TESTIMONIO INÉDITO SOBRE EL TERROR
FRANQUISTA DE 1948 EN EL NORTE DE CÓRDOBA, REDACTADO POR PABLO CACHINERO, HERMANO
DEL MAQUIS “OBISPO DE CARDEÑA” (Córdoba).
A
propósito de unas precisiones sobre mi libro CORDOBA EN LA POSGUERRA (1987)
Del archivo particular de
Francisco Moreno Gómez
(Carta
de Pablo Cachinero, 9 de abril de 1988, desde Ciudad Rodrigo, Salamanca).
“Estimado
amigo Francisco Moreno: Mucha salud le deseo de unión de toda su familia. Yo,
bien; igual toda mi familia.
Amigo Francisco: con mucha alegría he recibido la suya, y en
ella los pliegos que me manda usted de lo que se ha publicado en la (Revista
de) Feria de Villanueva de Córdoba y que, al enterarse en Cardeña, también lo
han publicado en los programas de la Feria.
Pues se enteró una hermana que tengo en el pueblo y me lo
dijo, y me mandaron un programa de Villanueva, y le hizo mi hermana unas
fotocopias, y nos mandó una a cada hermano. Y como ahora me ha mandado usted
estas dos, más las fotocopias que le hemos sacado a las otras, puedo decirle
que hemos llenado de papeles de estos a toda la familia, y hasta muchos amigos
que nos las han pedido. Así es que no puede usted hacerse una idea de lo mucho
que nos hemos alegrado toda la familia y lo mucho que le hemos agradecido el
acuerdo que ha tenido usted de tomar esa determinación”.
(Carta
de 12 de diciembre de 1988, con un Informe de 6 cuartillas manuscritas por
ambas caras).
Estimado
amigo Francisco Moreno: Tu libro titulado “La guerra civil en Córdoba,
1936-1939” y “Córdoba en la posguerra, la represión y la guerrilla” los leí muy
ilusionado, tanto porque conocía a muchos de los que están en el libro, viendo
lugares donde ocurrieron los hechos, y al mismo tiempo, porque mi sangre nació
así.
Pues cuando los leí la vez primera, aparte de gustarme mucho
su leyenda, los leí sin observar algunos detalles que en la segunda vuelta de
leyenda he observado. Y no son esos detalles por culpa del escritor; ha sido
culpa del que te ha dado los detalles, no los ha sabido con seguridad como han
sido ni como las cosas han pasado en Cardeña. Te los voy a dar, por si te son
de utilidad para tu nueva edición, y te los voy a mandar lo más claro posible,
para que lo entiendas, aunque me cueste un poco más el escribirlo, y a ti el
leerlo.
Cuando
termine de escribir esta carta, me acordaré de más cosas, y son cosas para ver
lo que hemos sido, pero no serán cosas para publicarlas: es que nosotros
estamos orgullosos de ser de esta manera, y en aquellos no lo podíamos decir.
Tampoco lo fingíamos con otros pensamientos.
Ahí
te mando los datos de tres casos que se dieron en Cardeña, que aunque vienen en
tu libro, en su leyenda dice no conocer algunos detalles, los he escrito como
pasaron y te los mando por si te son útiles en otra edición que hagas.
Te costará trabajo descifrar algunas o muchas palabras, pero
tenía el pulso cansado de tanto escribir, y además que mejor no sé hacerlo. El
caso de los de Obejo, el padre, la madre y el hijo, ocurrió a 5 kilómetros de
Cardeña, en un cortijo que le llaman Los Carrizuelos.
Me puse en contacto con la familia de Nemesio Pozuelo: me
mandó la dirección de Líster y le he escrito. Ahora estoy a ver si consigo
encontrar en el archivo Salamanca el nombre de Nemesio, para mandarlo a su familia,
a ver si pueden cobrar, ya que fue combatiente de la zona republicana durante
la guerra.
Muchos besos a tus hijos; da mis recuerdos a tu esposa, y tú
recibe un abrazo de tu amigo,
Pablo Cachinero. 25/12/1988.
Felices Fiestas.”
INFORME
DE 6 CUARTILLAS MANUSCRITAS.
Si tuviéramos donde pudiéramos hablar
usted y yo, las muchas cosas que le podría yo contar, pues “Los Obispos”, “Los
Cerrinegros” y “Los Feos” lo llevamos a gala decir que fuimos los más
perseguidos de Cardeña, los más de apellido Cachinero, le diré que en Cardeña
hubo un señor que hasta fue a Montoro, al notario, a cambiarse el apellido… Lo
que sí sabemos es que le dijo, cuando le preguntaron las causas de cambiarse el
apellido, dijo que le horrorizaba llevar el apellido de “Los Obispos”, “Los
Cerrinegros” y “Los Feos”, y ocurrió que el que estaba en la oficina de la
notaría estaba casado con una prima nuestra, que era hermana de un tal “Feo”,
que ha puesto usted en el libro “La represión y la guerrilla, 1939-1950”, en la
página 431, que no figura nada más que el apodo, pero se llamaba Juan Cachinero
Díaz, que era de la quinta del 32, que fue lo mismo que mis hermanos y mis
primos, y que todos nosotros. Lo que pasa es que ese, cuando terminó la guerra,
marchó al exilio junto con Nemesio Pozuelo Expósito, y después, en el año 1945
ó 46, pasó junto con otros muchos por el Valle de Arán, y se infiltró por
España con el nombre cambiado.
En Córdoba lo vio uno de Cardeña,
llamado Rafael Iglesias, alias “El
Aceitero”, y le habló por su nombre, pero él lo desmintió diciendo que no
conocía a Juan Cachinero “El Feo”, y que se llamaba Antonio no sé qué más, pero
como dicho Rafael lo conocía, lo siguió y cuando vio dónde se metió, lo
denunció, y fue la policía a detenerlo, pero cuando enseñó la documentación, lo
dejaron, y entonces él marchó a Sevilla una temporada y volvió simulando ser un
representante de embutidos, pero fue de nuevo detenido.
Tenía una cicatriz en la cara de una
herida de la guerra y, al preguntarle, dijo que le había dado una mula una coz,
cuando tenía tres años, y como aquellos datos de la cicatriz no constaban en
Cardeña, lo soltaron de nuevo. Pero al poco tiempo lo detuvieron de nuevo, y
entonces ya se declaró el que era, el que buscaban. Lo llevaron al Penal de
Burdos, y en 1962 salió libre, que fuimos a verlo a Marmolejo. Así que mire
usted ese “Feo” qué figura.
Como verá usted hemos sido una familia
honrada. Es que, además de que éramos comunistas, también éramos tercos. Si
teníamos que dar el nombre en algún sitio, lo dábamos normal, pero el apellido
lo dábamos con retintín. Cuando hubo las primeras elecciones de referéndum
(¿1947?), el votar era jugarse el pellejo, porque estaban los municipales en
las urnas, poniendo en un papel en blanco lo que había que votar, lógicamente
el “Sí”. Pues estas dos familias se valieron de mañas para votar todos al “No”…
pero después tocó la venganza, quitándoles a algunos el subsidio, que era lo
que en aquella fecha existía.
Mira en la página 522 del libro “Córdoba
en la posguerra, 1939-1950”, donde aparece un tal Antonio Vioque Alcalde “Rafael”, de Dos Torres, muerto en término
de Villanueva de Córdoba, y Antonio
Capitán Pizarro “Mascarita”, de Azuel, muerto en el mismo término. Pues
tengo que decirte que esos apodos que traen eran apodos que a todos los de la
sierra se los ponía la Guardia Civil. Y segundo, es que no fueron asesinados en
Villanueva, sino en el término de Cardeña, en una finca llamada “La era de los
cardos”, a unos siete kilómetros de Cardeña, en unas zahúrdas o caserones
hundidos de dicha finca, en un cerro en las cercanías del cortijo, por guardias
civiles de Cardeña, mandados por el entonces Teniente Hurtado, que a los cuatro meses, justo el 3 de septiembre
de 1947, vino con las estrellas de capitán, seguramente producto de la muerte
de aquellos dos pobres hombres, a los que mataron el 12 de abril de 1947.
Estos
dos hombres: como en aquella época se inventaba la Guardia Civil razones por su
cuenta, cuando querían matar a alguien para ganar honores a causa del pobre que
cogían, fuera político o no, como fue el caso de estos dos hombres. Antonio
Vioque Alcalde, de Dos Torres, estaba casado en Cardeña, y su suegro, llamado
Bartolomé Moreno, tenía una propiedad a unos siete kilómetros de Cardeña,
llamada El Endrinal, y allí estaba Vioque trabajando.
Se iba al trabajo cuando no era de día y
volvía de noche. Un día se fue y no volvió más. Cuando la mujer vio que no
venía ni estaba en el cortijo donde trabajaba ni había ido a trabajar el día en
que salió de su casa, dio cuenta en el cuartel de Cardeña, y la Guardia Civil
no dio importancia a tal desaparición, sabiendo nosotros que cuando alguien se
iba a la sierra mondaban a palos a la familia.
A los pocos días de haberse ‘perdido’
estaba un día su mujer lavando en un huerto que tenía en las afueras del
pueblo, y se le presentó un hombre simulando que era de los de la sierra y le
dio una carta supuestamente escrita por su marido, pidiéndole que le mandara un
poco de comer y unas alpargatas, y a dónde tenía que mandarlos. Entonces fue la
mujer acompañada de un hermano de ella, llamado Juan, a llevar la carta al cuartel, y como no dieron importancia
los guardias a dicha carta, fue cuando tanto ella como toda la opinión pública
y todo el vecindario nos hicimos a la idea de que todo había sido obra de la
Guardia Civil, para simular que el marido se había ido a la sierra.
Luego, en aquella misma dirección donde
él iba a trabajar, por la carretera de Cardeña a Villanueva, a dos kilómetros
escasos de Cardeña, en un lugar denominado Los dos Puentes, en una curva de la
carretera, aparecieron las huellas de una moto con sidecar que usaba el
teniente Hurtado para el ayudante o asistente.
Lo cierto es que a los 20 ó 25 días de
la desaparición de Vioque y de Capitán una triste mañana del mes de abril de
1947, en las cercanías del cortijo denominado La Era de los Cardos, a unos 7
kilómetros de Cardeña, al despuntar el sol, se oyó un tiroteo por la Guardia
Civil de Cardeña, y aparecieron muertos los ya referidos y, cuando los trajeron
a Cardeña al cementerio, según un familiar, venían secos como un palo, de
haberlos tenido ocultos en algún lugar sin comer, esperando que pasaran los
días, para luego justificar que se habían ido a la sierra, para coger el
teniente la estrella de capitán, con una prima de cuatro perras. Esto es lo que
puedo contarte del de Cardeña, y es de suponer que el de Azuel fue igual.
En el mismo libro (“Córdoba en la
posguerra…”), pág. 498, aparece Pedro
Rojas Serrano, de Montoro, jornalero, muerto el 7 de julio de 1948, en el
“Camino de la Onza”. Pues bien, te voy a contar los detalles de esta otra
desgracia. Este hombre no fue nunca político; su profesión fue la de cabrero.
Era de Montoro, pero se había casado en Cardeña con Catalina López, hija de José
López, aunque siempre fue conocido como “José Rivera”. Este Pedro Rojas,
aunque era cabrero, eran tiempos en los que no había trabajo y se pegaba a sus cuñados José y Francisco, hermanos de
su mujer, que vivían de la agricultura en tierras que no eran suyas, pero
trabajaban a un tanto por ciento.
Como el trabajo era en el campo noche y
día, era interrogado a menudo por la Guardia Civil, aunque nunca llegaron a
saber nada sobre un posible contacto con los de la sierra, pero los guardias
siempre desconfiaron de él, hasta que un día ocurrió la tragedia.
En las proximidades de Cardeña, a unos 6
ó 7 kilómetros, por el camino antiguo de Montoro, hay un cortijo que se llama
“El cortijo de Romualdo”, y en él había un arrendatario que se llamaba Miguel Redondo, conocido como “Miguel
el de Anselmo”. Era un hombre que tiraba a derechas, pero era buena persona. Un
día, al ponerse el sol, llegaron dos individuos fingiendo ser de la sierra y le
pidieron el dinero de unos corderos que había vendido unos días antes. Estos
individuos, aunque simulaban ser de la sierra, lo hacían muy mal, pues no
llevaban más armamento que la pistola, y uno de ellos se acercó a él
amenazándole y Miguel se lanzó sobre él y le quitó la pistola. El individuo,
viéndose desarmado, empezó a llamar al compañero, conocido como “El
Echevarría”, mientras Miguel Redondo le disparó un tiro sin alcanzarlo.
Cuando los que huían vieron que había
disparado los dos tiros que llevaba la pistola, se volvieron y lo mataron. Y
todos estos datos que te estoy dando de lo que allí pasó fue sabido por un
chaval que tenían en el cortijo, que no sé su nombre, pero sí que era conocido
por el sobrenombre de de “Prim”.
Este Pedro Rojas estaba con un cuñado
ayudándole en las faenas de recolección sacando una parva de trigo, en una
finca llamada “La Onza”, en los límites de Cardeña con Montoro, a unos 15
kilómetros de Cardeña.
A los tres o cuatro días de haber matado
los supuestos de la sierra a Miguel Redondo “El de Anselmo”, llegaron una tarde
los guardias de Cardeña mandados entonces por el Teniente Juan Melero. Dichos guardias llegaron a las proximidades
de la era donde estaban Pedro Rojas y sus cuñados José y Francisco (“Los
Riveras”), preguntaron por Pedro Rojas y le preguntaron si conocía bien toda la
zona de “Valcerraíllo”, a lo que les contestó que sí, y le respondieron que
hiciera el favor de acompañarlos a un lugar que ellos desconocían. Pedro
accedió y, al irse, le dijeron sus cuñados que se llevara la chaqueta, a lo que
los guardias dijeron que no era necesario, porque volverían dentro de una hora.
Esto sería sobre las cinco de la tarde, y
cuando supieron de él fue cuando al día siguiente lo llevaron muerto a Cardeña.
Lo habían matado debajo de un quejigo en la madrugada del 7 de julio de 1948,
en el Camino de la Onza. Fueron a un cortijo cercano, llamado La Casa del Judío
a pedir una manta vieja, para taparlo, dejando viuda y cuatro hijos, el mayor
de 18 años y tres menores, de 15 para abajo. Y estos son los datos de
Pedro Rojas Serrano, al que el célebre
teniente Juan Melero lo mandó matar por el placer de matar.
Se me olvidaba decirte que el lugar
donde estaba trabajando Pedro Rojas era en la finca de La Onza, pero en el
lugar conocido como La Colonia de la Onza, lindando con Las Aguilillas.
En el mismo libro y en la pág. 498
aparece el caso de Sixto Fernández
en la finca de “Cebrián”, muerto por los de la sierra, y que al día siguiente
mataron los guardias a un matrimonio y a su hijo, sin poder tú recabar más
datos. Pues esos datos te los voy a dar yo. Por lo menos de Sixto Fernández,
aunque no pueda darte muchos del matrimonio ni de su hijo, ya que como no eran
de Cardeña, no eran conocidos allí por nadie. Pero supimos lo que los llevó al
matadero.
Ese hombre llamado Sixto Fernández era
una familia que entre hermanos y cuñados formaban tres familias que trabajaban
en común y todo lo que tenían era de las tres familias, tanto en ganancias como
en pérdidas. Eran conocidos en Cardeña como “Los Villaraltos”, ya que eran de ese pueblo, aunque residían en
Cardeña. También eran conocidos por “Los de los Gamos”, por haber trabajado en
Jaén en la finca “Cerro de los Gamos”. Bien, pues estas familias de la finca de
“Cebrián”, a unos 11 kilómetros de Cardeña, propiedad de Leoncio Rojas Zamora, de Villanueva de Córdoba, habilitaron unas
chozas que ellos habían construido.
Un día, 12 de septiembre de 1948, antes de
anochecer, pero con el sol ya bien puesto, se presentaron tres hombres
simulando ser los de la sierra, pero que no eran, porque aquel truco lo
conocíamos todos, porque cuando llegaban los de la sierra eran conocidos, pero
cuando llegaban los guardias disfrazados, no eran capaces de simular, tanto por
las ropas como por las armas, las palabras que decían, por los gestos que
hacían y por las manos. Lo que pasaba es que cuando querían matar a alguien,
hacían cualquier cosa para simular una muerte, fuera quien fuera.
Lo cierto es que aquel anochecer del 12 de
septiembre llegaron estos tres desconocidos a aquel lugar como podían haber
llegado a otro cualquiera, porque estas tres familias no eran políticos, ni de
derechas ni de izquierdas. Eran todos inofensivos bajo todos los conceptos,
pero como estos desconocidos lo que querían era matar a uno, para el día
siguiente volver a matar a quien se les pusiera por delante, para coger un
ascenso y una medalla por el servicio prestado, lo cierto es que lo mataron
aquellos simuladores, y al día siguiente, 13, fuimos todos al pueblo al
entierro.
Este matrimonio al que mataron después era
una familia que vivía del campo, un poco más allá de “Cebrián” y la Loma de la
Higuera, y esta familia habían ido algunas veces arriba, a amasar pan, porque
donde ellos estaban no había horno. Cuando por la tarde tuvieron el pan cocido,
se fueron para su rancho. Por no llevar el pan caliente recién cocido del
horno, se lo dejaron allí, para ir el día siguiente. Cuando iban para su rancho
se encontraron con el teniente Melero y tres guardias más, y se los llevaron.
El hijo estaba en el rancho y, viendo que los
padres tardaban, salió en su busca. Al encontrarse que los llevaban los
guardias, entrecogieron también al hijo y arrearon con los tres, el padre, la
madre y el hijo. Al amanecer, llegaron con ellos a un cortijo que hay a 5
kilómetros de Cardeña, y le dijeron al guarda (que se llama Manuel Moreno Vizcarro) que les
desalojara una habitación con llave, para cerrar a aquellas personas. El guarda
desalojó una habitación y los encerraron. Allí quedaron los guardias, y el
teniente se fue con el caballo y un asistente a Cardeña.
Por la tarde se presentó el teniente de
nuevo, acompañado de un médico del pueblo, que era muy amigo suyo, que se
llamaba D. Martín Leal Canales.
Durante el día, este guarda citado, con permiso de los guardias, les metió algo
de comer a los presos, pero no comieron. El padre y el hijo no hablaron, pero
la mujer, según me contó el guarda, su boca era un hacha, de las cosas que les
dijo a los guardias.
Lo cierto es que allí estuvieron ellos presos
desde el amanecer, los guardias pasaron allí el día, y el teniente y el médico
estuvieron allí toda la tarde, celebrando la tragedia que se iba a desencadenar
en aquel cortijo llamado “Los Carrizuelos”-
Cuando era ya bien de noche, les dijo el
teniente a los guardias, delante del guarda y de su familia, que llevaran a los
presos a Cardeña. Salieron los guardias con ellos, y a unos 200 metros del
cortijo, en la esquina de la cerca, que pasa un camino que va para el Coto de
Quirós, los mataron. Los tres murieron abrazados. Después llegaron los guardias
al teniente diciéndole que los presos intentaron escapar y tuvieron que hacer
fuego, a lo que el teniente preguntó si se habían escapado. Al decir los
guardias que no, los felicitó y les mandó que se fuesen a descansar (Todo esto
se lo digo tan claro, porque me lo contó el guarda).
(Fin del Informe de 6 cuartillas,
redactado por Pablo Cachinero, hermano del maquis “Obispo de Cardeña”, en el
otoño de 1988, en Ciudad Rodrigo, Salamanca).
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