29/9/26

TESTIMONIO INÉDITO DE PABLO CACHINERO (CARDEÑA, CÓRDOBA) SOBRE EL TERROR FRANQUISTA DE 1948

 

TESTIMONIO INÉDITO SOBRE EL TERROR FRANQUISTA DE 1948 EN EL NORTE DE CÓRDOBA, REDACTADO POR PABLO CACHINERO, HERMANO DEL MAQUIS “OBISPO DE CARDEÑA” (Córdoba).

 

A propósito de unas precisiones sobre mi libro CORDOBA EN LA POSGUERRA (1987)

 

                    Del archivo particular de Francisco Moreno Gómez

 

(Carta de Pablo Cachinero, 9 de abril de 1988, desde Ciudad Rodrigo, Salamanca).

 

        “Estimado amigo Francisco Moreno: Mucha salud le deseo en unión de toda su familia. Yo, bien; igual toda mi familia.

        Amigo Francisco: con mucha alegría he recibido la suya, y en ella los pliegos que me manda usted de lo que se ha publicado en la (Revista de) Feria de Villanueva de Córdoba y que, al enterarse en Cardeña, también lo han publicado en los programas de la Feria.

        Pues se enteró una hermana que tengo en el pueblo y me lo dijo, y me mandaron un programa de Villanueva, y le hizo mi hermana unas fotocopias, y nos mandó una a cada hermano. Y como ahora me ha mandado usted estas dos, más las fotocopias que le hemos sacado a las otras, puedo decirle que hemos llenado de papeles de estos a toda la familia, y hasta muchos amigos que nos las han pedido. Así es que no puede usted hacerse una idea de lo mucho que nos hemos alegrado toda la familia y lo mucho que le hemos agradecido el acuerdo que ha tenido usted de tomar esa determinación”.

 

(Carta de 12 de diciembre de 1988, con un Informe de 6 cuartillas manuscritas por ambas caras).

 

Estimado amigo Francisco Moreno: Tu libro titulado “La guerra civil en Córdoba, 1936-1939” y “Córdoba en la posguerra, la represión y la guerrilla” los leí muy ilusionado, tanto porque conocía a muchos de los que están en el libro, viendo lugares donde ocurrieron los hechos, y al mismo tiempo, porque mi sangre nació así.

        Pues cuando los leí la vez primera, aparte de gustarme mucho su leyenda, los leí sin observar algunos detalles que en la segunda vuelta de leyenda he observado. Y no son esos detalles por culpa del escritor; ha sido culpa del que te ha dado los detalles, no los ha sabido con seguridad como han sido ni como las cosas han pasado en Cardeña. Te los voy a dar, por si te son de utilidad para tu nueva edición, y te los voy a mandar lo más claro posible, para que lo entiendas, aunque me cueste un poco más el escribirlo, y a ti el leerlo.

Cuando termine de escribir esta carta, me acordaré de más cosas, y son cosas para ver lo que hemos sido, pero no serán cosas para publicarlas: es que nosotros estamos orgullosos de ser de esta manera, y en aquellos no lo podíamos decir. Tampoco lo fingíamos con otros pensamientos.       

        Ahí te mando los datos de tres casos que se dieron en Cardeña, que aunque vienen en tu libro, en su leyenda dice no conocer algunos detalles, los he escrito como pasaron y te los mando por si te son útiles en otra edición que hagas.

        Te costará trabajo descifrar algunas o muchas palabras, pero tenía el pulso cansado de tanto escribir, y además que mejor no sé hacerlo. El caso de los de Obejo, el padre, la madre y el hijo, ocurrió a 5 kilómetros de Cardeña, en un cortijo que le llaman Los Carrizuelos.

        Me puse en contacto con la familia de Nemesio Pozuelo: me mandó la dirección de Líster y le he escrito. Ahora estoy a ver si consigo encontrar en el archivo Salamanca el nombre de Nemesio, para mandarlo a su familia, a ver si pueden cobrar, ya que fue combatiente de la zona republicana durante la guerra.

        Muchos besos a tus hijos; da mis recuerdos a tu esposa, y tú recibe un abrazo de tu amigo,

                        Pablo Cachinero.             25/12/1988.

                                                Felices Fiestas.”

 

INFORME DE 6 CUARTILLAS MANUSCRITAS.

 

        Si tuviéramos donde pudiéramos hablar usted y yo, las muchas cosas que le podría yo contar, pues “Los Obispos”, “Los Cerrinegros” y “Los Feos” lo llevamos a gala decir que fuimos los más perseguidos de Cardeña, los más de apellido Cachinero, le diré que en Cardeña hubo un señor que hasta fue a Montoro, al notario, a cambiarse el apellido… Lo que sí sabemos es que le dijo, cuando le preguntaron las causas de cambiarse el apellido, dijo que le horrorizaba llevar el apellido de “Los Obispos”, “Los Cerrinegros” y “Los Feos”, y ocurrió que el que estaba en la oficina de la notaría estaba casado con una prima nuestra, que era hermana de un tal “Feo”, que ha puesto usted en el libro “La represión y la guerrilla, 1939-1950”, en la página 431, que no figura nada más que el apodo, pero se llamaba Juan Cachinero Díaz, que era de la quinta del 32, que fue lo mismo que mis hermanos y mis primos, y que todos nosotros. Lo que pasa es que ese, cuando terminó la guerra, marchó al exilio junto con Nemesio Pozuelo Expósito, y después, en el año 1945 ó 46, pasó junto con otros muchos por el Valle de Arán, y se infiltró por España con el nombre cambiado.

        En Córdoba lo vio uno de Cardeña, llamado Rafael Iglesias, alias “El Aceitero”, y le habló por su nombre, pero él lo desmintió diciendo que no conocía a Juan Cachinero “El Feo”, y que se llamaba Antonio no sé qué más, pero como dicho Rafael lo conocía, lo siguió y cuando vio dónde se metió, lo denunció, y fue la policía a detenerlo, pero cuando enseñó la documentación, lo dejaron, y entonces él marchó a Sevilla una temporada y volvió simulando ser un representante de embutidos, pero fue de nuevo detenido.

        Tenía una cicatriz en la cara de una herida de la guerra y, al preguntarle, dijo que le había dado una mula una coz, cuando tenía tres años, y como aquellos datos de la cicatriz no constaban en Cardeña, lo soltaron de nuevo. Pero al poco tiempo lo detuvieron de nuevo, y entonces ya se declaró el que era, el que buscaban. Lo llevaron al Penal de Burdos, y en 1962 salió libre, que fuimos a verlo a Marmolejo. Así que mire usted ese “Feo” qué figura.

        Como verá usted hemos sido una familia honrada. Es que, además de que éramos comunistas, también éramos tercos. Si teníamos que dar el nombre en algún sitio, lo dábamos normal, pero el apellido lo dábamos con retintín. Cuando hubo las primeras elecciones de referéndum (¿1947?), el votar era jugarse el pellejo, porque estaban los municipales en las urnas, poniendo en un papel en blanco lo que había que votar, lógicamente el “Sí”. Pues estas dos familias se valieron de mañas para votar todos al “No”… pero después tocó la venganza, quitándoles a algunos el subsidio, que era lo que en aquella fecha existía.

        Mira en la página 522 del libro “Córdoba en la posguerra, 1939-1950”, donde aparece un tal Antonio Vioque Alcalde “Rafael”, de Dos Torres, muerto en término de Villanueva de Córdoba, y Antonio Capitán Pizarro “Mascarita”, de Azuel, muerto en el mismo término. Pues tengo que decirte que esos apodos que traen eran apodos que a todos los de la sierra se los ponía la Guardia Civil. Y segundo, es que no fueron asesinados en Villanueva, sino en el término de Cardeña, en una finca llamada “La era de los cardos”, a unos siete kilómetros de Cardeña, en unas zahúrdas o caserones hundidos de dicha finca, en un cerro en las cercanías del cortijo, por guardias civiles de Cardeña, mandados por el entonces Teniente Hurtado, que a los cuatro meses, justo el 3 de septiembre de 1947, vino con las estrellas de capitán, seguramente producto de la muerte de aquellos dos pobres hombres, a los que mataron el 12 de abril de 1947.

         Estos dos hombres: como en aquella época se inventaba la Guardia Civil razones por su cuenta, cuando querían matar a alguien para ganar honores a causa del pobre que cogían, fuera político o no, como fue el caso de estos dos hombres. Antonio Vioque Alcalde, de Dos Torres, estaba casado en Cardeña, y su suegro, llamado Bartolomé Moreno, tenía una propiedad a unos siete kilómetros de Cardeña, llamada El Endrinal, y allí estaba Vioque trabajando.

        Se iba al trabajo cuando no era de día y volvía de noche. Un día se fue y no volvió más. Cuando la mujer vio que no venía ni estaba en el cortijo donde trabajaba ni había ido a trabajar el día en que salió de su casa, dio cuenta en el cuartel de Cardeña, y la Guardia Civil no dio importancia a tal desaparición, sabiendo nosotros que cuando alguien se iba a la sierra mondaban a palos a la familia.

        A los pocos días de haberse ‘perdido’ estaba un día su mujer lavando en un huerto que tenía en las afueras del pueblo, y se le presentó un hombre simulando que era de los de la sierra y le dio una carta supuestamente escrita por su marido, pidiéndole que le mandara un poco de comer y unas alpargatas, y a dónde tenía que mandarlos. Entonces fue la mujer acompañada de un hermano de ella, llamado Juan, a llevar la carta al cuartel, y como no dieron importancia los guardias a dicha carta, fue cuando tanto ella como toda la opinión pública y todo el vecindario nos hicimos a la idea de que todo había sido obra de la Guardia Civil, para simular que el marido se había ido a la sierra.

        Luego, en aquella misma dirección donde él iba a trabajar, por la carretera de Cardeña a Villanueva, a dos kilómetros escasos de Cardeña, en un lugar denominado Los dos Puentes, en una curva de la carretera, aparecieron las huellas de una moto con sidecar que usaba el teniente Hurtado para el ayudante o asistente.

        Lo cierto es que a los 20 ó 25 días de la desaparición de Vioque y de Capitán una triste mañana del mes de abril de 1947, en las cercanías del cortijo denominado La Era de los Cardos, a unos 7 kilómetros de Cardeña, al despuntar el sol, se oyó un tiroteo por la Guardia Civil de Cardeña, y aparecieron muertos los ya referidos y, cuando los trajeron a Cardeña al cementerio, según un familiar, venían secos como un palo, de haberlos tenido ocultos en algún lugar sin comer, esperando que pasaran los días, para luego justificar que se habían ido a la sierra, para coger el teniente la estrella de capitán, con una prima de cuatro perras. Esto es lo que puedo contarte del de Cardeña, y es de suponer que el de Azuel fue igual.

        En el mismo libro (“Córdoba en la posguerra…”), pág. 498, aparece Pedro Rojas Serrano, de Montoro, jornalero, muerto el 7 de julio de 1948, en el “Camino de la Onza”. Pues bien, te voy a contar los detalles de esta otra desgracia. Este hombre no fue nunca político; su profesión fue la de cabrero. Era de Montoro, pero se había casado en Cardeña con Catalina López, hija de José López, aunque siempre fue conocido como “José Rivera”. Este Pedro Rojas, aunque era cabrero, eran tiempos en los que no había trabajo y se pegaba a sus cuñados José y Francisco, hermanos de su mujer, que vivían de la agricultura en tierras que no eran suyas, pero trabajaban a un tanto por ciento.

        Como el trabajo era en el campo noche y día, era interrogado a menudo por la Guardia Civil, aunque nunca llegaron a saber nada sobre un posible contacto con los de la sierra, pero los guardias siempre desconfiaron de él, hasta que un día ocurrió la tragedia.

        En las proximidades de Cardeña, a unos 6 ó 7 kilómetros, por el camino antiguo de Montoro, hay un cortijo que se llama “El cortijo de Romualdo”, y en él había un arrendatario que se llamaba Miguel Redondo, conocido como “Miguel el de Anselmo”. Era un hombre que tiraba a derechas, pero era buena persona. Un día, al ponerse el sol, llegaron dos individuos fingiendo ser de la sierra y le pidieron el dinero de unos corderos que había vendido unos días antes. Estos individuos, aunque simulaban ser de la sierra, lo hacían muy mal, pues no llevaban más armamento que la pistola, y uno de ellos se acercó a él amenazándole y Miguel se lanzó sobre él y le quitó la pistola. El individuo, viéndose desarmado, empezó a llamar al compañero, conocido como “El Echevarría”, mientras Miguel Redondo le disparó un tiro sin alcanzarlo.

        Cuando los que huían vieron que había disparado los dos tiros que llevaba la pistola, se volvieron y lo mataron. Y todos estos datos que te estoy dando de lo que allí pasó fue sabido por un chaval que tenían en el cortijo, que no sé su nombre, pero sí que era conocido por el sobrenombre de de “Prim”.

        Este Pedro Rojas estaba con un cuñado ayudándole en las faenas de recolección sacando una parva de trigo, en una finca llamada “La Onza”, en los límites de Cardeña con Montoro, a unos 15 kilómetros de Cardeña.

        A los tres o cuatro días de haber matado los supuestos de la sierra a Miguel Redondo “El de Anselmo”, llegaron una tarde los guardias de Cardeña mandados entonces por el Teniente Juan Melero. Dichos guardias llegaron a las proximidades de la era donde estaban Pedro Rojas y sus cuñados José y Francisco (“Los Riveras”), preguntaron por Pedro Rojas y le preguntaron si conocía bien toda la zona de “Valcerraíllo”, a lo que les contestó que sí, y le respondieron que hiciera el favor de acompañarlos a un lugar que ellos desconocían. Pedro accedió y, al irse, le dijeron sus cuñados que se llevara la chaqueta, a lo que los guardias dijeron que no era necesario, porque volverían dentro de una hora.

Esto sería sobre las cinco de la tarde, y cuando supieron de él fue cuando al día siguiente lo llevaron muerto a Cardeña. Lo habían matado debajo de un quejigo en la madrugada del 7 de julio de 1948, en el Camino de la Onza. Fueron a un cortijo cercano, llamado La Casa del Judío a pedir una manta vieja, para taparlo, dejando viuda y cuatro hijos, el mayor de 18 años y tres menores, de 15 para abajo. Y estos son los datos de Pedro  Rojas Serrano, al que el célebre teniente Juan Melero lo mandó matar por el placer de matar.

        Se me olvidaba decirte que el lugar donde estaba trabajando Pedro Rojas era en la finca de La Onza, pero en el lugar conocido como La Colonia de la Onza, lindando con Las Aguilillas.

        En el mismo libro y en la pág. 498 aparece el caso de Sixto Fernández en la finca de “Cebrián”, muerto por los de la sierra, y que al día siguiente mataron los guardias a un matrimonio y a su hijo, sin poder tú recabar más datos. Pues esos datos te los voy a dar yo. Por lo menos de Sixto Fernández, aunque no pueda darte muchos del matrimonio ni de su hijo, ya que como no eran de Cardeña, no eran conocidos allí por nadie. Pero supimos lo que los llevó al matadero.

        Ese hombre llamado Sixto Fernández era una familia que entre hermanos y cuñados formaban tres familias que trabajaban en común y todo lo que tenían era de las tres familias, tanto en ganancias como en pérdidas. Eran conocidos en Cardeña como “Los Villaraltos”, ya que eran de ese pueblo, aunque residían en Cardeña. También eran conocidos por “Los de los Gamos”, por haber trabajado en Jaén en la finca “Cerro de los Gamos”. Bien, pues estas familias de la finca de “Cebrián”, a unos 11 kilómetros de Cardeña, propiedad de Leoncio Rojas Zamora, de Villanueva de Córdoba, habilitaron unas chozas que ellos habían construido.

Un día, 12 de septiembre de 1948, antes de anochecer, pero con el sol ya bien puesto, se presentaron tres hombres simulando ser los de la sierra, pero que no eran, porque aquel truco lo conocíamos todos, porque cuando llegaban los de la sierra eran conocidos, pero cuando llegaban los guardias disfrazados, no eran capaces de simular, tanto por las ropas como por las armas, las palabras que decían, por los gestos que hacían y por las manos. Lo que pasaba es que cuando querían matar a alguien, hacían cualquier cosa para simular una muerte, fuera quien fuera.

Lo cierto es que aquel anochecer del 12 de septiembre llegaron estos tres desconocidos a aquel lugar como podían haber llegado a otro cualquiera, porque estas tres familias no eran políticos, ni de derechas ni de izquierdas. Eran todos inofensivos bajo todos los conceptos, pero como estos desconocidos lo que querían era matar a uno, para el día siguiente volver a matar a quien se les pusiera por delante, para coger un ascenso y una medalla por el servicio prestado, lo cierto es que lo mataron aquellos simuladores, y al día siguiente, 13, fuimos todos al pueblo al entierro.

Este matrimonio al que mataron después era una familia que vivía del campo, un poco más allá de “Cebrián” y la Loma de la Higuera, y esta familia habían ido algunas veces arriba, a amasar pan, porque donde ellos estaban no había horno. Cuando por la tarde tuvieron el pan cocido, se fueron para su rancho. Por no llevar el pan caliente recién cocido del horno, se lo dejaron allí, para ir el día siguiente. Cuando iban para su rancho se encontraron con el teniente Melero y tres guardias más, y se los llevaron.

El hijo estaba en el rancho y, viendo que los padres tardaban, salió en su busca. Al encontrarse que los llevaban los guardias, entrecogieron también al hijo y arrearon con los tres, el padre, la madre y el hijo. Al amanecer, llegaron con ellos a un cortijo que hay a 5 kilómetros de Cardeña, y le dijeron al guarda (que se llama Manuel Moreno Vizcarro) que les desalojara una habitación con llave, para cerrar a aquellas personas. El guarda desalojó una habitación y los encerraron. Allí quedaron los guardias, y el teniente se fue con el caballo y un asistente a Cardeña.

Por la tarde se presentó el teniente de nuevo, acompañado de un médico del pueblo, que era muy amigo suyo, que se llamaba D. Martín Leal Canales. Durante el día, este guarda citado, con permiso de los guardias, les metió algo de comer a los presos, pero no comieron. El padre y el hijo no hablaron, pero la mujer, según me contó el guarda, su boca era un hacha, de las cosas que les dijo a los guardias.

Lo cierto es que allí estuvieron ellos presos desde el amanecer, los guardias pasaron allí el día, y el teniente y el médico estuvieron allí toda la tarde, celebrando la tragedia que se iba a desencadenar en aquel cortijo llamado “Los Carrizuelos”-

Cuando era ya bien de noche, les dijo el teniente a los guardias, delante del guarda y de su familia, que llevaran a los presos a Cardeña. Salieron los guardias con ellos, y a unos 200 metros del cortijo, en la esquina de la cerca, que pasa un camino que va para el Coto de Quirós, los mataron. Los tres murieron abrazados. Después llegaron los guardias al teniente diciéndole que los presos intentaron escapar y tuvieron que hacer fuego, a lo que el teniente preguntó si se habían escapado. Al decir los guardias que no, los felicitó y les mandó que se fuesen a descansar (Todo esto se lo digo tan claro, porque me lo contó el guarda).

 

            (Fin del Informe de 6 cuartillas, redactado por Pablo Cachinero, hermano del maquis “Obispo de Cardeña”, en el otoño de 1988, en Ciudad Rodrigo, Salamanca).

 

9/9/26

LOS PELIGROS DE LOS MAQUIS ESPAÑOLES AL ESCAPAR A FRANCIA, SIEMPRE CON LA AMENAZA DE SER DEVUELTOS A ESPAÑA

 

FRANCIA DEVOLVIÓ A FRANCO A BASTANTES MAQUIS FUGITIVOS ESPAÑOLES.

 

Ese peligro lo sufrió FÉLIX ESCRIBANO RUIZ, de Belalcázar. Otros regresaron a morir en sus madrigueras de Sierra Morena (como le ocurrió a uno de los grupos de la guerrilla de “El Gafas”, que después de entrar en Francia, vino a morir a su punto de partida).

 

                                 Por Francisco Moreno Gómez

 

                      (Publicado en Cordópolis, 6-9-2026)

 

Revolviendo mis notas y epistolario, vuelvo a sentirme impactado por la magnitud del sufrimiento de los vencidos de 1939. En una de mis visitas de investigación a Belalcázar, tuve la suerte de conseguir la dirección en Francia de Félix Escribano Ruiz, de la familia de los “Hocino”. Empezamos a cartearnos, incluidas algunas llamadas. Recuerdo la grata experiencia de hallar a una buenísima persona, empática, amable, ávida de atención a las penalidades de su vida, ya octogenario. Conectamos muy bien y me dio la información y fotos que le pedí. La carta sustancial de sus memorias la recibí con fecha 19 octubre 1999. Un lustro después, su familia me notificó la muerte de Félix Escribano, con la alegría de haber leído mis libros.

 


 Félix Escribano Ruiz, de Belalcázar, recién llegado a Francia en 1948, después de dos años en la sierra.

 

        Después de la guerra, Félix llevó en Belalcázar una vida relativamente discreta, tal vez debido a su juventud, pero con un problema: su tío Adriano Escribano Calderón “Hocino” se hallaba huido en la sierra. Las cosas discurrieron con altibajos hasta 1946, en que un suceso cambiaría su vida para siempre.

        Dos de la guerrilla de Belalcázar, Adriano “Hocino” y Ángel Torrico “Calé” planearon un encuentro con sus familiares en el cortijo “Atoquejos” (término de Cabeza  del Buey), cerca del río Zújar, para el 6-7 de septiembre de 1946. Por el primero, se acercó el sobrino Féliz Escribano, y a lomos de una yegua se presentó en “Atoquejos”. Por “El Calé” acudieron dos hermanos: Alberto Torrico (que era cojo, de 25 años) y Gabriel Torrico (de 36 años). Se juntaron con media docena de guerrilleros a la orilla del río Zújar, donde pasaron el día pescando.

        Al anochecer, se dirigieron al cortijo, cuyos caseros eran Francisco Medina Pizarro (“Quico el Alguacil”) y Mª Paz Medina Flores. Allí pasaron la noche, degustando los peces y carne de dos ovejas que dos días antes habían comprado. Pero el pastor dio cuenta a la Guardia Civil de este hecho, punto básico de la tragedia. Tres guardias civiles se dedicaron a recorrer cortijos en busca del rastro de las ovejas (Carta de Félix Escribano desde Francia, 19 octubre 1999, y llamadas de 6 y 25 sept. 1999).

Félix Escribano, tras dos años en la guerrilla, logró escapar a Francia en 1948, y estuvo a punto de ser devuelto a España, por unos problemas habidos en el cruce de la frontera.




        En la mañana del 7 de septiembre (1946), los tres guardias civiles se presentaron en los “Atoquejos”. La casera los recibió aparentando normalidad, les sacó unos asientos a la puerta y ellos pidieron que les hiciera café. Mientras tanto, el guardia Antonio Sánchez se empeñó en desencadenar la tragedia y lo consiguió. Se puso a registrar el cortijo, hasta que encontró carne de oveja en un pesebre cubierta con paja. “¡Ya hemos encontrado lo que buscábamos!”, dijo. Y siguió registrando, hasta que abrió la puerta de la habitación donde se ocultaban los maquis. En ese momento, varios disparos lo acribillaron, quedando muerto en medio del cortijo.

        A partir de entonces estalló el tiroteo general. Los dos guardias tomaron posiciones, y lo primero que hicieron fue matar a los dos hermanos Torrico, que estaban fuera del cortijo, haciéndose pasar por arrancadores de retama. El cojo quedó muerto en el patín del cortijo de un tiro en la cabeza. El otro hermano cayó en el camino de un tiro por la espalda. Eran las once de la mañana. El célebre libro de Aguado Sánchez dice: “… Dos bandoleros fueron muertos”. Falso. Eran los hermanos de “Calé”.

        Los guardias mantuvieron un asedio a la vivienda de hora y media, pero sin cubrir bien la puerta de salida, porque los maquis cercados se fueron escapando a rastras por el hueco debajo de la puerta. Uno de los guardias se dirigió a Helechal, a pedir refuerzos. El asalto final tuvo lugar a las tres de la tarde, pero cuando entraron allí no había nadie, salvo la casera, a la que detuvieron.

        Una consecuencia fue que Félix Escribano y el casero “Quico el Alguacil” se tuvieron que echar al monte y unirse a aquella guerrilla de “Hocino” y  “Calé”. Durante dos años pasaron por varias partidas, siempre por el Este de Badajoz y límites con Ciudad Real. Al cabo de ese tiempo, el “Hocino”, de Balacázar, su sobrino Félix Escribano, Antonio Lara Grande “Braulio” o “Jardinero”, de Puertollano, y otro guerrillero de Siruela decidieron ponerse en camino para Francia en mayo de 1948. La vida en la guerrilla se hacía cada vez más insoportable, según testimonio de Escribano:

“Teníamos mucha miseria para poder luchar por la subsistencia. Íbamos a las fincas o cortijos a pedir que nos dieran de comer, a las buenas o por las malas. Cada vez estábamos peor mirados y más acorralados. Los enlaces que teníamos, al prolongarse la situación tanto tiempo, tenían miedo de ser descubiertos y nos imploraban que fuéramos a verlos lo menos posible, para evitar ser denunciados por otros… (Al final) Mi tío Adriano “Hocino”, que estaba en los montes de Cíjara, vino a verme a la sierra de Cabeza del Buey y me fui con él a los montes de Cíjara… Y allí fue donde decidimos salir para Francia”.


Antonio Lara "Braulio", de Puertollano, fue el compañero de evasión de Félix Escribano en la travesía de España, camino de Francia, en 1948. 

 



Salieron los cuatro desde los montes de Herrera del Duque, a finales de mayo de 1948. La marcha iba bien, hasta que llegaron al puente sobre el río Alberche (Toledo). En el momento preciso de cruzarlo fueron sorprendidos por la Guardia Civil. En el tiroteo quedaron divididos: Félix y “Braulio” lograron lanzarse hacia adelante, pero los otros dos se quedaron atrás, separados para siempre, y volvieron a la sierra. Los dos primeros decidieron seguir adelante solos, en marchas agotadoras, llenas de sobresaltos y peligros, durante 40 días, hasta que se aproximaron a la frontera por la zona  de Navarra.

Aquí dejamos el relato al propio Félix Escribano: “Antonio Lara y yo decidimos seguir hacia Francia. Cerca de Guadalajara, hambrientos y sin nada para comer, nos acercamos a un pueblecito, del que no recuerdo el nombre, y allí compramos un poco de comida, con bastante miedo encima, por temor a ser capturados. Ya con las provisiones seguimos camino adelante, cruzando por los campos, sin atrevernos a cruzar por carretera. Como no teníamos ninguna noción del terreno, sin darnos cuenta nos íbamos desviando hacia la izquierda y fuimos a parar cerca de Pamplona. Estábamos agotados.

“Ya en los Pirineos, acordamos ir a preguntar a un pastor que andaba por allí. Era de noche, y la frontera estaba cerrada. Le pedimos que nos ayudara a pasar a Francia. Nos dijo que no tenía contacto con los carabineros y no sabía el camino, y nos llevó a ver a un amigo suyo, que sí tenía contacto con ellos y conocía la salida. Fue una encerrona. Llegamos los tres a la casa. El pastor llamó a la puerta diciendo su nombre, y abrió la puerta con una pistola en la mano, pero Antonio fue más rápido y lo hirió. Entonces, el pastor que nos había llevado allí intentó huir, pero lo agarré y lo obligamos a ir con nosotros hasta la frontera, mientras el otro quedaba atrás dando voces de auxilio. Cuando nos despedimos del pastor en la frontera, la propina que le dimos fue una ración de bofetadas, porque se había ocasionado un muerto por su culpa.

“Al día siguiente fuimos a presentarnos a la aduana francesa y allí nos enteramos de que el campesino había muerto, porque un tío y un sobrino habían ido a denunciarlo allí ante los franceses. Los gendarmes les dieron los datos nuestros, por lo que los familiares nos denunciaron a las autoridades franquistas. Pocos días después ya sabían en el pueblo (Belalcázar) lo que había sucedido y que estábamos en Francia. Nos detuvieron y nos trasladaron a la ciudad de Pau, nos interrogaron, con un señor español como intérprete. Estuvimos a punto de ser devueltos a España, pero alguien intervino y nos dieron el estatuto de refugiados políticos y de apátridas. Desde Pau nos trasladaron a Aurillac, en la región central, a picar piedras en una cantera, para una carretera, seis o siete meses. Antonio se quedó en la cantera y yo me fui con un señor a cortar leña a destajo, a La Lozère, región del Languedoc. Entretanto conocí a mi mujer, que vivía en Béziers, y nos casamos…

“Más tarde, en 1952, cuando ya había nacido mi primer hijo (que se llama Adriano, en recuerdo de mi tío), una tarde, después de venir del trabajo… nos encontramos con la sorpresa de que estaban esperándonos dos policías franceses de la secreta, que venían a detenerme por el caso de la muerte del campesino de los Pirineos. Querían expulsarme y entregarme a la justicia española. Mi primo buscó rápidamente un abogado y, gracias a él, me llevaron a Montpellier detenido. Allí estuve 24 días, porque el Tribunal de Estancia se hallaba de vacaciones. Mientras tanto, Antonio Lara me escribe una carta, aclarándome lo ocurrido, que a él también lo habían detenido por el mismo motivo, y que fue puesto en libertad inmediatamente como refugiado político. Cuando comparecía ante el Tribunal, gracias a esa carta que me había escrito, haciéndose responsable del homicidio, me dejaron en libertad.”

Por otra parte, su otro compañero de fatigas, Antonio Lara “Braulio”, sufrió los mismos contratiempos, según relató a otro guerrillero que también llegó a Francia en 1949, José Caballero “El Yamba”, de Cabeza del Buey, junto con su compañera de guerrilla Paulina Amaro.


 

José Caballero "El Yamba", de Cabeza del Buey, en 1946 se camufló en Barcelona, junto con su compañera Paulina, y desde allí pasaron a Francia dos veces, en 1947 y en 1948, siendo devueltos a España. Por fin, en abril de 1949, lograron pasar definitivamente a Francia. 

 


Con fecha 18 de abril de 1952, “Braulio” les mandó esta carta:

“Amigos: después de algún tiempo de mi silencio, me pongo a explicaros el motivo de ello y los amargos días que me han hecho pasar por las siguientes razones. El 12 del pasado mes fui detenido a causa de una denuncia del Gobierno español, en la que, después de acusarme de nuestra vida anterior, me solicitaban al Gobierno francés, para que les fuera entregado, poniendo como preámbulo que estaba convocado a pasar un Tribunal Militar en Pamplona. No os podéis figurar en las apreturas que me metieron, y gracias que el Chantier donde trabajo se manifestó en protesta, tan pronto como se enteraron de mi detención, echándose encima de las autoridades protestando enérgicamente, a pesar de eso, después de permanecer varios días en Privais, me condujeron como un borrego a Nimes, donde fui presentado al Procurador General, el cual me dijo que tendría que pasar un Tribunal, el cual comprobaría si debía o no ser entregado a Franco. Para dicho caso los compañeros me buscaron dos abogados para mi defensa, los cuales, después de cercionarse de que era un refugiado político, hicieron comprender al Tribunal el crimen que suponía mandarme a merced de los asesinos franco-falangistas. Faltó muy poco para haberte llamado, a fin de justificar que yo había estado en las guerrillas… Como ves, amigo Yamba, el fascismo no perdona ni olvida que somos enemigos y trata por todos los medios de eliminarnos… Así que os digo que estoy negro en este país, el cual no me parece muy seguro, con este guarreo de política que atraviesa, y si por casualidad De Gaulle cogiera las riendas, estamos en plan difícil y no podremos dormir muy tranquilos…”. (Amabilidad de la familia de “El Yamba”, residente en Getafe en 1999).

Paulina Amaro Pachá, de Guadalmez, C. Real, compañera de "El Yamba", exiliada con él en 1949. Al llegar a España la democraci, se establecieron en Getafe.




En conclusión, la llegada de los ex guerrilleros españoles a Francia no fue una salvación inmediata, sino un duro camino lleno de peligros y de problemas, por la veleidad política de 1950 en contra de los refugiados. Sólo  eran personas ávidas de tranquilidad para rehacer sus vidas, hartos de sufrir desgracias desde 1936.

Mi contacto con Félix Escribano en 1999 fue toda una fortuna. Encontré a una persona feliz de alguien se interesara por sus penalidades pasable, me atendió con amabilidad, casi con cariño, cuando supo que un historiador de Villanueva de Córdoba, a 60 kms. de Belalcázar, su pueblo, se interesaba por su vida antifranquista. Cuando salió mi libro “La resistencia…” (2001), toda la familia exultaba de gozo, me escribieron y  se mostraron muy agradecidos. Su sufrimiento se había librado del olvido. Más tarde supe de la muerte de Félix, y la familia me envió el recordatorio. Está claro que la Historia es Justicia para aquellas que han carecido de ella en sus vidas. 

 

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