, nos dijo. Preguntamos si tenía algo de comer, y nos respondió: “Pues estoy esperando a mi marido, que venga con los encargos”. “Bueno, pues nos vamos”, le dijimos. Seguimos andando calle adelante, torcemos a la derecha, y lo primero que vemos son tres guardias civiles a cuarenta metros de nosotros, que discutían tranquilamente en medio de la calle, por lo que dimos media vuelta sin cambiar ritmo de marcha.

“Nos encontramos otra vez delante de la Posada, y la mujer en la puerta: “¿Qué? ¿Han cambiado de parecer? Pues esperamos a mi marido”. Y nosotros, sin dejar de mirar para la esquina y por todos los sitios, aceptamos la invitación: dos dentro de la casa, sobre la puerta, y dos fuera mirando por todos lados, y la mujer insistiendo: “Entren y siéntense. Mi marido no tardará mucho”. Y todos entramos y nos sentamos, sin quitar los ojos de los movimientos de la mujer.

“Su marido llegó por fin, y comenzamos a hablar. Le dijimos que éramos arreadores de ganado, lo habíamos dejado en su destino, y ya que estábamos aquí queríamos aprovechar a ver si encontrábamos algo de trabajo. Nos hizo unos huevos fritos con tocino que, antes de que cayeran en el plato, ya nos los habíamos comido, no tanto por el hambre que teníamos, sino porque queríamos marcharnos de allí cuanto antes, sin dejar de vigilar  puertas y ventanas, y los movimientos del hombre y de la mujer. “Bueno, muchas gracias por todo, y nos vamos, a ver si podemos llegar esta noche hasta El Burgo de Osma”, les dijimos finalmente.

“Salimos por el mismo camino por el que entramos, ya que conocíamos el terreno, mirando por todos lados, a fin de alejarnos lo más lejos y pronto posible. A unos dos o tres kilómetros nos encontramos en un pequeño río (¿El Duero?), que nos facilitó algo de abrigo ante todo lo que nos rodeaba. Al otro día esperamos a que llegara la noche, para entrar en un pueblecito, pero en él no había comercios, y nos acercamos a otro, unos tres kilómetros más lejos, pero ya estaba todo cerrado, salvo la panadería y pudimos comprar un pan.


El guerrillero "Veneno" rodeado de su hija y esposa. Más a la derecha, su hermana y el autor, en Valencia, en mayo de 2002.

“Comenzamos a hacer las marchas más cortas, ya que los cuerpos no respondían a causa de la alimentación, y también por la falta de agua para beber, en pleno verano, y sólo teníamos un litro de agua por día, ya que no podíamos cargar tanto como necesitábamos. Vimos los indicadores de la carretera de Soria. Nos acercamos lo más posible, y al anochecer pudimos entrar a comprar todo lo que pudiéramos, pero no entramos los cuatro, sino sólo dos (“Eléctrico” y yo). Y los otros dos, “Viriato” y “Parachuta” nos esperaban en las primeras casas. Compramos de todo lo necesario, un poco en una tienda y otro poco, en otras. Todo ya sin sospecha, porque había gente por todos sitios, y nadie miraba a nadie. Así, dispusimos de víveres para pasar unos días sin tener que descubrirnos, a marchas más pequeñas, para coger un poco de la fuerza que habíamos perdido.

“A falta de un mapa para tomar la buena dirección, compramos uno de Los Pirineos. Tres días después de pasar Soria, pasamos un día de mucho calor, y nos escondimos en un campo de trigo, y lo primero que teníamos que hacer, antes de emprender la marcha, era buscar agua. Encontramos una casa que tenía un pozo. Tan contentos, comenzamos a sacar agua. “Parachuta” se pone detrás de la casa para vigilar. El pozo estaba a unos veinte metros de la casa, el ruido del cubo y de la carrucha llamó la atención de la gente de la casa. Mientras que “Parachuta” vigila, se encuentra frente a un guardia civil, cara a cara, y comienza a gritar: “¡La Guardia Civil, la Guardia Civil!” Dejamos el cubo y echamos a correr por un pequeño desnivel. La Guardia Civil empezó el tiroteo, pero nosotros estábamos protegidos por el terreno. Pensamos que el guardia civil sorprendido de ver a “Parachuta”, se asustó, y comenzó a llamar a sus compañeros, momento que nosotros aprovechamos para protegernos. Eran ya las diez de la noche. Y nos habíamos proveído de agua suficiente para calmar la sed. El hambre, yo sé que es muy mala, porque he pasado por ella, pero la sed también la conozco, y prefiero cuatro días sin comer a cuatro días sin beber.

        “Llegamos ya a la provincia de Zaragoza, nos instalamos en un pequeño monte y, sin darnos cuenta, estábamos a 400 metros de un pequeño, que sólo vimos al llegar el día. Un grupo de cuatro casas, nada de sospecha. Al fin de la tarde decidimos bajar. Un grupo de cuatro o .cinco hombres estaban sentados en la puerta de un café. Nos preguntan: “¿Qué buscan los forasteros?” “Trabajo”, dijimos. “Pues aquí no hay”. Y nos invitan a beber un vaso de vino. Comenzamos a hablar de trabajo, y nos señalan a otro matrimonio al lado, el cual sólo vivía de coger caracoles. Estuvimos hablando de todo y riendo, como hacía tiempo.

        “La noche se acercaba y nos queríamos ir. Teníamos mucho camino que hacer, porque el próximo pueblo estaba muy lejos. En este momento entra otro hombre, y le preguntan si nos puede dar de dormir en un pajar. Vamos con él, nos enseña el pajar y sólo nos advierte que tengamos cuidado con los cigarrillos. Nos despedimos y nos dice que se tiene que marcha porque “entra de servicio”. Soltamos los sacos que llevábamos, cuando lo vemos ponerse el uniforme de guardia municipal, por lo que en la noche redoblamos la vigilancia. Llegó la mañana siguiente, llegó el dueño, comimos juntos, y nos invita a que le acompañáramos al huerto a coger cerezas. En esto, estamos sentados en el bar, se me cae la pistola al suelo, pero no la ven y digo que se me caído el mechero.

        “Así, con tanto sobresalto, fuimos a por las cerezas y luego emprendimos nuestro camino. Las cosas iban discurriendo bien, que parecía imposible. Más adelante dejamos la carretera y caminamos campo a través. Por un camino encontramos a un hombre con cuatro mulas. Las llevaba al mercado. Aprovechamos para hacer un poco camino con él, y al atardecer, salimos cada uno por nuestro lado. Nos acercamos al pueblo, a sentarnos a la puerta de un bar y tomar un vaso. Y pasó el hombre de las mulas, que nos saludó, y nosotros tan contentos, al poder hablar con alguien, y así no levantar sospecha. Era un pueblo mediano, y aprovechamos para hacer acopio de todo, pero de poco peso.

        “Ya habíamos dejado atrás Huesca. A partir de aquí, decidimos no acercarnos más a ningún pueblo, racionar los alimentos, hasta llegar a Francia, ya que habíamos hecho una buena provisión de víveres. De aquí en adelante todas las precauciones serían necesarias y no reparar en ningún sacrificio más, si nos faltaba algo, de comer o de beber.

        “Nuestro punto estaba fijado, para no equivocarnos, en el punto más alto de la montaña que, según nuestro mapa, era la frontera. Las marchas no eran muy grandes. Caminamos siempre de noche. Después de algunos días nos encontrábamos al pie de la montaña. Finalmente, llegamos al punto que nos habíamos fijado. Comenzamos a subir la montaña a media tarde, ya que estábamos protegidos por la vegetación.

        “Cuando comenzó el día (Hacia el 6-7-1955), nos encontrábamos en lo más alto de la montaña, al lado de una pirámide hierro que marcaba la frontera. Veíamos también el alumbrado de los pueblos que se perdían en la lejanía, pues aquella noche era de luna llena, que se veía como en pleno día. Bien entrado el día, empezamos a bajar la montaña, y ya eran las nueve o diez de la mañana. Nos paramos a comer lo poco que nos quedaba, y con todo el dolor de nuestro corazón, y un poco con las lágrimas en los ojos, escondimos las pistolas en un montón de piedras que había al borde del camino. Nuestra lucha de más de veinte años había terminado”. 


El autor junto con el guerrillero "Eléctrico Hijo" durante una entrevista en Almodóvar del Campo, el 7 agosto 2002.

La entrada en Francia. Eran los primeros días de julio de 1955. Una vez que los ex guerrilleros se entregaron a la Gendarmería francesa, todavía sufrieron el peligro de ser devueltos a España, cosa que los franceses hicieron en bastantes ocasiones. El primer dilema que debían superar era el siguiente: o ingresaban en la Legión Extranjera o serían devueltos a España. “Veneno” rechazó ir a la Legión, y quedó retenido. Los otros tres aceptaron y los condujeron a Marsella, para embarcar a Argelia. En el último momento, “Eléctrico” y “Viriato” se arrepintieron y no embarcaron. El único que embarcó fue “Parachuta” y ahí se perdió su pista para siempre. A los otros dos los llevaron a Pau. Allí consiguieron la carta de refugiado político, y se establecieron, “Viriato” en Dijon, y “Eléctrico” en Toulouse. Con la democracia, “Viriato” volvió a España, a Valencia, y “Eléctrico” a su pueblo, Almodóvar del Campo (donde lo entrevisté el 7-8-2002). El mayor problema lo sufrió “Veneno”. Lo llevaron hasta la policía de frontera en Hendaya para devolverlo a España, le hicieron pasar varios días de interrogatorios, con la idea, tal vez, de asegurarse de si era una persona común o un miembro de la guerrilla. Parece que se confirmó esto último, por mediación de un capitán de buenos principios, y “Veneno”, después de más de un mes, pudo conseguir la carta de refugiado político. Y comenzó a ganarse la vida, primero en trabajos agrícolas año y medio, con un patrono despótico, hasta que consiguió empleo en el Ayuntamiento de Nancy, en el Servicio de Limpieza, durante 35 años, hasta su jubilación. Llegada la democracia, descubrí su paradero en Francia y mantuve extensa correspondencia con él. Lo conocí presencialmente el 1-12-2001 en El Viso, cuando el homenaje al “Comandante Ríos”. En mayo de 2002 vino a Valencia, a casa de su hermana, y allá que me planté en tren. Lo entrevisté durante tres días, y me alojó en su casa. Finalmente, lo hice protagonista de mi libro Historia y memoria del maquis, Madrid, 2006). Llegué a tiempo: el libro fue la última gran alegría de su vida. Su esforzada existencia, de esperanzas, tesón y peligros, terminó en enero de 2011.

 

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25/3/26

EL BATALLÓN "POZOBLANCO". NUEVAS NOTAS.

 

HISTORIA Y MEMORIA DEL BATALLÓN “POZOBLANCO”.

DESDE LOS PEDROCHES A LA DEFENSA DE TERUEL, EN ENERO DE 1938.

 

Los campesinos cordobeses ante “el General Invierno” de Teruel

 

                                              Por Francisco Moreno Gómez

 

No habían nacido para esto. Pero el golpe militar de 1936 los obligó a cambiar sus arados por fusiles. Momentos traumáticos de la historia, cuando las cañas se tornan en lanzas. No sé si alguien les habrá agradecido el destrozo de sus vidas, en pro de la democracia republicana. Ya es tarde para todo. El olvido nos ha arrasado. Tempus omnia delet.

       En mi actual fase de revisión de mis archivos, carpetas y legajos, encuentro cosas que antes no publiqué o no les di la importancia debida. Por ejemplo, una carta de Pedro Prieto Asensio, escrita desde Sevilla, nada menos que el 4 de febrero de 1988, sobre el Batallón “Pozoblanco”, que ahora me impacta sobremanera. Me dice:

“… Yo fui comisario del batallón Pozoblanco (294 de la 74 Brigada Mixta) desde que Paco Dios fue comandante de dicha unidad a principios del año 1938, fecha en que la Brigada fue trasladada al Ejército de Levante, para participar en la defensa de Teruel.”

El Batallón “Pozoblanco” se creó en noviembre de 1936, en torno a la misma localidad y con nuevos efectivos voluntarios de la comarca de Los Pedroches. Cuando se reclutó la  5ª Compañía del Batallón “Pedroches”, se decidió que ésta pasara a ser la 1ª del “Pozoblanco”. La asamblea constitutiva  se celebró en la parroquia de Santa Catalina, siendo su organizador y uno de sus  mandos Ildefonso Castro Ruiz (que había sido oficial de complemento antes de la guerra). Los primeros capitanes de las cuatro compañías fueron: Miguel Encinas Amor (la 1ª), Jerónimo Carrillo (2ª), Elías de la Cruz Gutiérrez (3ª) y Rafael Garrido Olmo (4ª). Éste cayó en la batalla de Pozoblanco, en La Chimorra (6-4-1937, Peña Águila).


 

 

 El capitán Rafael Garrido Olmo, de la 4ª Compañía del Batallón “Pozoblanco” y de la 74 Brigada Mixta.

 

La 4ª Compañía citada se formó con milicianos de Dos Torres, en vísperas de la navidad de 1936, siendo de este pueblo varios de sus mandos: tenientes Ventura Castro (comunista), Antonio Bejarano (socialista),  etc. Esta Compañía recibió el armamento y tuvo su cuartel general en Villanueva de Córdoba, en el Grupo Escolar El Regajito. Tomaron posiciones por primera vez en Marmolejo (Jaén), en los primeros días de 1937. A primeros de febrero lanzaron un ataque a Montoro, por el barrio de Retamar, que ocuparon, pero a la hora de cruzar el puente falló el factor sorpresa y hubieron de retirarse. En marzo, pasaron a la batalla de Pozoblanco.

Volvemos a la carta de Pedro Prieto Asensio: “En la defensa (de Pozoblanco) primero, y en la contraofensiva después, yo luché como  cabo en la 3ª Compañía, mandada por el capitán Elías de la Cruz, que en la conquista de la sierra donde está el vértice ‘Chimorra’ fue herido, si mal no recuerdo, en un ojo. Y allí fue donde murió mi paisano y amigo capitán Mora (José Mora Sánchez, de Peñarroya, 17-4-1937).

Antes de esta batalla se habían formado las Brigadas Mixtas, es decir, la militarización  de las Milicias y la creación del Ejército de la República. En la 74 Brigada Mixta, con la numeración de batallones del 293 al 296, se encuadró el Batallón “Pozoblanco” (293), el Batallón “Villafranca” (294) y dos más. Entre sus mandos figuraban Ildefonso Castro, Francisco del Castillo, Paco Dios… y los comisarios Juan Pérez Creus (maestro de La Carolina, en el Bon. “Pozoblanco”. Sobrevivió en la posguerra, como un ilustrado de las tertulias madrileñas y autor de libros. Se suicidó en Madrid a los 90 años, 1999), y el poeta Pedro Garfias (En el “Villafranca”). Pertenecieron a la 19 División (Sector de Córdoba, con D. Joaquín Pérez Salas) y al VIII Cuerpo de Ejército.


 

 El capitán Francisco Dios Muñoz “Capitán Paco”, del Batallón “Villafranca”, luego en la 74 BM. Fusilado luego en Córdoba el 22-6-1940.

 

Tras las penalidades del frente de Córdoba, estas tropas cordobesas habrían de sufrir lo peor, en 1938, en el frente de Teruel y en el Maestrazgo, formando parte de la División de Maniobras, que mandó en el segundo frente citado el teniente coronel interbrigadista italiano Aldo Morandi.

La 74 BM fue la primera que salió para aquella Siberia de Teruel, en enero de 1938, contraatacada furiosamente por las tropas franquistas. Contra ellas y contra el “General Invierno”, a 20 grados bajo cero, hicieron lo que pudieron nuestros paisanos cordobeses. A mediados de marzo de 1938 se desplegó en El Maestrazgo la llamada División de Maniobras, esta vez incluida la 73 BM, entre otras, al mando de Aldo Morandi.

Fue un mes de desesperada retirada y muertes masivas, que no pudo evitar el corte de Vinaroz, consumado el 14-4-1938 por los franquistas. Las tropas cordobeses quedaron divididas, unas pudieron pasar al Norte del Ebro por el puente de Tortosa; otras (parte de la 73 y de la 74, etc.) no lo consiguieron y se retiraron hacia el Sur, hacia Castellón y Valencia, pero sufriendo altísimo número de prisioneros (a los que hicieron desfilar, andrajosos, por las calles de Zaragoza –entre ellos iba mi padre-), con destino luego a los campos de concentración de Miranda de Ebro (donde se fusilaba a mansalva) y al penal de Santoña.


Ildefonso Castro Ruiz, mandó el Batallón "Pozoblanco" en algunas etapas, y después, la 74 Brigada Mixta.


 Todavía les quedaba otra prueba a nuestros paisanos soldados cordobeses, en la última batalla de la República (con la que se pretendía salvar Cataluña), la gran ofensiva (100.000 efectivos) de Córdoba-Extremadura, que se lanzó el  5 de enero de 1939, por las cenagosas dehesas de Valsequillo, La Granjuela y Los Blázquez, consiguiendo arrasar el frente franquista, hasta reconquistar Fuenteobejuna. Se derrochó valor y vidas en esta última desesperada demostración antifascista.

Las tropas autóctonas iban en la “Columna F” (Bartolomé Fernández). El corredor de avance fue muy estrecho, por lo cual los franquistas atacaron por los flancos. La retirada de los republicanos, entre la lluvia de enero y el barro, resultó catastrófica. A finales de enero, toda la lucha republicana había terminado. La 74 BM se retiró a “recomponerse y descansar” a Almadén y Puertollano. Allí los pillaron los franquistas victoriosos. Dice nuestro testigo:

“Igual ocurre al hablar de la ofensiva de Extremadura, siendo que este Batallón fue uno de los de la vanguardia que conquistó el cerro Noria, por donde se rompió el frente para profundizar.

“De algunos de los que se menciona en su libro tendríamos que hablar mucho. Eduardo Blanco, Castro Ruiz, el capitán de la Guardia Civil Amador Martín, del teniente García del Amo que, después de entregarse con los 105 guardias civiles a su mando, fue condenado a la pena de muerte, con el que compartí de cierta manera un tiempo de prisión, del guardia civil Gabriel Robles, que se fugó de un campo de trabajo, con el que también estuve, y con Miguel Dios, que también estaba en el mismo campo de trabajo.

“Al mismo tiempo que le felicito por el gran trabajo realizado… le ruego que, si tiene oportunidad de tomar contacto con Juan Pérez Creus, que vive en Madrid, y con José Laín Entralgo, que no sé si vivirá, le quedaría muy agradecido…”.

Aquel seísmo de la historia trastornada de España dividió, dispersó, desterró, descolocó y deshizo hogares, personas, vidas y haciendas, cuyas consecuencias todavía hoy se perciben, todo con cargo a los Torquemadas y a la Inquisición sempiterna de este país. 

 

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9/3/26

UN GRAN INTELECTUAL REPUBLICANO DE CÓRDOBA: ANTONIO JAÉN MORENTE. VIDA, LUCHAS Y EXILIO

 

TRAS LA HUELLA DE LOS EXILIADOS:

EL CORDOBÉS ANTONIO JAÉN MORENTE.

 

A raíz de mi visita a Quito y a su nieto Manuel García-Jaén, en octubre de 2011.

 

                                           Por Francisco Moreno Gómez

 

      En mi reciente encuentro con descendientes de exiliados españoles en Quito (Ecuador), he tenido la fortuna de encontrarme con D. Manuel García-Jaén, nieto de nuestro eminente cordobés Antonio Jaén Morente, al que el golpe militar y la dictadura arrojaron fuera de su Córdoba lejana. Mi anfitrión ha sido García-Jaén, un ilustrado quiteño, y a la vez español de corazón. Su libro Y los hijos del exilio, también[1] revela la catástrofe humana y cultural que ha supuesto la expulsión de España de medio millón de españoles no afectos al franquismo. Nieto del que fue diputado cordobés Jaén Morente, García-Jaén ha sido un nieto digno de tal abuelo. Nacido ya en Quito, es doctor en Derecho, representante empresarial de Ecuador en la OIT, en Ginebra; representante del Centro de Desarrollo del Ecuador en Europa; director de la Asociación de Instituciones Financieras del Ecuador; miembro del Estudio Jurídico “Quevedo y Ponce”; gerente de la Corporación de Estudios y Publicaciones, y entre otros cargos y distinciones, muy vinculado a la empresa Artes Gráficas, que fundara su padre, Tomás García, de La Rambla (Córdoba). Gracias a la colaboración de Manuel García-Jaén y de otras fuentes hemos podido hilvanar la repleta e intensa trayectoria del diputado cordobés exiliado.

 

Los orígenes y el brillante perfil académico

 

      Aproximarse a Jaén Morente es todo un derroche de sorpresas y admiraciones. Nació en Córdoba, el 3-2-1879, hijo de Tomás y de María. Vivió largamente en la calle Judíos, cerca de la Puerta de Almodóvar, donde la Democracia le ha puesto esta inscripción: “En esta casa vivió don Antonio Jaén Morente, gloria de Córdoba”. Su cualificación académica fue realmente precoz. Con poco más de veinte años, en 1902, ya fue maestro nacional por oposición en Sevilla. En 1904, profesor de Derecho en la Escuela Normal de Segovia. En 1910, catedrático de Geografía e Historia por oposición en Cuenca. En 1912, catedrático de Geografía e Historia por nueva oposición en el Instituto de Segovia. A la Universidad de Sevilla pasó en 1917 como catedrático de Historia de España, por oposición. En 1919 pasó al Instituto de Córdoba, como catedrático de Geografía e Historia. En 1921 pasó con este mismo cargo a un Instituto de Sevilla.



Don Antonio Jaén Morente, en 1936.



En 1930, en vísperas de la República, consta de nuevo en el Instituto de Córdoba, del que es nombrado director al año siguiente. Su cualificación intelectual, sin duda ensombrecida por su actividad política republicana, fue asombrosa: maestro superior de Primaria, Doctor en Historia, Licenciado en Derecho, miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Córdoba, y vicepresidente en dos ocasiones del Ateneo de Córdoba. Presidente de la Comisión de Monumentos de Córdoba, y del Patronato del Museo de Córdoba. Además, en 1929 fue encargado de la Propaganda Cultural de la Exposición de Sevilla, en varias ciudades españolas, impartiendo sobre las relaciones de Sevilla con América.

En diciembre de 1931 fue nombrado presidente del Centro Filarmónico. El mismo año impulsó la inauguración del Museo de Julio Romero de Torres, con la presencia del presidente Alcalá Zamora, Indalecio Prieto y Marcelino Domingo. Poseía una plurititulación: Maestro Superior de Primaria, Doctor en Historia (con una tesis sobre el monasterio de los Jerónimos) y Licenciado en Derecho, además de miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real de Córdoba. Era la personificación de aquel alto nivel académico, cultural y político de muchos hombres de la II República. Y como muchas de aquellas personalidades liberales, progresistas, librepensadores y europeístas, también perteneció a la masonería, concretamente a la Logia España, de Sevilla[2].




Reverso de la foto anterior, de agosto de 1936.




      Un repaso sucinto a sus estudios y publicaciones resulta, sencillamente, admirativo. Publicó, por este orden: una Historia de Córdoba, Geografía de España, Geografía de América, Historia Universal, Historia de España, Historia de la Civilización Española en sus relaciones con la Universal, El problema artístico de la ciudad de Córdoba, Historia de América, entre otras obras.


 

El compromiso con la modernidad y con la política republicana

 

      Como no podía ser menos en un intelectual de esta talla, también participó de lleno en la política de su tiempo, como lo hicieran los grandes de las letras, como el divino Dante, Víctor Hugo, Pablo Neruda, César Vallejo, Rafael Alberti, Ortega y Gasset, Manuel Azaña y tantos otros. El descenso de Jaén Morente al círculo infernal de la política data ya en los primeros decenios del siglo XX. En 1918, todavía en la etapa caciquil, predemocrática, lo encontramos en la lucha electoral de aquel año. Seguía entonces los postulados del andalucismo histórico, bajo la denominación de regionalista y republicano. La revista Andalucía lo captó en una instantánea en un mitin en Villanueva de Córdoba[3]. Como opositores (Eloy Vaquero, Ayuso, Ramón Rubio, Juan Morán, etc.) no consiguieron imponerse sobre los partidos turnantes, liberal y conservador. Lo mismo les ocurrió en las elecciones de 1919 y 1920. Su tiempo todavía no había llegado. La política monárquica tentó a Jaén Morente en 1926, cuando Alfonso XIII le ofreció un ministerio, que él rechazó, consecuente con su republicanismo.

      La hora de los republicanos vendría de la mano de los años treinta. Y fue premonitoria una conferencia suya, el 11-2-1930, en el Ateneo de Córdoba, en recuerdo de la I República, en la que levantó la fe republicana de manera enardecida. Sus palabras más duras fueron contra los atropellos de la monarquía borbónica y contra la represión de los mártires de Jaca. Al año siguiente vemos a Jaén Morente en la primera línea de los prohombres del republicanismo cordobés (Vaquero, Guerra Lozano, Troyano, Azorín, Palomino, etc.), como candidatos a las elecciones municipales del 12 de abril de 1931.

Antonio Jaén militaba entonces en una llamada Derecha Liberal Republicana, de don Niceto Alcalá Zamora. Pronto pasaría al Partido Republicano Radical Socialista. El 26 de marzo encontramos a Jaén Morente en un mitin en el barrio Los Olivos Borrachos, de la capital (junto con García Hidalgo, Azorín y otros). Y el 29 de marzo, Domingo de Ramos, al frente de una gran manifestación de diez mil personas por las calles de Córdoba, en petición de amnistía a los represaliados por la monarquía. Al final, entregaron en el Gobierno Civil un pliego con estas reivindicaciones[4]. Toda la coalición republicano-socialista triunfó en las elecciones. El partido de Jaén Morente obtuvo 4 concejales en la capital, con él al frente. Además obtuvieron representantes en bastantes pueblos de la provincia. El momento histórico no podía ser más esperanzador: las candidaturas republicanas habían triunfado en casi toda España. El rey se marchó de España. El 14 de abril se proclamó, por tanto, la II República. En Córdoba, en la tarde del citado día se constituyó enseguida la Junta Republicana de Córdoba, integrada por: Antonio Jaén Morente, Eloy Vaquero, Ruiz Maya, Carreras Pons, Pablo Troyano y Francisco Azorín. El gran honor de proclamar la República en Córdoba le cupo a Don Antonio Jaén, quien encaramado sobre el monumento al Gran Capitán en la plaza de Las Tendillas, dirigió la palabra a la muchedumbre enfervorizada y declaró proclamada oficialmente la II República en Córdoba.



Manuel García-Jaén, nieto de Jaén Morente, junto con el autor en la ciudad de Quito (Ecuador), ante la estatua de Sebastián de Belalcázar, fundador de la ciudad, en octubre de 2011.

 

      De inmediato hubo de hacerse el reparto de cargos políticos del nuevo régimen. Jaén Morente pasó interinamente al Gobierno Civil, hasta el 22 de abril, en que pasó como gobernador a la provincia de Málaga. Aquí habría de sufrir, el día 12 de mayo, el grave episodio de la quema de conventos, que estalló en Madrid y salpicó a algunas ciudades. Era un estallido incendiario del sempiterno anticlericalismo español, que venía desde las guerras carlistas del siglo XIX. Aquel día Antonio Jaén se hallaba en Madrid y, aunque regresó a toda prisa, cuando llegó por la tarde, una decena de edificios religiosos habían sido pasto de las llamas. Ocurrió que el gobernador accidental Enrique Mapell había ordenado la intervención de la Guardia Civil, pero el gobernador militar dio la contraorden, con lo que la chusma actuó a sus anchas. Según relata actualmente el nieto Manuel García-Jaén, su abuelo se lamentó siempre amargamente de que las malas lenguas le culparan injustamente de los sucesos de Málaga, y aducía que él podía no titularse cristiano, pero era un enamorado del arte[5]. El 20 de mayo cesó en el cargo de gobernador de Málaga.

      De regreso a Córdoba se sumergió en una nueva vorágine electoral, la de Cortes Constituyentes, para el 28 de junio de 1931. Jaén Morente fue incluido de nuevo en la coalición republicano-socialista, con tres candidatos de su todavía partido nicetista Derecha Liberal Republicana. El 22 de junio lo encontramos en un mitin en Pozoblanco, donde el cronista escribe que Antonio Jaén, con su fogosidad característica, y don José Luna, con la convicción de su ideal, expusieron los dos grandes problemas de España: cultura y despensa, prometiendo a sus electores sacrificarse por la redención de la clase obrera. Don Antonio Jaén se extendió sobre el problema religioso, declarando ser partidario de la completa separación de la Iglesia y el Estado[6]. Y llegó el resultado de las elecciones: 7 diputados socialista, uno de la Agrupación al Servicio de la República, y 2 republicanos, entre ellos Jaén Morente. Su sueño de muchos años, por fin se hizo realidad. De su actuación como diputado habría que consultar el Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados.

      La República continuó sus pasos modernizadores, a lo largo del Bienio Reformista, con una gran esperanza popular, pero con creciente rechazo a las reformas por parte de los poderes tradicionales: latifundistas, Iglesia y la parte africanista del Ejército. Y en esta tensión se dejó a España, cuando Jaén Morente fue nombrado, en enero de 1933, Embajador en Lima (Perú), y allá llegó en marzo acompañado de su hija Carmen. Fruto de esta experiencia diplomática fue su libro La lección de América. Renunció en octubre del mismo año, a fin de poder presentarse a las elecciones de 1933, bajo las siglas del Partido Radical Socialista. Pero las izquierdas acudieron divididas, mientras que las derechas se coaligaron y arrasaron en toda España. Jaén Morente había llegado a Córdoba en la misma víspera de las elecciones del 19 de noviembre.

Amaneció 1936 y se dispuso a una nueva lucha electoral: las elecciones del 16 de febrero de 1936, en las que ganaría la coalición de izquierdas del llamado Frente Popular. La Izquierda Republicana de Córdoba, el partido de Manuel Azaña, situó a Jaén Morente en la palestra de la competición, junto con Ramón Rubio Vicente. Ambos cerraron un mitin, el 2-2-1936, en el Teatro Duque de Rivas, donde Jaén Morente dijo: “No atacamos a la religión ni a la familia, sino que defendemos la política de austeridad del primer bienio”.

Llegó el día de la votación, y el Frente Popular arrasó en Córdoba. Los más votados fueron los tres republicanos: Pedro Rico, Ramón Rubio y Antonio Jaén, con casi 160.000 votos cada uno. Luego, los 5 socialistas electos, seguidos de los 2 comunistas electos, y por fin, los 3 de la derecha. No había duda de la voluntad de los cordobeses, voluntad que destrozaría el golpe militar[7]. Una de las primeras medidas era complicada: o la reposición de los ayuntamientos del 12 de abril, como opinaba el gobernador, o la formación de gestoras nuevas, como propusieron a éste los diputados Jaén Morente y Fernández Castillejo, lo cual fue aceptado, y así se renovaron todos los ayuntamientos cordobeses.

 Y empezaron las nuevas tareas de nuestro diputado, que fue secretario de la Comisión de Estado (su domicilio en Madrid fue en la c/ Bola, 5). Consta que en aquella primavera de paro creciente, hizo gestiones para la reanudación de las obras en la carretera de Obejo desde Villanueva de Córdoba. El 12 de abril lo vemos presidiendo, con otras personalidades, el multitudinario entierro por las calles de Córdoba de un socialista de Benamejí, que había sido asesinado por un patrono.

 

Bajo los estragos del golpe militar y la guerra

 

      Y así llegamos a los días catastróficos del golpe militar en España, el 18 de julio de 1936. Las capitales Sevilla y Córdoba cayeron de inmediato en manos de los facciosos. No así Jaén, ni Madrid ni Barcelona, etc. Más de la mitad de España era leal al Gobierno. A Jaén Morente le sorprendió el golpe en Madrid. De inmediato desplegó gran actividad en defensa de la República: alocuciones por radio, actos públicos y acudiendo a los frentes cercanos. Su gran obsesión: Córdoba, lejana y mártir. El 28 de julio llegó a Córdoba, desde Jaén, la columna del general Miaja, con el objetivo de atacar y recuperar Córdoba. Y con ella llegó Jaén Morente al frente andaluz, entre otros diputados. Hizo alocuciones desde Radio Jaén y desde Radio Linares.

El mismo día 28, a las siete de la tarde, pronunció desde Radio Jaén un vibrante discurso, destinado a los sublevados de Córdoba capital, para que depusieran las armas[8]. Entre otras cosas, dijo: “Cordobeses: Os hablo desde aquí, incorporado a una fuerte columna que en estos momentos sale de Jaén para marchar sobre Córdoba… Quiero llevar al ánimo… de los ciento sesenta mil cordobeses que, al dar el triunfo a la República, me sacaron diputado, que el movimiento subversivo en toda España está completamente dominado… que he estado en los lugares de combate de Madrid, en el cuartel de la Montaña, en Toledo y en las cumbres de la Sierra del Guadarrama… La aviación española, entendedlo bien… sale también para Córdoba. No os queda ninguna salvación a los militares cordobeses que no sea deponer las armas y entregaros… Yo os aseguro que si esto no hacéis el bombardeo más terrible que ha sufrido Plaza alguna lo sufrirá la de Córdoba… ¡Viva la República! ¡Viva el Frente Popular! ¡Viva la República Democrática!”[9].

      Hubo bombardeos sobre Córdoba en varios días de agosto, pero ninguno tan intenso como al amanecer del día 17, no porque lo anunciara Antonio Jaén, sino porque los mandos leales así lo tenían programado. En la Córdoba facciosa se interpretó que las advertencias de Jaén Morente se cumplían. Aquel mismo día, el ayuntamiento franquista se reunió en sesión extraordinaria y no tuvo otra ocurrencia que nombrar al diputado “Hijo maldito de Córdoba”, con todo tipo de insultos y vituperios, los cuales tuvieron como efecto que una turba de fascistas asaltaran la casa de Jaén Morente, en la calle Juan de Mena, expoliaran sus gran biblioteca y enseres, y con ello dieron pábilo a una gran fogata en la plaza de Las Tendillas.

Según su nieto García-Jaén, don Antonio se lamentaba a menudo de una supuesta librería en la calle Gondomar que le incautaron los facciosos, pero más bien podría tratarse de este otro episodio que citamos. Para Jaén Morente aquella “maldición” fue otra de las grandes heridas que los golpistas le causaron, además de quitarle el hogar, el prestigio y la patria. Quince años después, en 1949, otro ayuntamiento franquista, sin embargo, dejó sin efecto el visceral acuerdo de 1936.

      En aquellas primeras semanas de la guerra, además de sus alocuciones por Radio Jaén y Radio Linares, también impulsó la creación de unidades de milicianos en Madrid para que engrosaran el frente Sur. Después intervino en diversos actos públicos. El 23 de agosto de 1936 encontramos a Jaén Morente en un gran “Mitin Antifascista” en Valencia, donde compartió tribuna con Antonio Mije, Dolores Ibárruri y otros.[10] Allí, nuestro insigne cordobés, ante una multitud, subrayó los avances agrarios, pero dentro de los cauces democráticos: “Ahora no hay más que un camino. Estructurar la revolución. Aceptar los hechos consumados… la República tiene que reconocerlo. Tiene que reconocerlo y tiene que ponerse al frente del movimiento para salvar las esencias democráticas y abrir más amplios y profundos horizontes”.

      A partir de aquí, las actividades de Jaén Morente en la guerra nos quedan un tanto eclipsadas en medio de la vorágine. Su domicilio estaba en Madrid, donde estaba casado con Carmen Domingo, una actriz y cantante de zarzuela muy afamada. Tenían tres hijas, una de las cuales pereció con motivo de los bombardeos de Madrid. Sobrevivieron Carmen y Magdalena. El dato siguiente que poseemos fue que en agosto de 1937, el Gobierno lo nombró embajador en Manila, a donde llegó en septiembre, un destino demasiado lejano, a donde le acompañó su hija Magdalena.

En abril de 1938, la Gran Logia de Filipinas tributó a don Antonio un gran homenaje, del que hay testimonio fotográfico. Cuando presintió el final de la guerra, llamó a toda su familia, para que se reunieran con él en Manila. Así lo hicieron. Antes de salir de España, ya por tierras de Gerona, nació allí la primera nieta, María Cruz, hija de Carmen y de Tomás García Navarro (de La Rambla, Córdoba). Otra foto inmortaliza a toda la familia ya reunida en Manila.

 

El exilio: nuevo esplendor académico y desgarro personal

 

      Estando en Manila le llega la noticia del triunfo de Franco y la destrucción de la República democrática. De la noche a la mañana, el cordobés que tanto amó a Córdoba, se convierte en un apátrida, en un proscrito, destinado al más horrible de los ostracismos, como Demóstenes bajo las iras de Antípatro, o Cicerón ante los esbirros del emperador Antonio. Como Machado y tantos miles de españoles desposeídos de su causa y de su patria, Jaén Morente buscó una segunda patria en la que rehacer su vida. Le llegó una primera invitación para la Universidad de San Marcos, en Lima. Y enseguida otra invitación de Quito (Ecuador). Le escribió al historiador José Gabriel Navarro, al que Jaén había conocido en Madrid, diciéndole como en medio de un naufragio: “Soy un vencido. No volveré a España. Me postulo ante el mundo. Estoy buscando un país para el resto de mis días. ¿No habrá un colegio o una universidad para mí? Entierro toda política”.

Y Navarro envió rápida respuesta a Manila y le dijo: “Sí, Antonio. El ex presidente del Ecuador Isidro Ayora te ofrece la cátedra de Historia de América en la Universidad Central de Quito”[11]. Y la familia de españoles recogió sus enseres e inicio una travesía del Océano Pacífico en barco. Subieron a bordo Jaén Morente, su esposa Carmen Domingo, sus hijas Magdalena y Carmen, el yerno marido de ésta última Tomás García, también cordobés, y la primera nieta María Cruz. Más tarde, Magdalena se casaría con un diplomático norteamericano y vivieron en USA. El largo viaje hizo escala en Los Ángeles, antes de llegar al puerto de Guayaquil, cerca de Salinas. Desde aquí, en tren, hasta lo alto de los Ándes, donde se ubica Quito. Llegaron el 10 de agosto, precisamente el día de la fiesta nacional, y se toparon con toda suerte de charangas, desfiles y músicas callejeras. Grato panorama para corazones afligidos.

      A partir de este verano de 1939, cuando en España el dictador derramaba la sangre en los paredones de todos los cementerios, Jaén Morente se sobrepone a tamaña tragedia y rehace su hogar, y su vida académica cobra nuevo esplendor. Gustaba llamarse “peregrino de la cultura”. Pasó a enseñar en la Universidad Central de Quito, una de las más antiguas de América. Fue catedrático de Historia de la Filosofía e Historia del Arte. En otras fuentes se le cita como profesor de Geopolítica e Historia de la Civilización en la Escuela Superior de Pedagogía y Letras de Quito. Quedó subyugado por las maravillas del arte colonial de Quito, pinturas, esculturas, arquitectura (No en vano es hoy una ciudad patrimonio de la Humanidad) y descubrió lo que se denomina “escuela quiteña” en el arte.

El actual Museo del Convento de San Francisco lo empezó a organizar él. Y entonces inició también una febril actividad como conferenciante por muchos países hispanoamericanos: Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Colombia, Centroamérica, México… Ante públicos numerosos dejaba la impronta de su oratoria apasionada y de su erudición portentosa. Su desgarro interior lo silenciaba con una actividad febril. Iba a impartir también a la Universidad de Guayaquil, a la Facultad de Arquitectura, la única en la que se impartía Historia del Arte. Y también acudía a otras universidades, por ejemplo, la de Loja. No hablaba tanto del arte de España, sino más bien del arte de Quito.

 En 1946, el 17 de enero, en la Embajada de Ecuador, Jaén Morente  tuvo la gran satisfacción de recibir un gran homenaje por parte, sobre todo, de intelectuales del exilio mexicano, con la presencia, además, del torero “Manolete”. Una fotografía conmemora el evento, y en ella se puede ver, de izquierda a derecha: el poeta Pedro Garfias, Antonio Jaén, Adolfo Sánchez Vázquez, “Manolete”, Orencio Muñoz, Juan Rejano, Iglesias del Portal, Francisco Azorín y Fernando Vázquez Ocaña.[12] En esa velada, según su nieto Manuel, “Manolete” obsequió a Antonio Jaén con un capote torero: “Yo lo guardé toda la vida, y al final lo malvendí”. En la citada o en otra efemérides, Jaén Morente se operó de la vista en México, con escaso resultado, porque la ceguera le acechaba al final de sus días. En 1948 sufrió también el contratiempo de que su esposa Carmen Domingo lo abandonó, incapaz de soportar más los rigores del destierro. Le fue mal, porque en Madrid no sonaban ya los aplausos del género lírico que ella soñaba. Acabó sus días como vendedora de lotería.

      De pronto, un nuevo nombramiento del Gobierno de Ecuador iba a introducir un gran cambio en la vida de nuestro cordobés eminente. En 1953 fue nombrado Agregado Cultural del Ecuador “ad honorem” en Centroamérica, con sede en San José de Costa Rica. Y hacia su nuevo destino marchó solo. En su domicilio de la calle Veintimilla de Quito dejó un hueco irremplazable. Su nieto Manuel le ayudó a empaquetar numerosas cajas de libros. Y a poco de llegar a San José conoció a la que fue su segunda esposa, Cristina Goicoechea, una dama de cierto abolengo (sobrina de un cardenal). Se casaron en 1953.

Al año siguiente, Jaén Morente pudo cumplir el gran sueño de su vida: visitar de nuevo España y su Córdoba entrañable. Logró gestionar de la dictadura un permiso temporal, por un mes. Y para España salieron Antonio y Cristina, en 1954. Nada más llegar, tuvieron siempre detrás una pareja de la Guardia Civil, en vigilancia constante. Jaén Morente pasó en Córdoba la mayor parte del tiempo, hospedado en casa de algún familiar. Apenas pudo entrevistarse con nadie destacado. Y la prensa local silenció totalmente su presencia. Eran las normas de la dictadura. Y regresó a San José, sabiendo que ya jamás volvería a recorrer las callejuelas de Córdoba.

      En mi entrevista con su nieto Manuel García-Jaén me interesé por otros aspectos de la mentalidad y conversaciones políticas del abuelo. Me asegura que hablaba todo el tiempo de lo ocurrido en España. Insistía en que había habido un golpe de Estado contra un gobierno legalmente constituido. Estaba dolido de los republicanos “rojos” (la deriva del republicanismo hacia los partidos obreros). Aclaraba que él era un republicano, no un “rojo”. Se lamentaba mucho, según se indicó ya, de la falsa acusación de que él hubiera tenido algo que ver en la quema de conventos de Málaga.

Hablaba mucho de una librería que le incautaron en Córdoba (pero bien pudiera referirse al expolio e incendio de su biblioteca). Todas las noches, mi padre y él hablaban de la guerra. Y muchas noches buscaban una emisora de Moscú (la Pirenaica), y escuchaban con fruición a La Pasionaria. Luego recordaban muchos nombres, a unos y otros, unos muertos, otros fusilados, otros exiliados. Otra de sus obsesiones era que él no podía volver, que lo iban a matar. Y solía hacer encargos de averiguaciones en España, a ver si había algún cargo contra él. Y recibía muchísimas cartas. Un epistolario desaparecido, del que no encuentro ninguna pista. Su biblioteca personal fue donada a la Universidad de San José de Costa Rica.

      Por fin hubo de enfrentarse al declive final. A su diabetes crónica se sumó una ceguera imparable, que llegó a ser total. Cristina fue para él más enfermera que esposa. Jaén Morente le dictaba textos y cartas. Y ella le leía lo que llegaba a casa. En una ocasión, estando su nieto en España haciendo el doctorado, le escribió al abuelo, hacia finales de 1963, contándole las maravillas que había visto en Córdoba. Pero no recibía contestación. En un segundo intento, Cristina le aclaró: “Sí, llegó tu carta, se la leí a tu abuelo, pero lloró tanto, tanto, que no me atreví a pedirle respuesta”. Una de sus últimas intervenciones públicas ocurrió en la Universidad de Guayaquil, en 1963, invitado allá por el rector Dr. Antonio Parra. Subió al estrado muy desmejorado y decaído, pero se rehízo y halló aún fuerzas dentro de sí. Comenzó con el poema de Machado “A un olmo viejo”, y dejó gran impresión por su sabiduría.

      Se acabó su vida el 8 de junio de 1964. Una modesta esquela se pudo leer en alguna prensa de Córdoba, y una columnita en la que se anunciaba que el 15 de julio se le diría una misa en la iglesia de San Pablo. Esos fueron los únicos honores al que, sólo en América, había sido condecorado con la Orden del Sol Peruana, la Gran Cruz del Águila Azteca, y la Cruz del Mérito de Ecuador. “Murió solo, pobre, ciego y en una tumba prestada y anónima”. Hoy reposa en una de las tumbas de la familia Justo Quiroz Goicoechea, tío de su esposa Cristina, en el Cementerio General de San José (por la puerta cercana a la capilla de las Ánimas, a 20-30 metros a  la izquierda). En el mausoleo, abajo, en el centro, reposa Justo Quiroz, y en las otras tres paredes, tres tumbas en cada una. En una reposa Antonio Jaén Morente, y en otra, Cristina.

No hay lápidas ni nombres. No cabe mayor desaparición ni mayor desmemoria. Son las leyes del ostracismo de los vencidos. Ya en nuestra actual democracia, hubo en Córdoba un propósito de recuperar los restos de este hijo ilustre, pero la familia de su hija Magdalena se opuso. Al menos, un gesto loable ocurrió el 24 de marzo de 1980, cuando el Ayuntamiento de Córdoba, bajo la presidencia de Julio Anguita, declaró a Jaén Morente “Hijo predilecto” de la ciudad. Después, en 2003, el Diario CÓRDOBA la 7ª edición de su Historia de Córdoba.

 

Consideraciones finales

 

      El desgarro existencial de tantas vidas truncadas por la dictadura franquista se expresa con profundidad en un breve libro de su nieto Manuel García-Jaén Y los hijos del exilio, también (Quito, 1992). Muchos lamentos de exiliados hemos escuchado a lo largo de la historia, desde aquellas Tristes y Pónticas, de Ovidio. Los españoles expulsados por el franquismo privaron a su patria de su gran valía, arrastraron de sus vidas rotas, pero se rehicieron y engrandecieron a los países de acogida, sobre todo México. Y los hemos visto a todos con sus maletas sin deshacer, con un sentido de vida provisional y la esperanza del pronto regreso.

La desesperanza los fue venciendo. También aquel exilio cruel fue un crimen de lesa humanidad cometido por la dictadura. Nuestros españoles exiliados vivieron con el alma partida. “Somos una especie de casta rara”, dice García-Jaén, siempre transeúntes entre el país presente y la España ausente, “dos patrias, dos banderas, dos nacionalidades, todo dividido... La dualidad permanente de ser y no ser de aquí o de allá”. Y continúa García-Jaén: “Dentro del hogar familia prevalecía más bien un ambiente de tensión permanente… Ellos sufrían y no lo podía disimular… ante los ojos de los pequeños hijos… Don Antonio, en su dormitorio, mezcla de todo, cama, escritorio, mil libros y papeles por todos lados, ceniceros siempre insuficientes y un profundo y constante olor a tabaco negro. Siempre hasta la madrugada escribiendo, leyendo y meditando, con el anuncio de su profunda tos, y tantas veces con el sorpresivo monólogo a voz viva… Doña Carmen, la abuela… llorando y quejándose siempre por saber cuándo podría regresar a España”.

      “Casi no pasaba un día siquiera sin que escucháramos algo, bueno o malo, feliz o triste, pero que se refería en todo caso a España… siempre que podían nos hablaban con emoción y altivez de su nacionalidad, de su estirpe, de su pasado, de la familia que atrás quedó”. Y se afanaban por no olvidar, por ejemplo, su lejana gastronomía: la paella, el cocido madrileño, “Pero no era sólo comer al estilo español. Más importante era el inducirnos por todo medio el amor a esa España de la que oíamos tanto hablar… Están en mis recuerdos imborrables las innumerables noches, con esa chimenea prendida… Evocaban (mi abuelo y mi padre) sucesos, lugares y personas con pasión no contenida, y lo que era peor, elucubraban con su imaginación sobre el destino que habrían corrido todos ellos”.

Cuando llegó la noticia de la muerte de la abuela Carmen en Madrid, “Don Antonio subía y bajaba las escaleras de la casa gritando, llorando, maldiciendo la guerra y sus circunstancias. Mi madre llorando en su dormitorio… Mi padre, dolido y lloroso, intentando poner calma”. A pesar de tanto desarraigo existencial, el alma de nuestro ilustre Jaén Morente consiguió huir hacia adelante, refugiándose en su profesión, en el estudio del arte y en multitud de actividades académicas, como arriba se ha relatado. Pero “Su españolismo siempre estaba pronto y a flor de piel, y su cordobesismo constituía bandera de orgullos y de ilusiones”.

      Nadie ha amado jamás a España como la amaron los exiliados de 1939. La añoraron, la lloraron y la veneraron. Y entre ellos, los exiliados de Córdoba. Un día de 1949, Antonio Jaén tuvo el atrevimiento de escribir al entonces Alcalde de Córdoba, sin saber quién era. En esa carta, con la que despedimos al gran catedrático cordobés y a su actual nieto Manuel García-Jaén (que tan amablemente nos ha recibido en su casa de Quito), en esta carta, digo, se refleja ese desorbitado amor de un desterrado a su tierra cordobesa, frases con las que pretendemos coronar su historia, reparar sus sufrimientos y recuperar su memoria: “Son 18 Universidades donde he orado –más que disertado- en nombre de Córdoba y de España. El Gobierno del Ecuador permitió y dio auxilio a estas mis apetencias espirituales, para enriquecer el alma, a falta de otra riqueza. Sonó Córdoba en un amplio ámbito geográfico, y su nombre, de almunia literaria, trazó un vuelo en el Hortus universitario americano, desde Santiago de Chile a La Habana, por toda Centroamérica…”. Que no se apague la luz de su sabiduría, Antonio Jaén Morente, gloria de Córdoba.

 

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[1] Manuel García-Jaén, Y los hijos del exilio, también -50 años después-, Quito, 1992.

[2] Francisco Moreno Gómez y Juan Ortiz Villalba, La Masonería en Córdoba, Albolafia, 1985, p. 374.

[3] Revista Andalucía, Córdoba, 16 de febrero de 1918. Y Francisco Moreno Gómez, Latifundio y movimiento obrero en Córdoba (1850-1930), pp. 54-56, inédito.

[4] Francisco Moreno Gómez, La República y la guerra civil en Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 1982, pp. 29-30, y siguientes.

[5] Entrevista realizada a don Manuel García-Jaén, en Quito, Ecuador, el 15-10-2011.

[6] Francisco Moreno Gómez, La República…, ob. Cit., pp. 79-80.

[7] Francisco Moreno Gómez, La República… ob. Cit., p. 326 y ss.

[8] Francisco Moreno Gómez, La guerra civil en Córdoba (1936-1939), Alpuerto, Madrid, 1985, p. 247 y ss.

[9] F. Moreno Gómez, ob. Cit., pp. 247-249, citando La Mañana, de Jaén, 29-7-1936.

[10] Ibidem, p. 535, citando a ABC de Madrid, 25-8-36, y Mundo Obrero, 24-8-36.

[11] Jorge Ribadeneyra, “El hijo del exilio”, en El Comercio, Quito, 21-6-2009, y por el mismo autor, “Quito en anécdotas. Hijos y nietos del exilio. Jaén Morente: una familia española trasplantada a Quito”, en Últimas Noticias, Quito, junio de 2009.

[12] Pedro Garfias, Poesía completa, Ayuntamiento de Córdoba, 1989, p. 84, edición de Francisco Moreno Gómez.