TESTIMONIO
DE UN CARABINERO PRESENTE EN EL GENOCIDIO DE BAENA EN 1936
Un escrito de 9 folios de Juan Martínez
Imbern, carabinero entonces, que estuvo presente en la matanza de Baena el 28
de julio de 1936, con otros sucesos en el bando de los golpistas.
Por Francisco Moreno Gómez
(Publicado en Cordópolis
y en elDiario.es, lo relativo a Fernán Núñez y Baena, con fecha 28-7-2026)
Estos
días he leído que se autoriza la apertura de la gran fosa de Baena, de 1936,
silenciada hasta ahora, a raíz de la matanza perpetrada por la Columna Sáenz de Buruaga, en los días 28, 29 de
julio, y semanas siguientes, tras la toma de la toma de la ciudad por las
tropas franquistas.
De inmediato he rebuscado en mis legajos
un documento importante, casi inédito, porque sólo utilicé unos párrafos en mi
libro de 1985. Es un escrito redactado a petición mía por el ex carabinero Juan Martínez Imbern, que consta de
carta y de un relato de 9 folios, estricta “acta notarial” de su presencia
aquella trágica tarde en Baena el 28 de julio de 1936, como miembro de la
expedición del teniente coronel Eduardo
Sáenz de Buruaga.
En estas fechas resulta especialmente pertinente mostrar testimonios de primera mano sobre los hechos oscuros y terribles del golpe militar de 1936. En este caso, la matanza de la plaza de Baena aquella tarde del 28 de julio. Allí estuvo presente el carabinero Juan Martínez Imbern, que relató lo que vio, según una carta y un informe que llevan fecha de 28 de septiembre de 1981, remitidos desde Perpignan (Francia), guardados en mi archivo, y que doy a conocer a continuación:
“Amigo
Francisco Moreno: Recibí tus dos cartas. Una del mes de abril y la otra del 13
de septiembre del cte. (1981).
Para hacer lo que te mando, me he tenido que concentrar
completamente, para ir escribiendo todos los detalles en manuscrito, a medida
que iba viviendo de nuevo los acontecimientos de julio de 1936 a junio de 1938.
He escrito casi todos los detalles, o sea mi historial. Luego hice
rectificaciones, para darte lo más esencial y reducirlo a lo máximo, y como te
darás cuenta, hay 9 páginas. Hay cosas que no te las comunico, porque se puede
aún comprometer a algunos que están aún vivos.
El carabinero que hago mención soy yo, pero no lo puedo decir
en mi exposición, pudiéndome aún perjudicar mucho. Me acogí al Decreto-Ley 6 de
marzo de 1978, y el Ministro de la Defensa me ha acordado que como carabinero
habría alcanzado por antigüedad el empleo de guardia civil de 2ª, pero para
poder cobrar, debí hacer otra instancia al Consejo Supremo de Justicia Militar,
para que me conceda el importe de la pensión de retiro… En el día de hoy aún no
he recibido la decisión, y es por esto que también iba retrasando el envío de
las hojas por temor a perjudicarme. Me dices que el libro no saldrá hasta la
próxima primavera y por el Ayuntamiento de Córdoba. Por esas fechas creo que mi
asunto estará ya resuelto. Te ruego, si tienes alguna conocencia en el Consejo
Supremo, intervengas para que aceleren mi solicitud. Pienso que si nadie
interviene, estará durmiendo en un rincón y no podré nunca beneficiarme de
estos derechos.
Yo deserté del campo nacionalista el 11 de enero de 1938,
presentándome a las fuerzas leales del Gobierno y ascendido a cabo.
Refugiándome en Francia el 9 de febrero de 1939. Normalmente, de haber
triunfado la lealtad, a la edad de retiro me hubiera correspondido lo menos el
de capitán.
Bueno, no quiero molestarle más y creo que harás un buen uso
de mi abreviado historial.
Te saluda muy cordialmente,
Juan Martínez
P.S. Iré a Port-Bou a
certificar lo que te envío, a fin de evitar algunos controles fronterizos.
Continúa a escribirme en Francia y te ruego me digas qué te parece lo expuesto.”
“21 de julio. Cerca de las cinco
de la tarde, día muy caluroso, parecía como si cayera fuego, unos cincuenta
campesinos viniendo del pueblo de Pedro Abad atacaron el pueblo de El Carpio.
Su ataque era sin orden y cada uno lo hacía a su manera. Estos no llevaban
armas, y lo único que demostró es que venían para liberar al pueblo eran las
explosiones que algunos de ellos lanzaban con mechas de dinamita. Los del
“Movimiento Nacional” se defendían con armas de guerra, como los mosquetones y
pistolas, parapetados en los edificios que dominaban el pueblo y algunos
kilómetros más allá.
Una avioneta voló por el pueblo y sus
alrededores a baja altura. Los guardias civiles dijeron que era la “Chivata” de
García Morato, y que venía de Córdoba. Los nacionalistas cogieron ánimos y los
disparos se oían de todas partes. Los atacantes se encontraban tirando la
dinamita debajo mismo del cuartel de la Guardia Civil. Aquellos campesinos sin
armas muy valientes, con mucho coraje, parecían dueños de la situación, cuando
de repente se oyó una ametralladora que tiraba contra los campesinos. Ésta se
hallaba situada en una plataforma de un camión y era utilizada por un individuo
del Ejército. Acababa de llegar de Córdoba con otras fuerzas y una compañía de
guardias de Asalto. Los atacantes renunciaron a tirar otras explosiones y se
escondieron, menos uno, que lo cogieron
y lo pusieron solo y alejado.
Las fuerzas llegadas de Córdoba, creyendo que todo se había terminado, regresaron con los camiones a Córdoba. Entre El Carpio y Alcolea un guardia de Asalto dijo: “Allí está el que han matado y enterrado, dejándole el brazo que saliera de la tierra con el puño cerrado”. Al paso por Alcolea el mismo guardia dijo: “Aquel camión está lleno de presos y el que va mejor vestido es el alcalde”.
22 de julio.- De madrugada en
Córdoba se forma una columna de camiones cargados con fuerzas de guardias de
Asalto, Ejército, algunos del Tercio y falangistas, todos al mando de un
comandante de Infantería. Se pasa por Alcolea, El Carpio y la columna se para a
un kilómetro de Pedro Abad. Se distribuyen las fuerzas. Los del Tercio y
guardias de Asalto de Huelva, en la vanguardia y desplegados en abanico. A la
entrada de Pedro Abad se ve a algunos campesinos que con escopetas de caza
corren a meterse en los surcos de los riegos, para defenderse. Empieza el
tiroteo por parte de los atacantes. En las fuerzas de la retaguardia se oye un
grito de dolor. Un soldado está herido y la cara ensangrentada, en su cuero cabelludo
una raya a todo lo largo de la cabeza, por donde salía la sangre. Otro militar,
que era un carabinero, se encontraba derecho detrás de un árbol en la
carretera, para protegerse de los tiros que venían. Parecían de Pedro Abad. El
carabinero, que se agachó para estar más protegido por el árbol, cuando aún no
había terminado su gesto, por la parte por donde se encontraba derecho, y a la
altura de la cabeza, una bala penetró en el árbol haciendo saltar algunos
trozos de la corteza del árbol, salpicándole el cuerpo como si lloviera. Se
oyeron gritos: era el comandante que reñía a los falangistas: “¿Veis lo que
habéis hecho? A este soldado lo habéis herido en la cabeza. Debéis organizaros,
mandados por superiores. Así, prefiero que no vengáis a matarme a mis
soldados”.
A la media hora de combate, los del Tercio
entraron en Pedro Abad y los que se habían escondido con escopetas en los
surcos se rindieron. Los del Tercio no avanzaron más y se dedicaron a
fusilarlos a la entrada del pueblo. Los guardias de Asalto de Huelva penetraron
en todas las calles. Una vez el pueblo en manos de los nacionales, un
falangista que tenía una mancha entre la ceja izquierda y la oreja penetraba
con una pistola en la mano en una casa. En ella se encontraba un anciano
sentado en una silla de ruedas con las piernas paralizadas. A su lado se
hallaba una viejecita, que era la esposa del inutilizado, con expresión de
miedo.
El falangista les apuntaba con la pistola y
les decía que le dijeran quiénes eran los marxistas. El anciano no podía hablar
y la anciana contestaba que ellos lo ignoraban, que no sabían quiénes eran los
marxistas, que era la primera vez que oían aquella palabra. El falangista
penetró en las habitaciones y revolvió todos los muebles poniéndolo todo en
desorden. El carabinero antes mencionado (nuestro relator) estaba con él y le
seguía todos los movimientos. El carabinero vio que el falangista abría un
cajón de una cómoda y cogía unas monedas de plata y se las metía en el
bolsillo. La anciana le dijo que son nuestra única economía y es lo único que
tenemos.
El falangista se hacía el tonto y continuaba
revolviendo. El carabinero abrió el cerrojo de su mosquetón, para ver si el
arma estaba cargada. En ella había cinco balas. Volvió a cerrar y apuntando al
falangista le obligó a dejar el dinero y a que saliera corriendo, que ya habían
exagerado más de la cuenta y que se lo diría al Teniente de la Guardia de
Asalto. El falangista devolvió las piezas de plata a la cómoda y salió como el
viento. El carabinero acarició a la anciana pasándole la mano por la cabeza y
diciéndole: “Perdonen ustedes”, y salió a la calle.
Se oían tiros y un guardia de Asalto dijo:
“Son los del Tercio los que fusilan a los marxistas”. El carabinero se dirigió
calle arriba en dirección por donde se oían los disparos, hasta que llegó a un
lugar que parecía una plaza. El teniente de Guardias de Asalto le ordenó que,
con un soldado de cuota, guardase a aquellos prisioneros. Eran habitantes del
pueblo, unos quince o veinte. El soldado de cuota no hacía ningún movimiento;
sólo movía sus ojos para seguir los movimientos del carabinero. Éste tenía su
mosquetón cargado al hombro y vigilaba a los detenidos. Y de vez en cuando
miraba al soldado, que continuaba en la misma postura sin moverse. Parecía como
si estuviera clavado en el suelo.
El carabinero se enderezó y tomando una
posición de superioridad se paseó delante de toda la fila de los detenidos y,
cuando por segunda vez volvió a pasar delante de ellos, y a espaldas del
soldado, guiñaba el ojo a los presos, dándoles la impresión de que haría para
que no les pasara nada. Uno de ellos se quedó tan confiado que le dijo al
carabinero que tenía mucha sed y que si les podía dar de beber. El del lado,
que no comprendió la intención del carabinero, le dijo: “Señor carabinero,
déjeme marchar, que soy de la CEDA”.
El carabinero (nuestro relator) le murmuró
algo al oído y el preso se quedó pálido. El carabinero, dirigiéndose al que le
había pedido de beber, le ordenó a gritos que fuera a por agua. A los pocos
momentos volvió con una jarra de barro (Un cántaro) de unos diez litros llena,
y se la ofreció. Éste, con seriedad, le dijo que empezara a dar la jarra al
primero de la fila.
El carabinero volvió la cabeza en dirección
del soldado y vio que éste le sonreía, poniéndose su mosquetón colgando como el
carabinero y dando algunos pasos, acercándose al carabinero sin hablarle. Su
mirada quería decir mucho de aquel soldado de cuota. Estos soldados eran los
que hacían el servicio pagando una cuota que les reducía el servicio militar a
seis meses, y todas las tardes las tenían libres, menos los días de guardia o
maniobras. La mayoría de ellos eran hijos de gente solvente.
Una vez los presos habían bebido, el carabinero
cogió la jarra y se la dio al soldado para beber. El soldado le contestó que
bebiera primero él, lo que hizo, y el soldado bebió también después. A los
detenidos se les vio que tomaban confianza a sus guardianes. El sol caía
vertical sobre nuestros cuerpos como rayos de fuego y el carabinero empezaba a
impacientarse, cuando pasó por allí el teniente de guardias de Asalto, a quien
le dijo qué hacía con aquellos hombres, a algunos de los cuales los habían
detenido en sus casas, cuando estaban comiendo. El teniente se dirigió a ellos
diciéndoles: “Estamos defendiendo una República de Derechas y debéis poneros
con contacto con la Guardia Civil del pueblo para sostenerlos”. Cuento que lo
haréis y buena suerte”. El soldado, dirigiéndose al carabinero, pronunció sólo
“uf”, con una sonrisa.
Toma de Torres Cabrera. Las fuerzas
nacionales habían tomado la aldea sin pegar un tiro. Las casas todas
construidas de una planta baja en la entrada de la aldea y pintadas con cal de
color blanco, menos las puertas y ventanas, que estaban cerradas, y en ellas se
leía pintada con cal en letras grandes: “PAZ”. Unas cinco mujeres se hallaban
asustadas en la calle, sin estar juntas. Un cura se dirigió a una de ellas
diciendo a unos soldados que estaban delante de él: “Detenedla. Es muy mala”. La
mujer sollozando le dijo: “Señor cura, pero ¿qué he hecho yo?” El cura continuó
chillando “que la cogieran, que era muy mala”.
Los soldados continuaron su camino, como si
no hubiesen oído nada. El cura llevaba colgando unos rosarios y una cruz de
unos veinte centímetros en el lado izquierdo, y en el lado derecho llevaba una
pistola con su funda (¿un jesuita?). Detrás del cura, que éste con su exceso de
indignación no se había dado cuenta, se hallaba aquel carabinero de Pedro Abad,
que lo estaba escuchando. El cura, en vista de su fracaso, decidió continuar su
camino dejando a aquellas mujeres, que con temor miraban al carabinero que
seguía espaciado del cura.
25 de julio.- Toma de Fernán
Núñez. El ataque nacionalista duró cerca de una hora. Los marxistas que
defendían el pueblo lo abandonaron a su suerte. A medio kilómetro del pueblo, a
la parte derecha, hay una fila de campesinos de todas las edades vigilados por
un legionario. Al lado izquierdo de la carretera y frente a los detenidos
mencionados, hay un grupo de unos cinco individuos con otro legionario
apuntándoles con su fusil. Le dice a un señor bastante bien vestido de claro de
ponerse junto a los demás.
Para juntarse con los demás tenía que saltar
la alcantarilla, que tenía poco más de un metro. Lo hizo, pero diciendo que era
el alcalde del pueblo (Antonio Romero, mozo de farmacia). Mientras saltaba, el
legionario le disparó, cayendo el alcalde a los pies de los otros detenidos.
Cayó desplomado sin dar señales de vida.
El otro legionario del lado derecho de la
carretera empezó a gritar: “¡Izquierda!”. Al oír el grito, mi mirada se dirigió
hacia él y a los detenidos, unos cincuenta. Algunos de ellos comprendieron la
orden, pero muchos de ellos se quedaron mirando, sin moverse. El legionario les
volvió a repetir: “¡Os he dicho izquierda!”. Entonces todos obedecieron. El
legionario volvió a gritar: “¡Paso ligero!” Y todos aquellos individuos
empezaron a correr campo abajo, unos cien metros, y se volvió a oír la voz del
legionario decir: “¡Media vuelta!”, y así hasta que los más viejos se iban
parando para poder respirar. No puedo decir cómo terminó lo de los cinco
detenidos ni tampoco los que hacían correr (Todos fueron fusilados, más de
sesenta).
Esta foto reproduce el momento exacto del fusilamiento de más de 60 campesinos en las afueras de Fernán Núñez, el 25 de julio de 1936, en la orilla derecha de la carretera que lleva de Córdoba a Fernán Núñez, siendo el teniente de la Guardia Civil de este pueblo Cristóbal Recuerda, y el jefe de la columna atacante el comandante de Artillería de Córdoba Manuel Aguilar Galindo. La orden de fusilamiento la llevaron a cabo unos legionarios llegados a Córdoba la noche anterior. La trágica foto la publicó en dos fechas de agosto de 1936 La Voz de Córdoba, los días 19 y 21, atribuyéndola erróneamente a Baena; pero se trata de Fernán Núñez, después de las pertinentes comprobaciones.
Decidí subir al pueblo y, encontrando un
coche descubierto que iba en dirección del mismo, subí en él en marcha, de pie,
cogiéndome en una de las puertas delanteras. El coche se paró y un soldado me
dijo que eran de la Cruz Roja y que no podían admitir militares armados y que
me bajara. Lo hice pidiéndoles perdón, que no me habían fijado en el banderín.
El coche se alejó en el pueblo y, cuando yo llegué vi a varias mujeres, que no
supe si eran curiosas o aterrorizadas.
Uno de los guardias de Asalto que salía del
pueblo, con el rostro pálido, me dijo que en la escuela había muchos hombres
muertos a golpes de hacha. Para ir a la escuela se tenía que pasar por toda la
calle que creo era la principal. A la puerta de la escuela salió un individuo
diciendo “¡Es un horror!”. Entré y me encontré con un religioso que presentaba
a la boca una cruz diciendo: “Bésala”. El otro era otro religioso y decían que
era el cura, que estaba agonizando, y se oía un gargoteo que salía de su
garganta, pero sin hacer caso de lo que el otro le decía. De pronto el religioso
dijo: “Ya está muerto”.
Miré hacia dentro de la sala, que se
encontraba bastante oscura, y se veían unas siluetas de cuerpos de personas
tendidas en el suelo. El suelo estaba sembrado de banderitas anarquistas de la
FAI. Al salir, me encontré con un individuo vestido de paisano que me dijo que
los marxistas, antes de huir, habían dado muerte a hachazos a todos los
detenidos que tenían y que consideraban fascistas. “¿Y por qué a hachazos?”, le
pregunté. Decían no tener municiones.
28 de julio.- Toma de Baena.
La columna estaba compuesta de guardias de
Asalto de Huelva y Córdoba, Ejército, Tercio, Regulares y Falangistas. Las
primeras casas estaban vacías y se comunicaban interiormente por un boquete que
en cada casa habían hecho para retirarse sin salir a la calle. En una de ellas
encontré una radio bastante grande, y un guardia de Asalto me dijo: “Llévatela.
Si no lo haces tú, lo hará otro”. Tuve escrúpulos y allí la dejé. Continuamos
por la calle y, al llegar a una placeta, vi a un legionario que llevaba en sus
hombros una escalera, y me quedé para ver lo que quería hacer con la escalera,
cuando vi que la apoyaba en la esquina de una casa, y subió con un martillo y
una escarpia y arrancó la placa que decía Plaza de Galán y García Hernández.
El teniente coronel de Regulares Eduardo Sáenz de Buruaga, jefe de la columna que el 28 de julio de 1936 tomó Baena, responsable de la gran matanza de varios centenares de campesinos cometida en la plaza pública, y continuada al día siguiente.
Subí calle arriba hasta llegar a la plaza,
por donde se encontraba el cuartel de la Guardia Civil. En la plaza vi tendidos
a muchos individuos en hileras y separadas unas de otras unos 20 centímetros.
Un teniente de la Guardia Civil (Pascual Sánchez Ramírez) estaba inspeccionando
a los tendidos en el suelo boca abajo. También había un guardia de Asalto de
Córdoba que hacía lo mismo, y que de pronto me pasó delante, y con la pistola
en la mano dio un golpe a una máquina de fotografiar que tenía un periodista y
la echó rodando por el suelo, diciéndole que estaba prohibido hacer fotos.
Se oyó un disparo, y fue el teniente de la
Guardia Civil que disparó sobre la cabeza de uno de los tendidos. Apuntó a otro
y volvió a disparar. El guardia de Asalto imitaba al teniente. El periodista me
dijo que era el teniente de Baena, y que había estado varios días sitiado en el
cuartel, y que se estaba vengando de los marxistas (eran anarquistas).
Disimuladamente, mientras el teniente y aquel guardia de Asalto cometían sus
crímenes, eché el pañuelo blanco a uno de los tendidos, diciéndole que se lo
pusiera en el antebrazo izquierdo y se levantara, lo que hizo; y le mandé
caminar delante de mí, en dirección de su casa.
Era un hombre que hacía unos seis días que no
se había afeitado, de unos 50 años de edad, y tenía estrabismo. Iba vestido de
trabajador de campo. Me condujo calle abajo y, a la primera calle a la derecha,
continuamos hasta llegar cerca de su casa, donde había algunas mujeres en la
calle que nos miraban sorprendidas. El individuo me dijo: “Esta es mi casa”. Le
pedí el pañuelo que le había puesto en el antebrazo y le dije que iba a ver si
podía salvar a otros.
Al volver a la plaza, la mayor parte de los
tendidos estaban sin vida, y el teniente y el guardia de Asalto continuaban
tirando sobre las cabezas. Estaban tan ocupados en sus crímenes que no se daban
cuenta de lo que pasaba a su alrededor, y en un momento dado, el teniente y el
guardia de Asalto se tropezaron el uno contra el otro, y el teniente le dijo:
“Le prohíbo que dispare un tiro más. Soy yo quien tiene que disparar”. Y
continuó con su obra disparando. El guardia se fue de la parte izquierda y se
quedó mirando al teniente. Con mucha rabia volvió a sacar la pistola, volvió a
llenar el cargador y de nuevo continuó imitando al teniente.
Me di cuenta de que muchos estaban cadáveres
y que no podía hacer nada más, aparte de ir al lado de aquellos asesinos y
liberar ante sus narices a alguno de los vivos, pero con peligro de que me
pegaran un tiro. Decidí alejarme y tratar de encontrar algún sitio para que me
sirvieran algo de tomar. Mi cuerpo necesitaba algo, pues me encontraba en un
estado como de estar durmiendo y tener una pesadilla. Había visto lo ocurrido y
no podía creer que hubiese tanta maldad de matar por matar, y que aquellas dos
personas disfrutaran matando.
Entré en un bar, que estaba lleno de
soldados, moros y algún falangista, que tomaban bebidas. Yo no tomé nada. Sabía
de antemano que no me pasaría por la garganta, y decidí volver a la plaza, para
convencerme de que había soñado lo anteriormente visto. A medida que subía la
calle me daba cuenta de que no era una pesadilla, que era verdad lo ocurrido,
pues al lado del bordillo de la acera bajaba un líquido rojo que parecía agua
con sangre mezclada.
Al llegar a la plaza vi dos montones de
cadáveres, unos encima de los otros, como si fueran montones de sacos. En
algunos sitios de la plaza echaban agua para lavar la sangre, pero en otros
hacían estirar a los detenidos que iban llegando y los colocaban encima mismo
de la sangre de los que habían matado antes. Y continuaban disparando sus
pistolas los mismos dos individuos antes mencionados.
Campesinos asesinados en una calle de Baena el día de la ocupación golpista, el 28 de julio de 1936 (Fuente: Joaquín Arrarás, "Historia de la Cruzada...", Vol. 7, p. 472).
El horror y el terror que antes se había
apoderado de mí empezaron a desaparecer dándome fuerzas suficientes para
continuar mirando el espectáculo. Decidí volver al bar para tomar o comer algo.
En una mesa en el centro había tres soldados que tomaban un refresco. Se
levantaron y salieron, ocupando yo una de las sillas, dando la espalda a la
puerta y viendo todo lo que pasaba allí dentro, donde había individuos de todos
los cuerpos que formaban la columna. Me sirvieron un vaso de leche y un poco de
pan. El patrón me dijo que casi no les quedaba nada para poder servir.
Mientras hacía esfuerzos para hacerlo pasar
por mi garganta, se sentaron a mi lado una chica de unos 16 a 17 años, y a su
lado un joven de 18 ó 19 años. Yo supuse que eran hermanos. No decían nada:
estaban muy tristes y angustiados. Yo los miraba a los dos y me preguntaba a mí
mismo que algún pariente cercano debía de estar entre la vida y la muerte, o a
lo mejor estaban junto a aquellos de la plaza.
Estaba casi terminando con pena mi pan con
leche, cuando se sentó frente a mí, y junto al joven, un soldado. Estaba ya
oscureciendo, y el patrón encendió algunas velas, y nos trajo una a nuestra
mesa. El soldado me miró y me dijo que tenía algo para mí. Parecía estar muy
contento. Y le pregunté qué era, y sacando de su bolsillo un puñado de cadenas,
medallas, sortijas, pendientes y otras joyas, me dijo: “Es para usted”. “-No,
hombre. No puedo permitir que te quedes sin nada, a lo que me contestó que en
otros bolsillos tenía más. “-¿Y de dónde has sacado tú esto?”, le pregunté.
“-Pues de varios sitios”, me contestó. “-Toma, no puedo aceptarlos, no me gustan las joyas”.
Él insistió en que me quedara al menos con
una cadena y una medalla. Entonces vi mi error en haberlo rechazado, y acepté
la cadena y la medalla, y acto seguido el soldado salió. Cogí la cadena y la
medalla, que parecían de oro, y se la entregué a la chica diciendo: “Si
encuentra a su patrón o propietario, se lo devuelve”. La chica me prometió
hacerlo, si tenía ocasión.
A medida que la hora avanzaba me di cuenta de
que la chica cogía más miedo y miraba muy a menudo a su hermano, como
pidiéndole protección. Disimuladamente miré a la chica, para ver cuál era la
razón de su intranquilidad, y vi que sus ojos se dirigían a una mesa donde
estaban los Regulares (moros), y uno que estaba de pie la estaba mirando con
ojos de deseo, y sus ojos relucientes y el blanco de ellos aún daba más
impresión, con la poca luz que en la sala había. Para dar fin a esta situación,
hice ver que el sueño se apoderaba de mí y empecé a dar cabezazos, sin dejar de
ver al moro.
Éste vino y se sentó en la silla que antes
ocupaba el soldado, y alargó su brazo para tocar un seno de la chica, y ésta
exclamó un “Ay”. Entonces yo le pegué un golpe con mi puño en su brazo y
rápidamente me levanté apuntándole el fusil y diciéndole que se lo diría a su
capitán y que, si continuaba, le pegaría un tiro. El regular salió corriendo.
Los demás ni se dieron cuenta de lo ocurrido y continuaban charlando. La chica
me dio las gracias y su hermano me sonrió como muestra de agradecimiento.
Miren: ahora pueden estar tranquilos y procuren ir a dormir. Yo no me moveré de
aquí en toda la noche.
Se pasó la noche en silencio, y a veces
pegábamos cabezazos, pero esta vez de verdad, hasta el amanecer, en que el
patrón nos trajo otro vaso de leche con algunas galletas, diciéndonos que eran
las últimas que le quedaban. A los dos jóvenes les dije que tuvieran suerte y
me fui hacia la puerta para encontrar a los guardias de Asalto de Huelva, a ver
qué órdenes había, ya que yo estaba incorporado a ellos. Uno de ellos me dijo:
“Quería darte una sorpresa con la radio que vimos ayer y esta mañana he ido a
buscarla, para ofrecértela, pero estaba hecha añicos y por el suelo. ¿Ves?:
tenías que haberla cogido. Ahora no es para nadie”. Le di las gracias y le dije
que estaba muy agradecido por su interés por mí. Nos dieron la orden de subir a
los camiones para regresar a Córdoba.
Día 31.- El general Gonzalo Queipo
de Llano viene a Córdoba
Los guardias de Asalto de Córdoba perciben
sus haberes; yo percibo los míos. El teniente me manda a que vaya a pedirlos a
Carabineros. Me dice que están en la Comandancia de la Guardia Civil. Un
carabinero dice que un brigada ha tomado la Compañía, ya que el capitán y el
teniente están detenidos y encerrados en una pieza de la Comandancia. El
brigada me dice de ir a por la maleta y quedarme a prestar servicio con ellos y
con los guardias civiles. Me di cuenta de que mi libertad de acción se
terminaba en este momento.
Vinieron dos guardias de Asalto a buscarme
para ir a comer a un restaurante. Se lo dije al brigada y éste me dejó salir.
Fuimos a un restaurante muy lujoso y el responsable nos dijo de deprisa, porque
tenían que preparar las mesas para el general Queipo de Llano. Al ir a pagar
nos dijo que tenía recomendado del Ayuntamiento de no cobrarnos la comida, que
se encargaban ellos de hacerlo.
Por la calle, a un guardia de Asalto se le
ocurrió decirme que fuera a encontrar al general y pedirle que me dejara
prestar servicio con los guardias de Asalto de Huelva y que había facilidades
para que me lo concediera. Así lo hice. Esperé a que comieran y salieran. Entré
en el salón que da acceso a la puerta, me presenté a él y le pedí me otorgara
el favor de continuar con los guardias de Asalto. Me miró y me dijo: ‘De
acuerdo, pero antes informe a sus superiores’.
Los tres muy contentos nos dirigimos a la
Comandancia de la Guardia Civil y, presentándome al brigada de Carabineros,
éste me dijo que él ya no era el jefe, que el capitán y el teniente habían
tomado el mando. Me dirigí al capitán y le expuse mi conversación con el
general, y este capitán me dijo: ‘Si es así, vaya’. Cogí de nuevo la maleta y
con los dos guardias de Asalto volvimos al cuartel de Infantería, que se
encontraba al lado, donde un pabellón lo destinaron a la compañía de guardias
de Asalto, la 34.
Al atardecer se presentó un carabinero
diciéndome que cogiera el equipaje y volviera con el brigada, que había
recibido otras órdenes del comandante de la Guardia Civil Bruno Ibáñez (Es un
error. El comandante de la Comandancia era entonces Luis Zurdo). El brigada me
confirmó lo que me había dicho el carabinero. Este último me volvió a informar
de que el capitán y el teniente estaban de nuevo detenidos y encerrados. Que
habían descubierto que el sargento de Villafranca de Córdoba, en comunicación
telefónica, había pedido al capitán la actitud a tomar ante la sublevación, y
que éste le dijo ser leal.
Por la noche me nombraron servicio con dos
guardias civiles en la carretera de Espiel. La pasé durmiendo apoyado en un
árbol. Era la primera vez que prestaba servicio y además con dos guardias
civiles.
2 de agosto.- Me toca servicio,
esta vez solo en la Veterinaria, donde están los Regulares. Entablo
conversación con alguno de ellos. Les digo que los republicanos son amigos de
Ab-El-Krim y que los generales nacionales, como el general Franco, se dedicaron
a matar a los marroquíes. Sus rostros se iluminan al oír nombre de Ab-El-Krim y
se ponen tristes cuando hablo de marroquíes muertos. La conversación fue
interrumpida por la presencia de un capitán de Regulares, quien me preguntó qué
hacía yo allí. ‘Estoy de servicio por orden del comandante de la Guardia
Civil’. Un rato después vino un guardia civil y me dijo que regresara a la
Comandancia.
Cerca de las 14 horas llega un camión con
guardias civiles y familiares. El primero que salta es un guardia con el que
estuve vigilando desde un mirador del cuartel de la Guardia Civil de El Carpio:
‘¡Cómo!’, le digo, ‘¿Cómo está usted aquí?’ –‘Los marxistas nos comían y hemos
tenido que abandonar el puesto. ¿Y tú?’, me preguntó. ‘Me han dicho que eres un
valiente’. Le sonreí. Y continuó: ‘En cambio, allí te portaste como un cobarde
o bien es que eras de ellos’. Mi contestación fue: ‘Es que debido a la calor
tórrida no podía casi respirar’. Nos dejamos y no volví a verlo nunca más. Yo
sonreía.
El cerco de Córdoba se iba estrechando (El
ataque a Córdoba fue el 20 agosto 1936). A la tarde del día anterior, un avión
republicano bombardeó Córdoba, en la Veterinaria. Cayó una bomba pequeña,
causando muy pocos desperfectos, y otra en el almacén de la Comandancia de la
Guardia Civil, derrumbando una pared.
Subí al dormitorio para hacer la siesta y me
quedé dormido como un tronco. Por allá de las cinco y media me desperté. Un
silencio total reinaba en la habitación. Me di cuenta de que me encontraba
solo. Fui rápido a la ventana y no vi un alma fuera. Me llené de regocijo pensando
que se había evacuado y bajé por las escaleras tan contento, cuando al salir
por el portal y frente a éste, vi en la calle, entre los dos pabellones, que
venían militares, mujeres y niños. Me fui hacia ellos y cuál fue mi sorpresa al
ver de frente al general Queipo de Llano, acompañado del comandante de la
Guardia Civil, al que seguían otros guardias, mujeres y niños.
Al pasar los saludé y me coloqué detrás de
ellos y oía su conversación sobre el bombardeo del día anterior, y venían de
visitar los desperfectos. De pronto, el comandante Bruno Ibáñez (Error. Sería
el comandante Luis Zurdo) dijo al
general: ‘Mi general, los presos piden clemencia’. El general contestó: ‘Ya es
demasiado tarde. Esto lo tenían que haber pensado antes. Hay que liquidarlos’.
3 de agosto.- En la orden de
servicios me nombran de retén. Debían de ser las 23 horas, cuando llamaron a
los guardias que estaban de retén. Subimos en un autobús verde descapotable (un
camión), que sentados debían de caber unos veinte números. Les llamaban los
camiones fantasma y se ocupaban del traslado de fuerzas de guardias civiles. En
él subieron: dos carabineros, dos guardias civiles y un cabo que tenía la cabeza
vendada. Nos dirigimos a un edificio que tenía un portal con una reja (el
Alcázar). El cabo con un guardia entraron al interior y empezaron a salir
varios individuos vestidos de paisano, y los formaban. El cabo y el guardia,
con cordeles, ataban por el antebrazo a los individuos de dos en dos, y así
hasta que había suficientes parejas atadas. Los conducían pasando por delante
de nosotros a uno de los tres camiones fantasma que allí se encontraban.
Así continuó la maniobra hasta llenar los
tres camiones, incluso en el que habíamos llegado. El cabo nos ordenó subir en
él y los camiones emprendieron la marcha, saliendo primero el que primero había
cargado. El nuestro seguía a los otros dos. Salimos de Córdoba por una
carretera que un carabinero dijo que era la de Madrid. En nuestro camión había
tres parejas, una de dos hombres, otra de dos mujeres, y otra, de una mujer y
un chico de unos 14 años. La mujer se hallaba embarazada bien avanzada.
Al llegar a un sitio, donde había una pared
de un metro y 25 ó 30 cms. (cementerio de San Rafael), los camiones se pararon,
y el cabo ordenó al chófer, que era un guardia, atravesar el coche en la
carretera mirando hacia la pared, maniobra que estaban efectuando los otros dos
camiones. El chófer lo hizo, pero sin haber dado las luces de los faros. El
cabo se le puso a gritar ordenando encenderlas. El chófer no sé si se confundió
o bien lo hacía adrede, apagando y encendiendo las luces, tan pronto las de
cruce como las largas. El cabo continuó chillando, y una vez que el chófer
alumbró las largas, se vio a un individuo correr entre los prados y en
dirección a Alcolea. Los guardias civiles y el cabo empezaron a disparar en su
dirección, pero el individuo se perdió de vista.
El cabo empezó de nuevo a gritar al chófer
acusándolo a él de haberse escapado el preso. Se oyó un lamento que venía de la
parte derecha de la carretera. Un guardia civil se fue en dirección de donde se
había oído el lamento, disparó su fusil dos veces y volvió a donde estábamos
diciendo que era el otro que también quería escapar, pero se había pinchado en
los alambres que protegen el campo. El cabo ordenó a los detenidos que bajaran
empezando por las dos mujeres y nos ordenó disparar sobre ellas. Los dos
guardias fueron los que dispararon. Las dos mujeres quedaron tendidas sobre el
suelo, sin que se les notara el menor movimiento.
Luego, los dos guardias tiraron sobre el
chico y la mujer embarazada. Un carabinero dijo al otro que uno era el sobrino
de Azaña y era magistrado en Córdoba. Y el que estaba atado con él era un
médico muy conocido en Córdoba. Los dos poseían una actitud serena y
aristocrática, además de ir lujosamente vestidos.
El que decía que era médico sacó un paquete
con pocos cigarrillos y se lo acercaba al cabo diciéndole: ‘Le ruego se lo
entregue a mi hijo’. El cabo le pegó un guantazo en la mano, derribándole el paquete
y quedando su contenido por el suelo. Al mismo tiempo disparó su fusil contra
él, cayendo el médico de rodillas por el suelo, arrastrando en su caída al
magistrado que, dirigiéndose al cabo, le dijo: ‘¡Canalla!’ (Gregorio Azaña
Cuevas, 27 años, consta fusilado el 17 de agosto 1936). El cabo continuó
tirando, pero esta vez contra él, mientras los otros dos guardias tiraban
contra los otros dos detenidos. Una vez todos los detenidos estaban muertos en
el suelo, el cabo sacó su pistola y, uno a uno, les pegaba un tiro en la
cabeza.
Luego un cura sacó una cajita de lata, como
si fuera de galletas, y sacó trozos que parecían algodón hidrófilo, los ponía
conde el cabo había tirado con la pistola en la cabeza y volvía a colocarlos en
la caja. Una vez pasado por todos los muertos, le dijo al cabo que ya había
terminado y, volviéndose hacia un carabinero, le dijo: ‘Hay que matarlos,
porque, si no, ellos lo harían con nosotros’. Subimos a los camiones y volvimos
a la Comandancia. Para nosotros el servicio se había terminado.
Al día siguiente nos dijeron que los otros
dos camiones hicieron dos viajes más. Y que aquel cabo tenía la cabeza vendada
a causa de los hachazos que le habían dado los marxistas y que los nacionales
lo encontraron moribundo, cuando entraron en el pueblo. Lo llevaron al hospital
y lo pudieron salvar. Pensé en la escuela de Fernán Núñez. Uno de los
carabineros (el narrador) se pasó dos días sin dormir y echando todo lo que
tenía en el estómago, sin poder tragar nada.
Unos días después, un falangista nos dijo que
un individuo había sacado una pistola y la había apuntado al general Varela,
que estaba con otros militares y falangistas tomando un refresco en un café-bar
de la avenida del Gran Capitán. Dijo que el general se quedó muy pálido y sin
reaccionar. Los que estaban a su alrededor cogieron al atacante, lo desarmaron,
lo llevaron al cementerio y allí lo mataron. El general Varela, cuando
reaccionó, pidió que le dieran la pistola, sacó el cargador él mismo y vio que
no estaba cargada. El general dio un gran suspiro de desahogo.
Dos días después, mandaban el carabinero a
custodiar un camión, sin saber su destino. Sólo le mandaron proteger el camión
contra los marxistas. En la cabina iba un soldado que conducía y otro armado a
su lado. Al salir de Córdoba, el que estaba armado subió al lado del carabinero
diciéndole que el día anterior otro camión que llevaba municiones y provisiones
los marxistas lo atacaron, se apoderaron de todo e hicieron preso al chófer.
Pasamos cerca de Montilla (El ataque
frustrado a Castro del Río ocurrió los días 6-7 de agosto de 1936) y, una vez
pasado, el soldado dijo al chófer de parar. Bajó y dijo al carabinero que en
adelante vigilara bien y tirara contra cualquier movimiento de personas que
viera. El soldado se metió en la cabina con el chófer y el camión continuó. En
un lugar se detuvo y el chófer le dio al carabinero un chusco y una lata de
sardinas. Le dijo que era la comida y le dijo que ya se podía ir.
Estaba en pleno campo de olivares y bajó por
un sendero, sin saber a dónde conducía. A unos doscientos metros encontró a dos
soldados a quienes preguntó a dónde conducía aquel sendero. Los soldados le
dijeron de no continuar, porque más abajo se encontraba la columna del general
Varela y que atacaba el pueblo de Castro del Río, pero que había unos cuantos
marxistas que se defendían con ametralladoras y que habían causado muchas bajas
a la columna.
El carabinero continuó el sendero y encontró
la retaguardia de la columna, donde vigilaban las municiones y los víveres.
Estos le dijeron al carabinero de no continuar, que peligraba, y de repente se
oyó un motor de avión. Los soldados empezaron a correr en todos lados, a
refugiarse debajo de los olivos. El carabinero subió corriendo en busca de un
gran olivo. El avión empezó a descargar algunas bombas de poca capacidad y, una
vez hubo desaparecido, el carabinero comió lo que el chófer le había dado, pero
le faltaba bebida, y decidió bajar a ver de nuevo a los soldados, para que le
dieran algo de beber. Mientras bebía vio subir a un guardia de Asalto, lo reconoció
y era uno de los conocidos de los de Huelva. No pudieron menos que abrazarse.
El guardia dijo que habían tenido algunos
heridos, y uno era muy amigo suyo. Le preguntó por el que hacíamos el trío y me
contestó que estaba bien en el momento en que lo dejó para subir a buscar
bebidas. Me contó que un solo tío con una ametralladora impedía que la columna
entrara en Castro del Río. Quedamos en encontrarnos en Córdoba al día
siguiente, si nos era posible. Cogió las bebidas que le dieron los soldados y volvió
cuesta abajo.
El carabinero volvió a subir por el sendero.
El camión no estaba allí, y pasó otro en el que subió hasta Montilla. En este
camión había un soldado y bajaron los dos en este pueblo, Enfrente de una de
las casas de Montilla, en la calle, había una media cuba de las que sirven para
pisar las uvas, y estaba llena de vino de Montilla. Al preguntarle a un señor
el porqué de aquello, nos contestó que era para los combatientes que venían y
que el pueblo se lo ofrecía. El soldado cogió un vaso y con un cucharón se lo
llenaron. El carabinero imitó al soldado… los dos bebieron más de la cuenta y
empezaron a cantar hasta que llegó la noche. Uno de aquellos señores les dijo
que fueran a un convento de monjas, donde les podrían dar de dormir. Así lo hicieron
y pudieron dormir a pierna suelta.
Al día siguiente, un camión los llevó hasta
Córdoba y, al pasar enfrente de Espejo, el soldado dijo: ‘Ay Espejo, cómo veo
tu marco roto’. En Córdoba encontró a los dos amigos guardias de Asalto,
quienes le dijeron que la columna de Varela se había retirado aquella noche (7
de agosto) y salía en dirección a Málaga, sin haber tomado Castro del Río. Los
guardias invitaron al carabinero a ir al hospital, para ver a un guardia de
Asalto, herido en Castro. Allí fueron, y el guardia herido tenía dos dedos de
la mano izquierda y dos de la derecha heridos, habiéndole entrado la misma bala
por el cuello, entre los dos huesos superiores de la caja torácica, saliendo
por encima del estómago.
Mientras estábamos en conversación, se
presentó un guardia de Asalto de Córdoba, que estaba también herido en una
mano. Se llamaba Castro, y era de Bujalance, donde los marxistas habían
detenido a su padre. Fue también herido en el ataque a Castro del Río. No había
visto muertos en aquel ataque, pero sí muchos heridos. Al despedirnos, los dos
guardias heridos nos señalaron unas camas con heridos, diciéndonos que eran del
Tercio, y que los marxistas les habían causado muchas bajas, y que quedaban muy
pocos legionarios con vida de los que habían llegado a Córdoba.
Unos días después, mandaron al carabinero con
otros números a un edificio que parecía una cárcel (El Alcázar) y que su patio
terminaba en una pared de unos 40 cms. de altura, y que por abajo pasa el río
Guadalquivir. Casi todos los guardias civiles entraron en el edificio, menos
dos guardias civiles y el carabinero, que se quedaron en el patio. Un guardia
civil dijo al carabinero: ‘¿Ves este pequeño muro? Pues tiene mucho que contar.
Aquí, a todo lo largo estaban en fila varios individuos. Se cogió al primero de
la fila, se le hizo sentar, le disparamos, los cogimos de las piernas, le
hicimos dar media vuelta y lo tiramos abajo. Luego se hizo lo mismo con los
siguientes. Te hubiera hecho gracia, porque a los últimos ya no se les decía de
sentarse; ellos mismos lo hacían’.
El carabinero se quedó pensativo, y se oyó un
ruido de motores de avión. Los guardias dijeron que era un trimotor alemán y
empezó a tirar bombas a un kilómetro de Córdoba. Una vez hubo descargado, dio
media vuelta y volvió a pasar por encima de nosotros. A los pocos instantes se
oyó otro avión que hizo la misma operación, y al poco rato, otro. Los guardias
civiles decían: ‘¡Zúmbales, zúmbales!’ Esta operación de los tres aviones se
vio tres veces, que fue un total de nueve bombardeos (El ataque a Córdoba
ocurrió el 20 agosto 1936).
Desde donde se encontraban los guardias y el
carabinero se veían caballos con sus monturas que brillaban, sueltos a la
desbandada. Córdoba en aquellos momentos se encontraba casi sin fuerzas. Por la
noche, en la Comandancia de la Guardia Civil se presentó una compañía de
guardias civiles, que con sus mandos ‘se habían pasado’ y contaron que, debido
al bombardeo y la desbandada, aprovecharon para pasarse. El que mandaba la
columna que atacaba Córdoba era un comandante llamado Pérez Salas, al que los
nacionales tenían miedo sólo con mentar su nombre. Desde aquella noche, Córdoba
se encontraba más segura y mejor defendida. El cerco había desaparecido, y los
nacionales tomaron bastantes otros pueblos.
Dos días después volvieron a nombrar de retén
al carabinero, y éste fue al comedor a proponer a algunos guardias que estaban
libres de servicio, y eran los que se habían pasado. No encontró a ninguno de
ellos que aceptase la proposición. A las doce de la noche, hora en que le
dijeron se presentase en el cuerpo de guardia, con correaje y fusil, tuvo una alegría,
cuando el sargento de servicios le dijo que los otros guardias se habían
marchado antes de la hora, para terminar más pronto. Tres días más tarde,
cuando el carabinero se despertó por la mañana a causa de una conversación que
se traían dos guardias civiles que estaban tumbados en una colchoneta, oyó que
uno le decía al otro: ‘Yo llevo ya matados 273 y tú’. El otro respondió: ‘259,
aún me ganas’. Y el primero continuó: ‘¿Y cuando no quede ninguno, qué haremos?
–‘Pues tendremos que matarnos entre nosotros’, respondió el otro.
Un día, el carabinero con otro compañero de
su Cuerpo prestaban vigilancia en su propio cuartel, cuando por la calle subía
una mujer llorando y le dijo a uno de los carabineros: ‘Anoche lo mataron.
Acabo de verlo muerto’. Uno de los carabineros le preguntó de quién hablaba. Y
la mujer continuó: ‘De mi marido. Ayer por la tarde vino fulano a buscarlo,
diciéndole que no tuviera miedo. El canalla lo ha hecho matar por no devolverle
los diez duros que le había pedido prestados’.
Todos los días venía un avión bimotor a tirar
algunas bombas en Córdoba, y la población estaba refugiada dentro de las casas
y no salían a las calles, que estaban completamente desiertas. Al anochecer los
falangistas salían y hacían ir a la gente a la avenida del Gran Capitán, y
también obligaban a la banda municipal a tocar los himnos de Falange, Requetés
y la Marcha Real, y otras marchas como la del Tercio. Querían dar la impresión
de que nada pasaba y todo era fiesta.
Los dos carabineros que fueron juntos en el
camión verde a los fusilamientos se encontraban un día de vigilancia en su
cuartel de Carabineros, cuando empezó el cerco de Córdoba, y que hacía varios
días que no se veía encima de Córdoba ningún avión leal, y uno de los
carabineros dijo al otro: ‘¿No te gustaría que vinieran unos cuantos aviones
del Gobierno, bombardearan y sus tropas liberaran la ciudad?’ De pronto se oyó
un motor de avión y algunas explosiones. Los dos carabineros, que estaban
sentados dentro del portal del cuartel, se levantaron y se metieron, con otras
mujeres y niños, debajo de una escalera del cuartel. Se oyó una bomba explotar
cerca y todo tembló. Una vez pasada la alerta, salimos, y en el mismo sitio en
que estábamos sentados los dos carabineros había caído una bomba.
Unos días después, nombraron en el servicio a
una compañía de guardias civiles, con dos carabineros y un suboficial, y que se
preparasen con comida para tres días y se presentaran a las once de la noche en
el patio de la Comandancia. Los condujeron a una explanada donde esperaban los
camiones. Hicieron subir a los guardias y carabineros a un coche de línea.
Delante había un camión en el que hicieron subir los requetés. Allí se formó una
columna, y una hora antes de amanecer, el convoy se puso en marcha, y se dirigió
a Montilla, al frente de Espejo.
La columna atacó durante todo el día con
cañones y aviación (La batalla y toma de Espejo ocurrió los días 22-25 de
septiembre de 1936), y allí en los campos se pasó la noche. Los defensores de
Espejo resistían y disparaban también con un cañón. Al día siguiente por la
mañana se dio la orden de asalto y se entró en Espejo. En una de las calles se
encontró un cañón y un teniente de Artillería muerto. El comandante de
Infantería que se cree mandaba la columna dijo a sus acompañantes: ‘¡Qué
lástima que sea marxista! Se merece que le hagan todos los honores: ha muerto
al pie del cañón’.
Se llegó al castillo con todas las
precauciones y se cogieron presos: un teniente de Carabineros que dijo que era
de Albacete, un cabo y cinco soldados. El carabinero entró en conversación con
el teniente prisionero, y el teniente de la Guardia Civil, dirigiéndose al
carabinero, le advirtió que no hablara con los detenidos. A la una y media de
la tarde, con un camión y unos guardias civiles, los llevaron al cementerio.
Por el camino, uno de los soldados se puso a llorar diciendo que él no había
hecho nada y que le habían obligado como a los otros soldados a ir a Espejo con
los mandos. El cabo dijo: ‘No sé por qué lloras. ¿No ves que son fascistas y te
van a matar igualmente?’ Un guardia civil le ordenó callarse, a lo que el cabo
respondió: ‘No me da la gana, y si quiere puede matarme aquí mismo’.
Otro
guardia civil le dijo: ‘Ya sabes que te vamos a matar. ¿No te da miedo?’ El
cabo les contestó que, si querían, él mismo daría la voz de ‘fuego’, y que por
más que hicieran, tarde o temprano tendrían que trabajar en vez de matar. El
teniente de Carabineros estaba aterrado y no decía nada. Llegaron al cementerio
y allí dejaron de existir siete hombres que habían cumplido con su deber.
Un teniente de la Guardia Civil, un brigada de
Carabineros con dos números y unos seis guardias con un cabo los mandaron a
Castro del Río. Un día mandaron al carabinero y a dos guardias civiles a
Córdoba con un coche para cobrar los haberes. Al carabinero lo pusieron al lado
del chófer, los dos guardias civiles detrás, y detrás de ellos había un bulto
tapado con una manta, que terminaba en punta. Por el camino uno de los guardias
dijo al chófer que parase para ir a orinar. El otro guardia aprovechó para
hacer lo mismo, y el carabinero aprovechó la ausencia para levantar un poco la
manta y descubrió que era una virgen llena de brillantes. Para disimular su
sorpresa también bajó para imitar a los otros. Al llegar a Córdoba, le dieron
una dirección al chófer, y dijeron al carabinero que se podía ir a cobrar. La
virgen debía de medir unos 60 ó 70 cms.
El carabinero hizo noche en Córdoba y al día
siguiente tuvo ocasión de un camión que se dirigía a Montilla, donde también
hizo noche. Al día siguiente, al salir de la habitación de la posada, un hombre
le dijo que los marxistas atacaban Espejo. Allí encontró al teniente de la Guardia
Civil que le había dicho que estaba prohibido hablar con los prisioneros, el
día en que se tomó Espejo. El teniente le dijo: ‘¡Hombre, sea bienvenido!
¿Dónde están las municiones?’ –‘Yo sólo tengo las mías’, le contesté. ‘Nadie me
ha dado nada y he pasado la noche en Montilla hasta poder llegar aquí, y estoy
en Castro del Río, de donde salí anteayer para poder ir a cobrar los haberes’.
‘Bueno, de todas formas estoy contento de verle’, le contestó el teniente. El
carabinero salió, y enfrente estaba la plaza del pueblo (Espejo), por donde
empezó a pasear, y oía silbar las balas por encima de su cabeza. Y el teniente
le gritó: ‘Tírese al suelo y venga. Está usted loco. En el mismo sitio ya han
herido a otros’.
El carabinero, sin agacharse, entro en la
casa en la que habían instalado el cuartel de la Guardia Civil de Espejo, y el
teniente le dijo: ‘Nunca le perdonaría si le hubiese ocurrido algo. Este
teniente era alto, fuerte, y tenía una nariz muy afilada que terminaba con
mucha punta. El carabinero le había puesto el apodo de ‘Pinchaúvas’. El
carabinero quedó sorprendido al ver el interés que el teniente se tomaba por él,
por lo que la antipatía que sentía por él se tornó en simpatía y aprecio. A la
noche nombraron servicio, menos el carabinero, que quedó libre.
Un guardia, que era el motorista del teniente
se acercó al carabinero y le dijo que, si no le molestaba, acercaría la
colchoneta a su lado, y charlarían sobre Barcelona. En ese momento entraron dos
guardias civiles y se quejaron al cabo de que al carabinero no le habían
nombrado servicio. El cabo les respondió que fueran a decirlo al teniente, lo
cual hicieron. El motorista le dijo al carabinero: ‘Se ve que el teniente te
aprecia mucho. Te debe de conocer’. –‘Sí, con él a sus órdenes tomamos el castillo
de aquí’, le contestó. Y continuaron hablando de Barcelona. El motorista le
reconoció que daría cualquier cosa por encontrarse allí.
Al día siguiente se despertaron y los
atacantes habían desaparecido. No se oía ningún disparo. El carabinero propuso al
motorista que lo llevara con la moto a Castro del Río. El motorista acudió al
teniente con la propuesta del carabinero agregando que al mismo tiempo actuaría
de patrulla, para ver si todavía quedaban los marxistas. El teniente aceptó la
propuesta, a condición de que, al menor incidente, volviéramos a Espejo. Se
pusieron en marcha con el carabinero en el sidecar.
A medida que se alejaban de Espejo el
motorista aminoraba la marcha y ponía oído para escuchar. A mitad de camino se
oyó un ruido como de una explosión, y el motorista dijo: ‘¿Ves? ¡Ya están
aquí!’, -‘No, hombre, no’. Ha sido la cadena de la moto, que se ha roto’.
Bajamos y se puso a arreglarla. Emprendieron de nuevo la marcha, pero esta vez
el motorista iba más deprisa y llegamos al puente de la entrada de Castro del
Río, por la parte de Montilla. No el puente nuevo desde Espejo, que estaba
derribado por el centro y no se podía pasar.
A las primeras casas había un puesto de la
Guardia Civil de vigilancia del puente. Un guardia civil llamado Rojo, de los
que se escaparon de la columna de Pérez Salas, salió a recibirnos, y dijo al
carabinero que el teniente estaba furioso con él y que sería mejor que se
volviera con el motorista. Éste se despidió del carabinero y salió disparado. El
carabinero continuó la calle adelante dirigiéndose al edificio que servía de
cuartel de la Guardia Civil. En el zaguán se hallaba el teniente telefoneando y
le escuchó que decía: ‘Sea donde sea que lo encuentren, que lo fusilen
inmediatamente’. Cuando terminó la comunicación, lo miró sorprendido, sin
articular palabra, y de pronto le preguntó: ‘¿Dónde mierda ha estado usted?’ El
carabinero le contestó que había estado en Espejo. El teniente se puso las
manos en la cabeza y dijo: ‘He llamado a todas partes para que lo fusilen, si
lo encuentran, menos a Espejo’. El teniente le dijo que los rojos habían
atacado también Castro del Río.
Durante ocho días al carabinero le tocó
vigilancia con el mismo guardia, llamado Méndez, hasta que hizo por
emborracharlo, para preguntarle cosas a favor de los republicanos. El
carabinero, haciéndose el borracho, en una pequeña manifestación que
organizaron los de Falange junto a ellos, el carabinero cantó el Cara al sol.
El guardia civil Méndez dijo al carabinero que estaban equivocados con los que
lo creían marxista. Aquella noche el carabinero hizo guardia con el otro
carabinero.
(Aquí acaba el informe propiamente dicho, y
continúan unas notas, primero mecanografiadas y después, manuscritas).
En una visita a Córdoba un día, en una calle
principal que desemboca en la avenida del Gran Capitán, en una plaza en la que
hay una plaza con un caballo (Las Tendillas), se vio que la gente se apresuraba
y algunos decían: ‘Que viene Ibáñez’. Otra gente huía o se apresuraba en
dirección contraria de donde él venía. Y efectivamente apareció con otros
individuos vestidos de paisano y Falange la gordura de Bruno Ibáñez, que lo
nombraron jefe de Orden Público de Córdoba.
Debo añadir que, después de la toma de Baena,
cuando se tomó Espejo, Castro del Río, Bujalance y Villa del Río, se
encontraban pueblos muertos: todos sus habitantes habían sido evacuados, fueran
de derechas o de izquierdas. Los mandos nacionales no aceptaban esto y se
ponían furiosos. En Córdoba, en un momento dado, sólo se veían mujeres vestidas
de luto.
(Ahora, notas manuscritas) Los días que están
señalados no se puede decir que sea la fecha exacta. Es la fecha aproximada.
Esto es fácil de saber preguntando a las alcaldías sobre las fechas de entrada
de los nacionales.
Un día en Castro del Río vinieron los de
Falange de Baena a celebrar una fiesta a favor de los Regulares. La mayor parte
de los falangistas eran chicas y mujeres. Una de ellas dijo al carabinero que
la matanza en la plaza de Baena duró varios días.
Una de estas falangistas fue atacada y
violada por un regular. Y al día siguiente de la fiesta, esta chica con un jefe
vinieron a Castro del Río a denunciar al capitán de Regulares el hecho. El
capitán hizo formar a los Regulares e hizo pasar a la falangista para reconocer
al moro. La falangista, después de mirarlos a todos, dijo que allí no estaba.
El capitán le contestó que todos los regulares estaban presentes. La falangista
y su jefe regresaron a Baena. Por la noche, en Castro, se oyó una descarga.
Las personas que podían expresarse sin miedo
a las represalias o a los oídos de los nacionalistas, rogaban por el triunfo
del Gobierno.
(Fin del Informe del ex carabinero
Juan Martínez Imbern, 28 de septiembre de 1981, remitido desde Perpignan).
(Nota del editor.- En el
proceso de traslación ha sido necesario realizar algunas correcciones, bien
ortográficas, bien de puntuación y también de adaptación de algunos giros
sintácticos, ya que el autor escribe bajo la influencia de la lengua francesa).



